Volverse a encontrar con un viejo amor: “No puedo negar que tengo un miedo terrible a sentir maripositas y que no sea recíproco”




Recuerdo como si fuese ayer el día que lo conocí. Yo tenía 19, llevaba un año estudiando bioquímica y un amigo que no veía hace tiempo me invitó a su cumpleaños. De pronto tocaron la puerta y lo vi entrar. Cruzó la mampara, saludó a todos y finalmente llegó a mí. Estábamos sentados en círculo y decidió sentarse al lado mío. Al poco rato, como si no existiera nadie más, empezamos a hablar solo los dos. Supe que se llamaba Sebastián.

Esa noche me quedé a dormir en la casa del cumpleañero y al día siguiente nos fuimos todos juntos. Sebastián me acompañó hasta Santa Lucía, donde yo tomaba la 230 para llegar a Conchalí. Y justo antes de subirme a la micro, me pidió mi número de teléfono. Se lo pasé cuando ya nos habíamos despedido y me arrepentí de no haberle pedido el suyo. De los nervios, no quise revisar mi celular hasta llegar a la casa, pero cuando lo revisé tenía un mensaje de él. Grité de la emoción y desde ese minuto en adelante no dejamos de hablar.

Estuvimos juntos dos años y con él tuve todas mis primeras veces. Nos escapábamos juntos a la playa, íbamos mucho al cine, al teatro, a los museos y compartíamos nuestro amor por la ciencia. Nos mensajeábamos a la antigua, con lápiz y papel, y disfrutábamos mucho de nuestra compañía. Pero por alguna razón, quizás porque éramos chicos e inmaduros, al cabo de dos años yo quise estar sola. Todas mis amigas estaban solteras, se acercaba el paseo del ombligo y yo pensaba que quería terminar esa etapa universitaria disfrutando con mis amistades. Debo haber creído que eso no era compatible con estar emparejada.

Y así, de un día para el otro, tomamos la decisión de terminar. Yo me fui al paseo del ombligo y a la vuelta me dije a mí misma: “la cagué”. Pero ya era muy tarde. Yo lo había bloqueado y me imagino que él también a mí. Ese tiempo me lo lloré todo y la que estuvo ahí acompañándome fue mi mamá. Estuve más de un año pensando en él, pero fue fácil no saber en qué estaba o qué era de su vida, porque no tenía y sigue sin tener redes sociales. Pasó el tiempo y finalmente, en junio del año pasado, conocí a alguien.

Un mes después, murió mi papá. Y si bien mi pareja de ese entonces me acompañó mucho –me imagino que debe haber sido difícil para él conocer a alguien y después acompañarla en un proceso de luto–, sentí unas ganas profundas de escribirle a Sebastián. A esas alturas no lo echaba de menos, pero creía que era la persona que más me podía entender: mi papá y él se habían querido mucho también. Sentí que esa contención que necesitaba la podía encontrar con Sebastián, pero habían pasado ya dos años y no quería interrumpir su vida. Además no sabía en qué estaba así que decidí no contactarlo.

Siguió pasando el tiempo y abrí una cuenta en Tumblr donde empecé a escribir mis reflexiones diarias. Muchas de ellas iban dedicadas a mi papá, pero nunca de manera explícita. A ratos escribía cosas como “recuerdo sus zapatitos café”, observaciones que solo alguien que me conoce bien podía llegar a identificar que tenían que ver con él. Y en julio de este año, mientras revisaba mis mensajes, vi que uno decía “me di cuenta al leer tu blog que perdiste a tu papá, lamento mucho no haber estado ahí para ti”.

Pensé que podía ser una amiga, porque realmente las cosas que escribía eran muy privadas; alguien que no me conocía no tenía cómo entender que se trataba de mi papá. Entonces le puse: “Anónimo, necesito saber quién eres”. Y me respondió “soy en Neno”. Así le decía yo a Sebastián. No lo podía creer. Le pregunté entonces cómo había llegado a mi blog. Me confesó que hace rato que le había comentado a sus amigos que tenía ganas de contactarme, pero que no sabía cómo. Y que sus amigos le habían contado que podía ser por esa plataforma.

Desde ese día hemos hablado todos los días, casi todo el día. A ratos por teléfono durante dos horas seguidas. Hablamos de nuestra vida, de cuando fuimos pololos del 2015 al 2017, siendo aun universitarios, y de muchas otras cosas. Y así hemos estado durante todos estos meses. Pero aun no nos hemos visto.

Su retorno a mi vida calzó con el quiebre con mi ex pareja. Y en eso Sebastián me apoyó mucho. Y si bien hemos querido vernos, aún no definimos cuándo. Lo cierto es que lo hemos hablado mucho y los dos estamos muy expectantes. Pero también hay nervios. A veces pienso que no sé realmente si me quiero juntar, porque no sabemos qué puede pasar. Hay mucha confianza porque es de las personas más importantes en mi vida, pero también no lo veo hace tanto tiempo que me pone nerviosa tan solo pensarlo. Estuvimos juntos en la universidad y tanto ha cambiado desde entonces.

No puedo negar que le tengo un miedo terrible a este reencuentro; miedo a sentir maripositas y que no sea recíproco. Tanto que a veces pienso que sería mejor no juntarnos y mantenerlo todo en una ilusión, en un “qué habría pasado sí”, pero mis ganas por saber son más fuertes. No sé qué va a pasar, pero espero que sintamos la misma química de siempre, aunque seguramente somos dos personas distintas. Es como volver a encontrarse con un viejo amor, pero descubrir a alguien nuevo a la vez.

Valeria Quiroz (24) es bioquímica.

Comenta

Por favor, inicia sesión en La Tercera para acceder a los comentarios.