Por María José Naudon¿Y si la caridad nos estuviera haciendo daño?

Donar suele dejarnos tranquilos. Elegimos una causa, transferimos recursos y seguimos convencidos de haber hecho lo correcto. El problema es que esa tranquilidad descansa, muchas veces, en señales equivocadas.
El documental Uncharitable, dirigido por Stephen Gyllenhaal y basado en el libro homónimo de Dan Pallotta, pone el dedo en una herida incómoda: la obsesión por que las organizaciones sociales gasten “lo menos posible”. En cierto sentido, advierte, hemos moralizado la precariedad: pagar bien, invertir en capacidades, fortalecer la gestión o la infraestructura no se leen como herramientas de impacto positivo, sino como señales de desviación.
La pregunta necesaria es entonces, ¿por qué aceptamos sin problemas que una empresa invierta en talento, marketing o expansión, pero nos escandalizamos cuando una fundación paga sueldos competitivos o invierte en captación de recursos?
Durante años se ha instalado la idea de que el indicador clave de una buena organización es su “bajo overhead”: cuánto del dinero va directamente a programas y cuánto a gastos indirectos. Pero ¿desde cuándo gastar poco es sinónimo de hacer bien las cosas? ¿Puede una organización resolver problemas complejos —pobreza, salud, educación, medioambiente— sin invertir en datos, evaluación, liderazgo o gestión profesional?
El problema no es solo contable, es cultural. Hemos construido un ideal de la caridad casi ascético, donde la austeridad se confunde con virtud. El resultado es un ecosistema de organizaciones que, muchas veces, sobreviven con dificultad, evitan innovar, pierden talento y viven atrapadas en el corto plazo. Paradójicamente, en nombre de la eficiencia, terminamos financiando fragilidad.
Esto no significa que todo gasto esté justificado ni que no deba existir control. La pregunta no es si una organización gasta “mucho” o “poco”, sino en qué gasta y para qué. ¿Ese gasto mejora su capacidad de cumplir la misión? ¿Permite llegar a más personas, con mejores resultados y de manera sostenible? ¿Qué impacto concreto está logrando esta organización? ¿Cómo sabe que lo está logrando? ¿Qué pasaría si tuviera más libertad para invertir y crecer?
Repensar la caridad incomoda. Nos exige analizar, comparar, evaluar resultados y aceptar que hacer el bien también requiere profesionalismo, riesgo y ambición. Quizás el verdadero acto de generosidad sea atrevernos a financiar lo que realmente puede funcionar. Aunque eso signifique abandonar la cómoda idea de que la virtud siempre es austera.
El punto más provocador de Uncharitable es, precisamente, este: quizá la filantropía no falla por falta de recursos, sino por exceso de buenas intenciones mal diseñadas. Preferimos la certeza moral de la austeridad a la incertidumbre de la ambición bien entendida.
Entonces; ¿estamos dispuestos a financiar organizaciones que crezcan, que se profesionalicen, que asuman riesgos razonables? ¿Queremos caridad que se vea bien o caridad que funcione? Repensar la filantropía implica renunciar a métricas simples y aceptar una verdad incómoda: hacer el bien también cuesta. Cuesta talento, sistemas, tiempo y aprendizaje. Y, a veces, cuesta abandonar nuestras propias certezas.
Por María José Naudon, abogada
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