Columna de Óscar Contardo: Los santos en la corte

Los sacerdotes jesuitas dan entrevistas para diagnosticar el estado de las cosas, para criticar a otros sacerdotes, no para dar explicaciones sobre las miserias que guardan puertas adentro.



Nadie nunca supo nada. Nadie habló. A nadie le contó ningún apoderado lo que sucedía cuando el jesuita Jaime Guzmán Astaburuaga invitaba periódicamente a alumnos adolescentes a un fin de semana al Cajón del Maipo. Nadie nunca dijo que hacerlos desnudarse, sacarles fotos y confesarlos en su falda para preguntarles detalles de cómo, cuándo y en qué pensaban mientras se masturbaban podía ser inapropiado. Eso era diversión, era festivo. El cura Guzmán era el encargado de captar vocaciones, director espiritual de aspirantes, seminaristas y exalumnos del Colegio San Ignacio El Bosque. Tenía un apodo entre los estudiantes, un nombre vulgar con el que el sacerdote se refería al pene. Hablaba mucho de genitales. Para él, en eso consistía educarlos en sexualidad, o como suelen llamarlo en los colegios religiosos, "afectividad". La de Guzmán era una conducta repetitiva; mantenía en su habitación fotos de muchachitos desnudos y un álbum con imágenes de genitales masculinos adultos que les enseñaba a los elegidos como parte de su jornada especial. La explicación que daba para mostrarles esas fotos es que era necesario para que entendieran qué les iba a pasar cuando crecieran. "En ese tiempo nadie pensaba mal", me advirtió una persona que conoció al sacerdote. Esa frase me dio vueltas: "Nadie pensaba mal" es una forma de decir que hay un error en quien contempla la escena, no en quien lleva a cabo la transgresión. ¿Ese sacerdote habría podido hacer lo mismo si alguien que "pensaba mal" hubiera hablado? Tal vez no. Pero eso no sucedió, porque nadie jamás pensaría mal de un cura jesuita.

Hace unas semanas, un exalumno que nunca vio nada, en tono incómodamente pícaro, como desafiándome, me preguntó: "¿Solo les tocaba el culo o algo más?". Él sabía que yo había escrito un libro sobre abusos. No le respondí. Me imaginé que ese hombre no hubiera hecho la misma pregunta, ni usado un tono burlón si estuviéramos hablando de un hijo suyo. Esa frivolidad se repetía en mensajes y advertencia solapadas.

En 1980, Guzmán era rector del colegio jesuita de Puerto Montt. Un día, el sacerdote mandó a llamar a su oficina a un niño de ocho años, hijo de una familia a la que él ayudaba económicamente. Una profesora acompañó al niño y lo dejó en el despacho en donde el rector y otro hombre -aparentemente un religioso de paso por la ciudad- lo desnudaron. Mientras el desconocido lo manoseaba, Guzmán miraba. El niño ahora es un adulto. Hay un punto del recuerdo en el que todo se vuelve una oscuridad sin salida para él.

Luego de Puerto Montt, el jesuita pasó a otras destinaciones en colegios de provincia, hasta llegar a Santiago, en donde sus jornadas se hicieron populares. Tiempo más tarde fue enviado a Estados Unidos. Hace unas semanas, Guzmán Astaburuaga apareció en una lista de sacerdotes acusados de abuso en Maryland.

Lo mismo que no pasó jamás con Guzmán, tampoco pasó con Juan Leturia. Nadie sabía que durante décadas mantenía el ritual de medir desnudos a ciertos alumnos -los brazos, el torso, las piernas- para enseguida masturbarlos. Leturia fue denunciado a la fiscalía en 2005 por un exalumno del Colegio San Ignacio y tiempo después enviado a vivir a la casa de la congregación en el centro de Santiago. Hasta esa residencia llevó sin problemas a por lo menos un muchacho que conoció en un chat de internet. El sacerdote los enganchaba haciéndose pasar por un estudiante adolescente. Curiosamente, usaba como apodo la identidad del hombre que lo había acusado al Ministerio Público. Leturia se enfermó, otro jesuita le ayudó a borrar la memoria de su notebook y la planilla Excel en donde guardaba las medidas de los muchachos. El sacerdote murió en 2011. Nada más se supo, nadie preguntó.

Tampoco hubo noticias sobre lo que hacía el sacerdote jesuita Leonel Ibacache con algunos alumnos del Colegio San Luis, de Antofagasta. Nunca hubo rastro, ni siquiera cuando un exalumno fue a denunciarlo en 2012 y le contó su historia a Eugenio Valenzuela, provincial de los jesuitas, quien le aseguró que iba a hacer lo posible por averiguar más. Meses después, Valenzuela debió dejar el cargo: acumulaba tres acusaciones de abuso de poder, abuso de conciencia y abuso sexual. Las primeras denuncias permanecieron años sin ser indagadas por la congregación. Tal como en el caso Karadima, aunque con una diferencia: se trataba de otro tipo de sacerdotes, los que tenían un discurso social y grandes obras de beneficencia. La congregación dio por zanjado el caso con un comunicado en donde daban a entender que los hombres que acusaron a Valenzuela estaban satisfechos con lo resuelto por la Compañía de Jesús. No era verdad. Hablé con los tres denunciantes por separado y todos ellos se quejaron del maltrato que recibieron de parte de los jesuitas. Lo único que les preocupaba a las autoridades era mantener el caso bajo sigilo.

"Si eran adolescentes, entonces les gustaba", escribió en mi cuenta de Facebook hace una semana un ignaciano adulto, orgulloso voluntario de obras vinculadas a la congregación. Estaba molesto con las víctimas y conmigo. Esa frase la escuché muchas veces. "Les gustaba". Si era así, ¿para qué entonces averiguar sobre la acusación de violación contra el religioso jesuita Raúl González en Valparaíso? ¿O los detalles del proceso canónico contra el sacerdote Juan Pablo Cárcamo? Solo por nombrar a un par, porque la lista es más larga. Sobre estos casos poco o nada ha aparecido en la prensa escrita, menos aún en la televisión. Una de las razones es que para las víctimas el solo hecho de pensar en la reacción de la opinión pública las mata de miedo. "¿Quién me va a creer a mí?", es la frase que repiten. La otra explicación es que la Compañía de Jesús tiene un poder y una cantidad de redes que acallan cualquier reclamo en su contra. Los sacerdotes jesuitas dan entrevistas para diagnosticar el estado de las cosas, para criticar a otros sacerdotes, no para dar explicaciones sobre las miserias que guardan puertas adentro. Además, son los encargados de otorgar un premio de periodismo anual. Tal vez por eso, en los noticieros baste con un escueto comunicado de la misma institución para dar por zanjado el tema. No hay más historia que esa.

"Tú tienes una obsesión", me diagnosticó otro exalumno del San Ignacio cuando le mencioné que me parecía extraño que sobre los crímenes cometidos por diocesanos o por congregaciones como los maristas hubiera grandes despliegues de prensa y reportajes de televisión, y de los casos que involucraban a jesuitas apenas se hablara. De hecho, para difundir la primera denuncia pública contra Leonel Ibacache tuve que recurrir a mi cuenta Facebook. Solo fue replicada por diarios de Antofagasta. La respuesta que me dio ese exalumno nuevamente indicaba que el problema era de quien miraba -un obsesivo-, no de quien cometía el crimen.

Este jueves, un nuevo comunicado de la Compañía de Jesús informó sobre el proceso en contra del sacerdote Renato Poblete. Mientras en la televisión leían el documento oficial, mostraban imágenes del cura ya fallecido rodeado de empresarios y políticos en entrevistas, misas y en sus campañas de recolección de dinero para beneficencia. Pensé en la mujer (las mujeres) que se ha atrevido a hablar, en los años que tuvieron que pasar. ¿Quién les habría creído antes? Los medios, una vez más, informaban lo que la propia congregación quiso divulgar, en el momento en que ya no podían frenar más una situación que se les hacía insostenible. El sacerdote Fernando Montes fue el encargado de enfrentar a la prensa, echando mano a lo de siempre: el dolor que les provocaba la situación. Montes también aprovechó de dejar en claro que ni él ni la Compañía de Jesús nunca supieron nada.

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