Me enamoré de mi colega

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En abril de 2017 me cambié de trabajo. Estaba en búsqueda de nuevos desafíos laborales y di con la que en ese minuto parecía ser la mejor opción. El primer día me recibió la persona que venía a reemplazar. A él lo habían ascendido de coordinador a jefe de área y necesitaban a alguien que ocupara su puesto. Me hizo entonces una inducción y me mostró la oficina. Recuerdo haberlo encontrado atractivo y muy simpático, pero no fueron más que pensamientos pasajeros sin mayor importancia. Yo llevaba en ese entonces cuatro años soltera y, desde que había terminado con el padre de mi hija, me había propuesto priorizar el trabajo y la maternidad. Conocer a alguien y forjar una relación afectiva no estaba dentro de mis planes.

Ese día hablé un rato con el que sería mi superior y nuevo colega de trabajo y supe que su pega consistía principalmente en estar en terreno y la mía en hacer gestiones desde la oficina. Naturalmente, nuestras labores se iban a cruzar. Yo tendría que coordinar sus salidas y alguna que otra vez tendría que apoyar desde adentro el trabajo que él hacía afuera. En poco tiempo, como era de esperarse, se creó una dinámica en la que él me pedía que viera ciertos temas internos mientras estaba en las visitas. Un par de veces me tocó acompañarlo en las salidas y en esas instancias pudimos conocernos más. Al principio hablábamos de trabajo, pero luego de unos meses dimos paso a una relación más de confianza en la que hablábamos libremente de casi todo. Además, hacíamos una muy buena dupla de trabajo. Existía un entendimiento mutuo y nos complementábamos bien laboralmente. Así se fue dando una relación de colegas, pero también de amigos.

No fue hasta que me pillé pensando más de lo usual en él que me di cuenta que, de quererlo, existía la posibilidad de cruzar esa línea. Pasaban los días y yo parecía ser la única que se percataba cuando él no llegaba a la oficina. Si faltaba cualquier otro compañero me daba lo mismo, pero si faltaba él se hacía muy larga su ausencia. Estaba empezando a protagonizar mis pensamientos diarios. Más de lo normal.

A los cuatro meses de haber entrado a trabajar, empezaron los llamados fuera del horario laboral. Al principio hablando de trabajo, pero después de las primeras veces –en las que parecía obligación no pasarse a otros temas– las conversaciones eran de la vida. Me pregunté por qué con él. Por qué, de todas las personas que me podrían haber gustado, tenía que ser mi colega.

Un día, mientras estábamos almorzando afuera de la oficina, me dijo que conocía un restorán con sándwiches ricos al que podíamos ir a comer alguna noche. Le dije que sí. No hablamos más del tema, pero ambos sabíamos que se iba a dar. De manera implícita habíamos cruzado el límite y los dos sabíamos. No había por qué explicitarlo. Simplemente se dio de la manera más natural posible. Lo pasábamos muy bien juntos y habíamos decidido, sin verbalizarlo, que íbamos a seguir explorando esa opción.

Ese sábado nos juntamos a comer y después me fui a su casa. Y empezamos así un romance a escondidas. Ambos estábamos solteros, pero establecimos desde el primer minuto que mantendríamos la relación en secreto para que no nos perjudicara en el trabajo. Porque ese era un miedo que ambos teníamos. Lo que más nos preocupaba, de hecho, era que supiera nuestro jefe directo, que confiaba plenamente en nosotros. Porque todo ese tiempo que pasábamos juntos -yendo a las visitas a terreno y a veces teniendo que ir fuera de Santiago- se podía malinterpretar si es que se enteraban que entretanto habíamos desarrollado una relación afectiva.

Durante ese año que estuvimos juntos nos propusimos despistar a todos. Si nos íbamos a juntar después del trabajo nos preocupábamos de que uno de los dos saliera antes de la oficina. Adentro solo hablábamos cuando era necesario y únicamente de temas laborales. Lo afectivo se veía en casa. Y nunca pensamos que nos podía afectar o que en algún minuto nuestra relación se entrelazara con nuestras labores. Teníamos la situación muy bajo control, o al menos eso creíamos, y además una comunicación –fuera de la oficina– extremadamente fluida. Es eso, de hecho, lo que nos permitió durar un año. Porque hablábamos absolutamente todo. Si algo nos molestaba, si algo nos insegurizaba, de nuestros temores, de nuestras inquietudes. No había tema que no pudiéramos resolver una vez que salíamos de la oficina. Era como si hubiéramos creado un mundo paralelo solo para nosotros.

No habían muchas personas en mi vida que supieran de la existencia de este amor, salvo mi mamá y un amigo al que no pude retenerle esta información, entonces cuando le presenté a mi hija fue un paso importante para mí. De alguna manera, eso significaba que íbamos en serio aunque nadie lo supiera. Es que lo pasábamos muy bien juntos. Eso por sobre todo. Por lo mismo estuvimos dispuestos a transar lo demás. No voy a mentir; también había un factor agregado de adrenalina y emoción al tener que mantener esta relación oculta. Nos divertíamos siendo ingeniosos y pensando en fórmulas para que no se notara la tensión. Pero en algún minuto nos pasó la cuenta.

A principios de 2018, él empezó a llevarse muy mal con nuestro jefe por diferencias de personalidad y opiniones. Y yo me vi obligada a tomar una postura. Estaba entre la espada y la pared, porque uno era mi jefe y el otro mi pareja. Inevitablemente mi primera reacción fue la de defenderlo a él y serle totalmente leal, pero eso me costó la relación de confianza que había generado con mi jefe, que fue difícil recuperar más adelante. Ahí recién me empezó a pesar ese año: todo mi apoyo hacia con él y la dedicación y energía que le había puesto a la relación. Había quebrado otros lazos y los iba a tener que recuperar.

A los pocos meses de ese conflicto, mi compañero decidió renunciar. Mantuvimos la relación por un tiempo más mientras él buscaba trabajo y finalmente cuando encontró uno fuera de Santiago, estuvimos juntos a la distancia durante un mes. Estando allá, finalmente, me dijo que él no podía darme lo que yo necesitaba y que me quería demasiado como para hacerme daño. Nunca supe muy bien qué era lo que no me podía dar. Supuse que tenía que ver con el hecho que para mantener la relación a la distancia íbamos a tener que afianzarnos más, y quizás era eso lo que él no podía hacer en ese minuto. No nos había tocado enfrentar ese nivel de compromiso y ninguno de los sabía muy bien cómo se iba a dar.

Pensándolo, creo que es común que se den relaciones amorosas dentro del ambiente laboral. Uno pasa mucho tiempo con esas personas y si hay química o si se llevan bien, es muy fácil cruzar ese límite. Pero creo que es difícil que funcione. Se trata de que las cosas no se mezclen, pero lo personal no puede quedar fuera durante tanto tiempo, es inevitable. Y además es difícil que el resto no se meta o que no aparezcan comentarios mal intencionados, especialmente en Chile donde existe una fuerte cultura del cahuín. Aun así, no guardo rencores y mantengo solo los mejores recuerdos de ese año que pasamos juntos. Hace tiempo que no hablo con él porque tomé la decisión de no hacerlo, pero a veces cuando me acuerdo de los momentos que vivimos sé que fui tremendamente feliz y que estuvimos muy enamorados. Hay cosas que solo nosotros vamos a saber, porque no las compartimos con nadie, pero me gusta pensar que son recuerdos que atesoraremos por siempre.

Belén (36) es jefa de proyectos en el retail.

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