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Gloria Castro Mamani: En honor a mi madre, en honor a mi padre

De acuerdo al último Censo, un 11,5% de la población en Chile se identifica como perteneciente a un pueblo originario y más de la mitad son mujeres. Esta es parte de una serie de entrevistas que rescatan la voz de mujeres aymara -el pueblo más numeroso después del Mapuche-. Todas ellas son herederas de la tradición textil de Isluga, un poblado ubicado en el altiplano del extremo norte, a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar, que es considerado la cuna de la textilería aymara.

Hay un aire de timidez en la mirada de Gloria Castro Mamani. Sus ojos negros se esconden en el trenzado, cuando cada mañana, desde hace tres días, llega silenciosa al taller de cordelería. Una instancia que le ha permitido revivir un saber propio de su madre y de su padre, cuenta, a quienes desde que recuerda creció viendo trenzar el hilo en Enquelga; uno de los varios caseríos que componen la comuna de Colchane, donde Gloria nació.

A Pozo Almonte llegó hace treinta años, pero no fue hasta el 2009 cuando se integró al taller Wara Wara; una agrupación conformada por diez mujeres de su familia, todas expertas en telar de pedales, que le ha permitido honrar su pasado, dice hoy, soltando lentamente la timidez que la caracteriza para transmutar palabras en certezas.

“Este taller de cordelería me ha servido mucho, porque aunque mi mamá y mi papá eran artesanos, yo nunca había encontrado el interés de aprender cordelería, solo el textil. Hoy día que mis papás ya no están, me doy cuenta que esto es muy interesante para mí porque a través de esto puedo entender cuál era el esfuerzo de mi papá, que en ese momento nunca me di el interés de aprender”, dice Gloria con la vista fija en los cerros que circundan Pozo Almonte. “Hoy que no está, él me hace mucha falta”, reflexiona, “tengo que venir a este curso para aprender, habiendo tenido toda mi vida al maestro en mi casa. Agradezco esta oportunidad porque voy a aprender lo que él hacía”.

De su mamá, dice, tiene un vivo recuerdo; siempre frente al telar, tejiendo una talega o una faja que ofrecía a todo aquel que andaba de paso por el pueblo. “Ella tejía en telar de cuatro estacas y cintura, mientras mi papá confeccionaba las telas para vestirse. Yo siempre crecí viendo eso. Con el tiempo ellos me inculcaron harto la artesanía. Nuestro primer deber cuando teníamos unos ocho o nueve años, en vez de jugar, era sentarnos con un cintillo para aprender mirando a mi mamá, y mi papá siempre nos pasaba la lana para hilar, para torcer. Entonces crecí en eso”.

Esa rutina diaria, que reconstruye como si fuera ayer, fue mutando, dice hoy, cuando dejaron Enquelga y se instalaron en Pozo Almonte. “Ahí yo dejé un poco la artesanía. Pero mi mamá nunca. La artesanía siempre estaba presente en la casa. Mi mamá me había hablado de la Fundación Artesanías de Chile, donde ella podía vender sus productos, pero al comienzo no le tomé tanto la importancia”, reconoce Gloria y agrega: “Eso hasta que quise dejar de trabajar apatronada. Ahí, por hacerle caso a mi madre, retomé la artesanía. Y al hacerlo y vincularme a la fundación pude capacitarme más en los tejidos, en los colores, en sacar mejores diseños, en mejorar el tejido. Ahí entendí lo lindo que es el arte textil. Desde ese momento tomé el valor a la artesanía y también empecé a tomar el valor a mi mamá en todas las cosas que me había enseñado. El cintillo, la faja, el aksu, la cama, pero solamente para mí”.

Todo eso cambió, dice hoy, cuando comenzó a compartir sus saberes. “Desde ese momento empecé a poder exponer y a poder enseñarle a las personas lo importante que es el arte textil para nosotros (los aymara), y a través de eso poder mostrar y no olvidarme. De mi mamá, de mi papá, de mi abuelita, que siempre trabajaron en eso”.

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Este testimonio es parte del libro Herederas de Isluga, publicado en 2021 por Fundación Artesanías de Chile (@artesaniasdechile), que recopila 18 historias de artesanas Aymara de la Región de Tarapacá. Todas ellas comparten una sabiduría donde se funde su relación con la naturaleza y sus ritmos vitales: son herederas de la tradición textil de Isluga, un poblado ubicado en el altiplano del extremo norte, a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar, que es considerado la cuna de la textilería aymara. Por el valor de estas historias, estos testimonios son rescatados por Paula.cl.

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