Por Patricia MoralesEl modelo latinoamericano que acompaña a madres jóvenes a salir de la pobreza
La Fundación Juanfe nació hace más de veinte años en Colombia para acompañar a madres adolescentes. Con el tiempo entendieron que la transformación no empezaba en el empleo, sino en el acompañamiento psicosocial y la posibilidad de sanar. Hoy, ese modelo replicado en Panamá y Chile, reunió a sus directoras para seguir trabajando por mejorar la vida de las mujeres y sus hijos.

“Llegué a Soymás en un momento en que sentía que todo se había detenido. Me sentía vacía, sin luz, como si estuviera viviendo en automático. Y, si soy honesta, llegué con miedo. Miedo a no encajar, a no poder, a rendirme y abandonar, pero también con una pequeña esperanza, con una luz muy tenue, casi apagada”.
Así comienza el relato de María, una mujer chilena que hace poco leyó su historia frente a otras mujeres que la escuchaban en silencio, atentas y emocionadas.
Era mediados de noviembre y, en un seminario en Santiago, se reunieron tres mujeres que lideran organizaciones dedicadas a acompañar a madres jóvenes cuyas vidas han estado marcadas por la pobreza y la vulnerabilidad. Desde Colombia llegó Juanfe, encabezada por su fundadora y directora ejecutiva, Catalina Escobar; desde Panamá, Voces Vitales, representada por su directora ejecutiva, Carolina Landucci; y como anfitriona estuvo Soymás, liderada por Bárbara Etcheberry.
Fue en ese encuentro donde María tomó la palabra. En su testimonio contó que su paso por Soymás le permitió reconectar con la mujer que es y darle un nuevo sentido a su vida. No habló de cifras ni de programas sociales, sino de su propia historia. Una que no se repite solo en Chile. “Cuando yo escucho a las mujeres acá, son exactamente las mismas voces, solo que con acentos diferentes”, dice Escobar, quien con la Fundación Juanfe lleva más de veinte años trabajando en un modelo que parte desde una convicción poco habitual en las políticas sociales de la región: no se puede hablar de empleabilidad sin antes sanar.
El comienzo de todo
El punto de partida de Juanfe fue la altísima mortalidad infantil que afectaba a la ciudad de Cartagena, en Colombia, a comienzos de los años 2000. Tras estudiar modelos de atención pediátrica en Estados Unidos, Escobar impulsó la creación de una unidad de cuidados neonatales que logró reducir de manera drástica esas cifras. Pero pronto apareció una certeza incómoda: se estaba actuando sobre las consecuencias, no sobre las causas. Detrás de muchos de esos recién nacidos había niñas y adolescentes convertidas en madres, atrapadas en un ciclo de pobreza difícil de romper.
“En Colombia, cerca del 30% de los embarazos eran en niñas. Y junto con México, estábamos entre los países con las tasas más altas de embarazo adolescente”, explica Escobar. “En América Latina las tasas de natalidad han bajado, pero el embarazo adolescente no lo ha hecho en la misma proporción. Eso significa, en términos de economía de desarrollo, que están naciendo cada vez más niños más pobres. Y cuando una niña pobre queda embarazada muy joven, lo más probable es que en pocos años vuelva a quedar embarazada y quede atrapada definitivamente en la pobreza”.
En ese contexto comenzó a tomar forma un modelo integral, construido a partir de ensayo y error, que entendió que la pobreza no se frena solo con asistencia, sino con acompañamiento profundo, formación y empleo. Un enfoque que luego se replicaría en otros países de la región, adaptándose a cada contexto.
En Chile, por ejemplo, donde las tasas de embarazo adolescente se cuentan entre las más bajas de América Latina, el modelo debió ajustarse a una realidad distinta. Bárbara Etcheberry, quien viajó a Colombia para conocer de cerca la experiencia de Juanfe antes de implementarla en el país, explica que el foco estuvo puesto en otro grupo igualmente invisibilizado. “Hoy en Chile hay cerca de 135 mil mujeres que no estudian ni trabajan”, dice. “Nos dimos cuenta de que teníamos más impacto cuando ampliamos el rango etario y empezamos a trabajar con madres jóvenes hasta los 29 años”.
Modelo 360°
El modelo que desarrolló Juanfe —y que hoy se replica en Chile y Panamá— tiene como base el acompañamiento psicosocial. Un trabajo que permite a las mujeres nombrar sus historias, procesar duelos, violencias y culpas, y volver a mirarse a sí mismas con dignidad. “El modelo es eso, el core es lo psicosocial”, explica Escobar. “¿De qué nos sirve colocarlas laboralmente si hay corazones heridos? Lo que buscamos es empleo sostenible, no un contrato pasajero”.
“Mis sesiones privadas de psicología, a las que pude acceder gracias a la fundación, fueron un pilar fundamental en mi proceso”, cuenta María. “Ahí pude desempolvar mi historia, comprender de dónde venían mis miedos, mis heridas, mi forma de relacionarme y dejar de culparme por situaciones que no dependieron de mí. Es un espacio seguro donde puedo hablar sin vergüenza, llorar sin culpa y ordenar lo que había guardado por años. Es un proceso honesto, a veces duro, pero profundamente liberador”. Sanar –dice– no es rápido ni fácil, pero en cada sesión aprendió a mirar su pasado con más compasión y a tratarse con el cariño que siempre le faltó.
La segunda capa del modelo es la formación y capacitación en oficios, pensada no solo como una herramienta práctica, sino también como una forma de descubrir capacidades que muchas veces habían sido anuladas por años de exclusión. La tercera es la inserción laboral formal, no como un punto de llegada definitivo, sino como el inicio de un proceso de autonomía económica. “El empleo sostenible no significa quedarse siete años en el mismo trabajo”, explica Escobar. “Significa poder moverse, crecer, migrar a mejores oportunidades y proyectar un futuro”.
Escobar recuerda el mensaje de una mujer que había pasado por Juanfe años atrás. “Le escribió al equipo preguntando cuándo yo llegaba, porque quería darme una sorpresa”, cuenta. Ese día apareció junto a su hija, hoy médica. “Trajo el carné de cuando ella era madre adolescente. Nos abrazó y nos dijo: ‘Solo veníamos a decirte que el modelo funciona’”.
Impacto en la comunidad
“Invertir en la mujer cambia el mundo”, es el lema de la fundación panameña. En Chile, el efecto también se extiende al entorno cercano. “Hemos visto que la pareja que no había terminado el colegio vuelve a estudiar, que a veces lo hace la suegra o la abuela”, dice Etcheberry. “Se genera un impacto que va mucho más allá de la mujer que entra al programa”.
Y es que la autonomía económica cambia todo. “Cuando una mujer sabe a qué tiene derecho y es capaz de sostener su hogar, nadie llega a decirle qué hacer ni a vulnerarla. Es una mujer que se apropia de su vida, toma decisiones más conscientes y decide incluso si va a tener otro hijo y cuándo”.
Los datos internos de la fundación muestran que, durante los primeros seis años tras la intervención, la mayoría de las mujeres posterga un segundo embarazo. “Empiezan a priorizar”, explica Escobar. “Dicen: primero quiero mi casa, quiero estabilidad, quiero que este hijo esté bien en el colegio”.
Muchas veces se convierten en “la rara del barrio”, alguien que rompe con lo esperado. Y ese quiebre no solo las transforma a ellas. “Lo más increíble es que también sacan a sus mamás de los infiernos en los que viven”, dice. Se reconfiguran los núcleos familiares: la mujer provee, la madre cuida, el hijo crece en otro entorno. Aparecen, poco a poco, nuevas formas de familia y de futuro.
Un nuevo futuro
Ese día, en el encuentro, en los relatos de las mujeres hubo palabras que se repitieron: amor, escucha, apoyo. “Dicen que acá no las juzgan, que las apoyan en sus sueños, que por primera vez hablan de un proyecto de vida”, cuenta Escobar. Bárbara recuerda una frase que escuchó recientemente: “Yo no me daba cuenta de que estaba viviendo la vida de mi hijo, pero no la mía”. Llegan postergadas, invisibilizadas, y en el proceso vuelven a creer en sí mismas. “Da lo mismo el oficio que aprendan”, dice. “Lo importante es que digan: yo puedo, puedo trabajar, puedo soñar”.
María lo resume en su discurso al contar que aprendió a mirar la maternidad desde un lugar más sano, entendiendo que su hijo no solo necesita una mamá presente, sino también una mamá que se cuide. “La salud mental es tan vital como el amor que le doy a mi hijo”, dijo. Y cerró: “Este desarrollo que les he compartido me llevó a mirar mi vida desde otro lugar, a preguntarme quién quería ser realmente. Por primera vez empecé a pensar en mi futuro con más claridad, sin miedo y sin ese sentimiento de no merecer nada. Fue entonces cuando apareció algo que antes ni siquiera podía ver: mi propio proyecto de vida”.
Estudió análisis de datos y hoy sabe que puede seguir formándose, trabajar, darle a su hijo un entorno estable y, al mismo tiempo, crecer como mujer.
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