Pulso

Una trinidad imposible

Por Juan Ignacio Eyzaguirre. Estos tres elementos –la integración global, la soberanía y la democracia- no podrían coexistir sin engendrar tensiones irremediables. Una trinidad imposible.

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El ascenso de los populistas es la característica inesperada de los últimos años. Los presidentes de Polonia, Turquía, Hungría, Filipinas y, por supuesto, Estados Unidos son la novedad y quizás la nueva norma. En Chile, Guillier sin mucho esfuerzo desbancó al otrora respetado estadista Ricardo Lagos.

¿Qué está sucediendo?

Trump borró de un plumazo el TPP y tiene al Nafta en la mira. Símbolos de la globalización y del consenso mundial que marcó esta generación.

En todos lados la inmigración sube de calibre como arma de campaña. Su epítome, el muro mexicano. Era en serio. Se inaugurará más pronto que tarde.

Inglaterra ya no es Europa. Madame Le Pen y Beppe Grillo plantean el Frexit y el Itexit, respectivamente, amenazando al euro y al Viejo Continente.

¿Cuáles son las causas de este fenómeno tan brutal?

Algunos proponen un paralelo con la década del treinta. La frustración tras la larga recuperación de una profunda crisis financiera sería terreno fértil para el populismo. Y la única manera de evitarlo es recuperando el crecimiento.

Sugerente, pero pareciera haber algo más profundo tras el apoyo a nacionalismos y el rechazo a la integración económica y cultural.

Dani Rodrik, académico de Harvard, plantea ideas interesantes y controversiales. En su libro "The globalization paradox" (2011) propone que el avance de la globalización no puede coexistir en el largo plazo con un ordenamiento de naciones soberanas con regímenes democráticos.

Estos tres elementos -integración global, soberanía y democracia- no podrían coexistir sin engendrar indefectiblemente tensiones irremediables. Una trinidad imposible.

Rodrik construye su tesis bajo el convencimiento de que una hiperintegración global acotará a la mínima expresión la viabilidad de acuerdos político-sociales en naciones soberanas. Pues, con su fluidez global, el capital se llevará el empleo y el progreso a regiones sin políticas sociales ni restricciones medioambientales o regulatorias, con bajos impuestos y ojalá subsidios estatales. Cualquier alternativa estará condenada al fracaso.

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La globalización restringiría el campo de acción de la política y del gobierno. La pérdida de soberanía afectaría la legitimidad de los políticos, pues serían sólo un eslabón inerme y torpe en la red económica global.

Tal esquema deja tres alternativas: 1. Los votantes se unen bajo un Estado global integrado. 2. Los políticos hacen caso omiso a los votantes y sus promesas, estableciendo una dictadura política integrada a la economía global. 3. Se limita la integración global por medio de controles de capital (i.e. China), tarifas a la importación (i.e. Trump) y limitaciones a la inmigración (i.e. todo el mundo desarrollado), devolviendo herramientas a los políticos para imponer políticas sociales sin corridas de capital y empleo.

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Instalar "1984" de Orwell (1) o volver a las dictaduras latinoamericanas de los 70 (2) no es viable. Para Rodrik, quedaría sólo una alternativa: menos globalización, más soberanía. El problema es que nadie sabe muy bien cómo hacerlo.

Bachelet debió haber cerrado las puertas antes de imponer la "retroexcavadora". Pero bien sabemos que la autarquía es la mejor receta para el fracaso. Especialmente para una pequeña economía como la nuestra. Pero no hay que perder las esperanzas. Seguramente alguno, entre Guillier, Mayol, Ossandón o Sánchez, tenga alguna genial idea de cómo hacerlo.

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*El autor es ingeniero civil PUC y MBA-MPA Harvard (@jieyzaguirre).

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