Una astrónoma chilena en el observatorio aéreo más alto del mundo

La astrónoma chilena Denise Riquelme a bordo de SOFIA, el avión de la Nasa.

Con más de 100 vuelos en SOFIA, el avión-telescopio de la Nasa, Denise Riquelme cuenta cómo es volar en el avanzado laboratorio aéreo, el mismo que hace unas semanas fue parte fundamental del descubrimiento de moléculas de agua en la Luna.


A fines de octubre, la Nasa anunció uno de los descubrimientos más emocionantes relacionados con la Luna, satélite natural que a pesar de su cercanía, aún tiene secretos por revelar. Se trata de la presencia de moléculas de agua en su superficie iluminada por el Sol, hallazgo que podría traer variadas novedades con respecto a futuras misiones, y la posibilidad de establecer una base lunar que a su vez, ayude a los primeros astronautas en su viaje a Marte.

Más allá de la importancia del descubrimiento, la clave estuvo en la utilización de un Boeing 747SP recogido por la Nasa en 1997, convertido en un observatorio aéreo y laboratorio de ciencias. Allí, a una altitud de 13,7 Km, una astrónoma chilena realiza experimentos varias veces al año, en el telescopio más alto del mundo.

Ojos en el cielo

La idea tras el Observatorio Estratosférico de Astronomía Infrarroja (SOFIA según sus siglas en inglés), es simple pero efectiva. A bordo lleva un telescopio de 2,7 metros de diámetro, que cuenta con la capacidad de evitar el 99% del vapor de agua en la atmósfera de la Tierra, buscando así, obtener una vista más clara del universo infrarrojo. De esta forma, es capaz de visualizar el nacimiento y muerte de estrellas, formación de nuevos sistemas solares, identificar moléculas espaciales complejas, ver planetas, cometas y asteroides en el Sistema Solar, nebulosas y polvo en galaxias y agujeros negros en el centro de galaxias.

A diferencia de los telescopios espaciales, SOFIA aterriza después de cada vuelo, por lo que sus instrumentos se pueden cambiar, reparar o actualizar para aprovechar las nuevas tecnologías. Al mismo tiempo estos nuevos instrumentos se pueden probar y ajustar, por lo que SOFIA puede explorar nuevas fronteras en el sistema solar y más allá y servir como un banco de pruebas para la tecnología que algún día podría volar al espacio.

La astrónoma chilena Denise Riquelme, experta en radioastronomía del Instituto Max Planck de Radioastronomía, cuenta que “SOFIA realiza más de cien vuelos anuales. De todos los vuelos, hay campañas de observación para cada instrumento, que duran entre dos semanas y un mes y medio. Los vuelos son desde California (desde la base Armstrong de la Nasa en Palmdale) y una vez al año, se realiza una misión desde el hemisferio sur en Nueva Zelanda”.

Riquelme, que tras pasar por la Universidad de Chile y el Instituto IRAM de Granada en España, llegó a Bonn (Alemania) en 2012, señala que actualmente tiene acceso a dos telescopios: APEX, del Observatorio Europeo Austral en Chile, y SOFIA. “La mitad del tiempo de mi trabajo, viajo a Chile, EE.UU. o Nueva Zelanda. Me dedico a estudiar las nubes moleculares, en particular en el centro de la Vía Láctea. Allí hay una zona central molecular enorme, en donde se generan estrellas. Son muy interesantes, porque son distintas a las ubicadas en los brazos espirales de la galaxia, tanto en temperatura como en sus velocidades”.

La astrónoma afirma que desde su residencia en Bonn tiene misiones tres veces al año, con una duración por misión de entre tres semanas y un mes. Por lo mismo, admite no estar mucho en casa. Aún así, cuenta que se encuentra con muchos chilenos en su camino, entre estudiantes y profesionales muy bien evaluados en sus respectivas áreas de la astronomía. “Hay muchos de la U. de Chile, UC y de regiones estudiando. Hay varios ingenieros chilenos y buenos astrónomos. En SOFIA somos 20 personas de la Universidad de Colonia, y el Instituto Max Planck, entre otros. Hay cuatro chilenos, y todos nos subimos al avión”.

La astrónoma chilena acumula más de 100 vuelos en el avión de la Nasa, en vuelos que duran unas 10 horas cuatro veces por semana. (Foto: Carlos Durán)

Riquelme, que desde 2013 lleva más de 100 vuelos en SOFIA, cuenta que “la construcción del avión es muy sencilla. Es un Boeing 747 que básicamente lo cortaron, le sacaron un trozo. Le instalaron un telescopio dentro, lo aislaron y le pusieron una puerta", dice.

“Despegamos, y 15 minutos después podemos abrir las compuertas y comenzar las mediciones. Los vuelos duran alrededor de 10 horas de las cuales entre 8 y 9 son dedicadas a la ciencia, todo esto cuatro veces por semana. No se puede perder tiempo. Si tenemos un vuelo que parte a las 20 horas, debemos llegar dos horas antes. Las observaciones se hacen en la noche, porque la superficie del telescopio es muy lisa, y podríamos quemar los instrumentos”.

Dada su experiencia, valora el aporte del avión de la Nasa para realizar este tipo de observaciones. “Cuando uno quiere visualizar un objeto o fenómeno astronómico, se deben observar las radiaciones electromagnéticas. Hay un rango de longitudes de onda que no alcanza a llegar a la Tierra debido al bloqueo de la atmósfera, y moléculas, átomos o iones que no se pueden observar desde acá, por el vapor de agua”, afirma.

“Si nosotros quisiéramos observar esas longitudes de onda tendríamos que salir de la atmósfera con satélites, pero hay que instalarle un instrumento, que puede fallar y para repararlo se debe salir al espacio, pero no se puede. Además, un satélite tiene un tiempo de vida, y después queda inutilizado. La ventaja de tener un avión de estas características es que podemos ir mejorando sus instrumentos y probándolos, por lo que si las tecnologías avanzan, podemos ir viendo de inmediato si funcionan o no, y acceder a rangos de frecuencias que no son accesibles desde la Tierra”, añade la astrónoma.

“Siempre que voy a alguna misión, todos los años tenemos que probar algo nuevo. Es muy desafiante para ingenieros y astrónomos”, señala.

En cuanto al descubrimiento de sus colegas en la Luna, Riquelme menciona que le parece “maravilloso”: “Es uno de los hallazgos que uno espera desde que empezó con la idea de ser astrónomo”, sostiene.

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