Revolución malbec

La fiebre por la cepa emblema de Argentina empieza a cundir en el territorio nacional.




La fiebre por la cepa emblema de Argentina empieza a cundir en el territorio nacional.

Aunque la cuna del Malbec viene de Francia, hay una historia que no deja de ser sorprendente. Algunas de las primeras parras de malbec argentinas vinieron desde la Quinta Normal de Santiago: en 1852, el viticultor francés Michel Aimé Pouget, cruzó la cordillera con los primeros vástagos de la variedad para la creación de una quinta agronómica en Cuyo. Desde esa época hasta nuestros días, en Chile el malbec (o cot como lo llaman en Francia), ha pasado del ostracismo absoluto a tener cada día más adeptos. Según el Servicio Agrícola y Ganadero (SAG), durante 2010 fue una de las diez principales cepas plantadas en el país, y hoy tenemos 1.489 hectáreas, frente a las 900 que había hace una década. Y, de estar sembrada en los valles, con estilos maduros y taninos dulces, pasó a estar en suaves lomajes, e incluso en climas fríos. El resultado: diversidad de estilos, vinos frescos, mayor acidez y potencial de guarda. Siempre conservando ese rasgo tan particular del malbec: sus taninos suaves y redondos.

En el favorable despegue que está teniendo el Malbec en Chile ha ayudado mucho el éxito de los argentinos, quienes abrieron el mercado en EEUU con su cepa emblema. Con una diversidad de estilos desde que los viñateros nacionales se atrevieron a plantarlo en zonas más frías, la superficie en Chile plantada con Malbec creció casi 70% en la última década.

Malbec en Chile: hay pocos pero buenos

Viu Manent sigue siendo la viña número uno en Chile. Por historia y por memoria colectiva con sus parras de 100 años. Pero otras como Polkura en Marchigüe, Chocalán con su gran reserva del Valle del Maipo o Santa Carolina con su West Andes del mismo valle, están haciendo un trabajo que vale la pena probar. También hay proyectos jugados como el malbec de Loma Larga, en Casablanca, de estilo fresco pero profundo y Montes Twins, de Viña Montes, que combina en iguales proporciones cabernet del famoso Valle de Apalta con malbec plantado en los valles costeros de Colchagua.

Argentina es otra escala

Al otro lado de la cordillera la cosa cambia. Aquí tienen 16 mil hectáreas plantadas con esta cepa, la mayoría en Mendoza, especialmente en el área de Luján de Cuyo. El mérito del malbec argentino no es solo la antigüedad de sus parras, también es una condición geográfica: la altura. Todas las parras bordean los 1.000 metros. Un buen ejemplo es Viña Terraza de los Andes y su vino Afincado Malbec, nacido de parras añosas regadas con agua de los deshielos de las montañas. Vigoroso, carnoso. Otro vinazo mendocino es el que produce en el Valle de Uco la Bodega Aleanna, de Alejandro Vigil, que también es enólogo jefe de la afamada viña Catena Zapata. Su proyecto personal se llama Gran Enemigo: un corte de malbec con cabernet franc y petit verdot elegantemente complejo. Fuera de la zona de seguridad de la cepa, la viña Noemía da que hablar con su malbec de Río Negro, en la Patagonia, con parras que se irrigan solo cinco veces al año. Si algo hay en Argentina, es diversidad en el reino de los malbec. Solo hay que atreverse a probar.

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