José Antonio Viera-Gallo

José Antonio Viera-Gallo

Abogado

Opinión

Un viaje inconcluso


Patricio Fernández en su último libro nos invita a un viaje al fin de la revolución cubana. La invitación tiene algo de picardía y nostalgia. Nos incita a entrar en la vida diaria de una “sociedad diferente”, marcada por la gesta política y guerrillera que en 1959 puso fin a la dictadura de Fulgencio Batista. Las páginas del libro, sin embargo, no nos hablan directamente de un debate sobre ese proceso, sino sobre la cotidianeidad de un país que vive una etapa terminal. Las páginas están atravesadas por la idea que tarde o temprano Cuba volverá a ser un país normal. Entonces, el autor nos habla de quienes viven ese período terminal.

El libro nos habla del enamoramiento de un intelectual por una sociedad organizada con otra lógica, que no se mueve por la competencia ni el lucro, más liberal en sus costumbres, donde la precariedad favorece el espíritu comunitario y la pobreza se vive con dignidad, pero el entusiasmo no lo lleva a desconocer las penurias económicas, la escasez, la falta de libertades políticas y, sobre todo, el escepticismo con que se vive el futuro y la anomia de una juventud que anhela justamente lo que Fernández mira con espíritu crítico: la sociedad de consumo. No se ocultan las lacras más profundas de Cuba: la prostitución, los bolsones de abandono, los círculos de la droga y la discriminación de los homosexuales, la represión de quienes desafían al régimen. Patricio Fernández no es indulgente con el sistema político, pero reconoce la influencia de la figura de Fidel Castro, a cuyo funeral asiste tratando de entender la conmoción de la gente que acompaña el cortejo. ¿La muerte del líder marca el fin de la utopía, como una repetición del final del Che Guevara en Bolivia?

El libro es una crónica de las aventuras del autor en la isla. Empezó a visitarla asiduamente desde que se anunció el restablecimiento de relaciones diplomáticas con los EE.UU. de Obama. Antes había ido dos veces a Cuba en circunstancias muy diferentes, pudiéramos decir oficiales. Por sus páginas desfilan personajes entrañables, como salidos de una novela de Padura. Faltó solo un encuentro con Mario Conde, el detective lúcido y desencantado de sus novelas, que junto a su grupo de amigos  se junta a conversar sus penas y el sentido de sus vidas maduras golpeadas por el paso del tiempo. Aunque el autor nos habla fugazmente de sus conversaciones con Padura y su amistad con los nuevos escritores y artistas más jóvenes y sus cavilaciones frente a hechos que sorprenden todos los días, pese a que el escenario de fondo permanece absurdamente inmóvil, como ante la visita de Obama o el concierto masivo de los Rolling Stones, su pluma se explaya narrando las variadas vidas de la gente común con la que entra en contacto. Ante lector se va formando así un mosaico complejo de la Cuba actual, esa que los turistas no alcanzan a percibir.

A media que las páginas avanzan nos vamos familiarizando con la vida cubana. En pocos párrafos Fernández nos perfila sus interlocutores con sus anhelos y goces, sumidos en la inquietud frente al cambio y el hastío juvenil con el inmovilismo. Diamela Eltit en la presentación del libro hizo una sugestiva reflexión sobre los vínculos con el barroco cubano. Sus páginas traspiran realidad tropical. No hay que olvidar que Lezama Lima decía que el mar es barroco, y ninguno más que el Caribe, y Carpantier  relacionaba el brroco con el sincretismo de culturas y experiencias propias de América Latina. Tal vez aquí se encuentre la raíz profunda del atractivo del son cubano y la fascinación por la fiesta y la celebración o la persistencia de las tradiciones de la santería.

Fernández nos da a conocer también sus inquietudes políticas sobre el fin del concepto de revolución. Presenta al socialismo cubano como la última expresión de una revolución victoriosa, que se puso como objetivo superar el capitalismo. Le toca asistir a algunas reuniones de paz entre las FARC y el gobierno Colombiano, y le impresionan esos líderes salidos de la selva para incorporarse a la democracia abandonando sus armas.  En el trasfondo está la crisis venezolana, posteriormente confirmada por la tragedia sandinista. La Cuba de Díaz-Canel aparece ahora empeñada en un tardío giro ideológico y constitucional hacia la economía de mercado, siguiendo la huella de China y Vietnam.

Termina Fernández con una pregunta acuciante: ¿valió la pena?  Tanto esfuerzo y sufrimiento, tanto desgarro y voluntarismo. El autor alza los hombros y responde: “no, pero había que intentarlo”. Porque al fin y al cabo el legado de la revolución también deja elementos positivos: como nos dijo una vez Silvio Rodríguez, educación y salud gratis para todos, y yo añadiría, una reafirmación del valor histórico de la independencia cubana. Además, la historia no se reescribe. Ahora veremos los nuevos rumbos que ira tomando la sociedad cubana, con la esperanza que sobre esa base puedan recuperarse los valores republicanos y democráticos. Entonces, para entender la profundidad y el sentido de los cambios el libro de Patricio Fernández es de lectura indispensable.

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