Violencia intrafamiliar: “Rompí la cuarentena porque mi mamá me golpeó”

Violeta Cereceda




El 5 de abril el Secretario General de las Naciones Unidas, António Guterres, advirtió que era de suma urgencia adoptar medidas para hacer frente a un repunte global de la violencia doméstica contra mujeres y niñas, que en los tres meses de la pandemia había aumentado notoriamente.

Y es que según un informe reciente realizado por ONU Mujeres que mide el impacto del Covid-19 en la violencia contra las mujeres en América Latina y el Caribe, en ciertos estados de México las denuncias de casos de violencia familiar han aumentado en un 30%; en Bolivia fueron reportados durante el periodo de cuarentena, hasta el 15 de abril, cuatro femicidios, 1200 casos de violencia contra mujeres y 33 casos de violación a menores de edad; y en Argentina el promedio diario de consultas a la línea 144 por violencia de género durante la segunda quincena de marzo aumentó un 39% comparado con los días previos a la pandemia. En Chile las cifras muestran que desde que empezó la pandemia las denuncias por violencia intrafamiliar disminuyeron en relación al mismo periodo en 2019, pero las llamadas a las líneas de orientación han aumentado en un 60%.

Como explica la abogada de Corporación Humanas, Camila Maturana, el aumento de la violencia contra las mujeres y las niñas en contexto de pandemia es una de las mayores preocupaciones de las organizaciones de mujeres y feministas en todo el mundo. “Principalmente porque si bien en algunos países las denuncias han aumentado, hay otros países, como Chile, donde las consultas y llamados aumentan, pero las denuncias disminuyen. Esto es alarmante, porque evidencia los obstáculos o barreras que enfrentan las mujeres para denunciar y pedir protección y el poco acceso directo que tienen a dispositivos o canales que han sido habilitados justamente para hacer la denuncia”, explica.

Según estimaciones de la ONU, si el confinamiento obligatorio continúa, en los próximos seis meses se producirán 31 millones de casos de violencia doméstica e intrafamiliar en el mundo. Este es el testimonio de Verónica Torres (22) –cuyo nombre ha sido modificado–, estudiante de educación en Jalisco, México.

“A mediados de abril, luego de un aumento en los casos de contagiados por Covid-19, el gobernador del estado de Jalisco, México, anunció que solo se podía salir de la casa para lo estrictamente necesario y que cualquier incumplimiento sería sancionado con multas de hasta 5.000 pesos ($170.000 pesos chilenos) y detenciones. Por ese entonces yo estaba pasando la cuarentena en la casa de mis papás, con mis dos hermanas menores y mis abuelos. Ya éramos muchos en la casa y en la medida que la situación laboral empeoraba y que nuestros familiares se iban quedando sin trabajo, tuvimos que acoger y asumir los gastos de mis tíos.

El domingo 26 de abril mi mamá y mi papá empezaron a discutir, como ya es de costumbre. Tienen personalidades diametralmente distintas y a lo largo de mi vida las razones por las que los he visto pelear han transitado desde supuestas infidelidades a la falta de dinero y preocupaciones cotidianas. A esto ahora se sumaban los arreglos de la cuarentena y la carga adicional de tener que hacerse responsables de otros familiares. Las cosas se estaban poniendo tensas, y yo conocía lo que venía: mi mamá reacciona de manera violenta y agresiva, muchas veces recurriendo a los golpes, y mi papá no sabe cómo salir de su estado pasivo que al final termina empeorando la situación.

Esa había sido la razón por la que me había ido de mi casa. Pero ahora estaba de vuelta y reviviendo una situación conocida. Pelearon hasta que decidieron subirse al auto para ir a buscar a mi tía, quien los estaba esperando afuera de su trabajo. Mi hermana menor los acompañó.

En el auto las discusiones siguieron y fueron aumentando de tono. Cuando llegaron al destino, mi hermana, que ya se sentía agobiada, abrió la puerta y salió corriendo. Ya se estaba oscureciendo y estaban en una zona lejana y desconocida. La buscaron en auto durante un tiempo y no la encontraron. A lo que me llamaron a mí: “Tu hermana está pérdida, no sabemos dónde está”, me dijo mi mamá. Yo, desde la casa, empecé a rastrear su celular, traté de buscarla por la ubicación del WhatsApp y me mantuve atenta al teléfono. Cuando ya había pasado una hora llamé a la policía y me dijeron que si en 48 horas no aparecía podían levantar la alerta de desaparición. Antes de eso no había mucho que se pudiera hacer.

Finalmente, una hora y media después, la encontraron deambulando por las calles. La trajeron de vuelta y entraron a la casa a los gritos. Ahí fue cuando supe que mi mamá encontraría la manera de culparme a mí. Llegó y me empezó a decir que era una inútil y que no había ayudado en nada. Yo le respondí de vuelta, y su expresión facial se desconfiguró. Me empezó a gritar que me quería matar y me empezó a golpear con fuerza. En los brazos, en la cabeza y en la espalda. Una furia que nunca había visto en ella, que se había apoderado de todo su ser y que ahora estaba desquitando conmigo.

No era un nivel de furia normal, si se pudiera decir que hay niveles que lo son. Yo intentaba buscar en su mirada algún indicio de que iba a parar, o de que iba a caer en cuenta que me estaba haciendo daño físico. Pero no lo encontré. Uno busca protección en su mamá, busca sentirse amparado, pero en ese minuto era ella quien me estaba poniendo en peligro. Estaba transformada. Y yo, que ya había presenciado episodios violentos y que ya la había visto manifestarse con golpes, nunca me había sentido tan expuesta. Nunca había quedado moreteada.

Al rato –no sabría decir cuánto, porque a esas alturas ya había perdido la noción de temporalidad– llegó mi papá y preguntó qué estaba pasando, mientras mi mamá solo gritaba que me quería matar. Mi papá trató de calmarla y de separarla físicamente de mí, pero cuando vio que no podía me agarró del brazo y me golpeó para tirarme hacia atrás. El moretón más grande que tengo me lo hizo él. Fue el golpe que más me dolió, porque ahí hay un tema de fuerzas.

Él, en su intento por ser pasivo y no generar conflicto, solo empeoró la situación. Porque su silencio también es violento. Él también había visto estas situaciones en ocasiones anteriores, y nunca había hecho nada para ayudarme.

No recuerdo si a esas alturas empecé a defenderme y a golpear de vuelta. Seguramente sí. Solo recuerdo los gritos de mi mamá, que decía que todo había sido culpa mía, y a mi papá pidiéndome que me calmara, como si mi mamá fuese un caso perdido. También recuerdo haber sentido que quería desaparecer, que me quería ir de ahí. Mientras sentía eso, le trataba de atajar las manos a mi mamá. Hasta que logré correr y me encerré en mi pieza. Ahí llamé a mi novio y le dije que tenía que ir a urgencias porque estaba con mucho dolor por los golpes. Me dolía cada parte del cuerpo. Me estaba costando vociferar lo que había ocurrido, solo pude balbucear algunas palabras y transmitir que se juntara conmigo en una bomba de bencina. Le pedí que no llegara a mi casa.

Luego llamé a una amiga y le dije que le iba a mandar audios a modo de evidencia, por si llegaba a pasar algo. Empecé a grabar los gritos y golpes de mi mamá al otro lado de mi puerta. Estaba aterrada y necesitaba sentirme protegida. Esa amiga llegó a mi casa 40 minutos después y yo vi en su llegada una oportunidad para salir de mi pieza, bajar las escaleras y salir arrancando. Corrí como nunca antes había corrido. En plena oscuridad. En la mitad de una ciudad vacía. Asustada y sin saber dónde ir.

Lo que pasó aquella noche no es normal. No es aceptable y no se justifica. Es producto de una sociedad dañada. Yo no sé si pueda perdonar a mi mamá alguna vez, pero no fui a constatar lesiones con la policía y no la quiero denunciar, porque no quiero que tenga repercusiones legales. Si ella hubiese sido hombre, lo hubiese hecho, pero mi mamá también es víctima de opresiones a diario, en el trabajo y en la casa. También es víctima de este sistema que es doblemente punitivo con las mujeres. No me gustaría que ella estuviese ahí. Porque también sé que como mujeres, estamos doblemente expuestas y sometidas. En cierto sentido, desquitar sus frustraciones -aunque sea de una manera injustificable- da cuenta de una manifestación más de las problemáticas que nos siguen afectando a todas.

Al día siguiente recurrí a una red de psicólogas independientes y empecé un proceso de terapia. Me fui a vivir a otro municipio con unas amigas. Soy activista y me dedico a apoyar a mujeres que viven situaciones de violencia y creo que por eso supe identificar con claridad ese círculo de violencia del cual cuesta tanto salir, pero definitivamente nunca lo había vivido como esa noche.

En estos meses ha habido una alerta de salud pública ligada a la violencia de género; las llamadas de violencia intrafamiliar y doméstica al 911 aumentaron a 115 por día, antes había cerca de 20. Sé que como el mío, hay muchos otros casos”.

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