Por Camilo EscalonaUnidad de la oposición para una nueva Constitución

Por Camilo Escalona, ex presidente del Senado
En un clima de incertidumbre y divergencias, declaraciones de diversas figuras en pos de la unidad de la oposición no han dado el resultado deseado y se alargan sin mayor razón las distancias en el seno de las fuerzas de izquierda y centroizquierda.
Ante ello, hay que recordar que lo más importante es el proceso constituyente comprometido el 15 de noviembre pasado, y que la nueva Constitución debe tener en la ciudadanía su actor fundamental. Ese objetivo se logra con la victoria del Apruebo y de la convención constitucional como el cuerpo colegiado que, electo en su totalidad, redacte la nueva Constitución.
Como se sabe, el dictador Pinochet recibió de Jorge Alessandri el texto constitucional propuesto por el Consejo de Estado y ordenó a Jaime Guzmán que lo rehiciera como terno a su medida; luego la impuso fraudulentamente en septiembre de 1980. Es la hora de reparar este abuso de poder sostenido en el terrorismo de Estado. De modo que una nueva Constitución que surja de una amplia participación ciudadana y de constituyentes electos en votación directa será una conquista histórica y un orgullo para Chile en el mundo.
En la oposición hay protagonismos excesivos y apuestas que resultan infundadas, en este caso, no queda más que la experiencia enseñe, que se reubiquen los anhelos desproporcionados, y sobre todo, que el atento estudio del escenario nacional logre disuadir al conjunto de los actores que nadie sobra y que cada uno es esencial para alcanzar el propósito compartido: una nueva Constitución para Chile.
Pero también existen descalificaciones que desnudan la vieja tesis sectaria que la división fortalece porque junta a los más selectos, los puros, duros y maduros, aquellos escogidos que seguirán su marcha victoriosa, desprendiéndose del lastre de los que se han “contaminado” con la suciedad de la contingencia.
Sin embargo, ante una crisis tan profunda como la que se ha desatado, de carácter sistémico, que abarca la economía, la política y la cultura, el objetivo de una institucionalidad que avance hacia un Estado social y democrático de derechos está primero. La superación de la herencia neoliberal del Estado mínimo, que reprime y no cautela el bien común, es lo fundamental.
Nada debe hacer olvidar que en 200 años de vida independiente como nación esta es una ocasión única e irrepetible, lograda por la multitudinaria movilización ciudadana, durante y posterior al 25 de octubre. Esta es una conquista lograda con el dolor de las víctimas. Ese reclamo potente e increíble de la lucha social de los más amplios sectores abrió esta vía. Ahora los sectores políticos organizados deben responder a la altura del desafío histórico.
Así, ante un proceso constituyente ya iniciado, cuyo primer hito esencial es el plebiscito del 25 de octubre, cuesta hoy imaginar el acuerdo de culturas políticas tan disímiles; pero tiene que prevalecer la voluntad de entendimiento. He ahí lo fundamental. Ello se plasma en la voluntad de avanzar hacia una nueva Constitución, electa en su totalidad, de modo que la diversidad de sectores de opinión y vertientes de pensamiento se expresen de acuerdo a la actual situación del país.
Una representación renovada y actualizada en la convención constitucional es un potente instrumento de fortalecimiento de legitimidad institucional y dará al proceso constituyente el más sólido respaldo, como el que efectivamente se necesita para establecer con la fortaleza requerida una nueva Constitución Política del Estado.
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