Los carniceros que se volvieron cirujanos

Un libro de la doctora e historiadora Lindsey Fitzharris describe el cruento y sanguinario ambiente que existía en los hospitales de la primera mitad del siglo XIX. Dos médicos, uno escocés y otro británico, se encargaron de acabar con el horror de los quirófanos sin anestesia y las infecciones posoperatorias.


El “cuchillo más rápido del West End” de Londres. Esa es la temible descripción de Robert Liston que hacía el fallecido cirujano e historiador inglés Richard Gordon en uno de sus libros. Liston, un escocés de casi dos metros, se hizo merecedor de ese apodo porque podía amputar una extremidad en apenas 30 segundos. Sus manos eran tan grandes que podía usar la izquierda como torniquete mientras ocupaba la derecha para blandir la sierra, desplegando tal velocidad que una vez le cercenó accidentalmente un testículo a un paciente al que le estaba cortando una pierna.

Tal como narra Gordon, el médico era un verdadero showman del quirófano: “Operaba usando un delantal de color verde y botas Wellington. Saltaba repentinamente por sobre las tablas del piso manchadas de sangre y se abalanzaba sobre su desfalleciente, sudoroso y maniatado paciente como si fuera un duelista, mientras vociferaba ‘¡Tomen el tiempo, caballeros!, ¡Tomen el tiempo!’ a los estudiantes que, reloj en mano, observaban su actuación desde las graderías”. Liston, que en 1835 se convirtió en el primer profesor de cirugía clínica del University College de Londres, tenía una razón de fondo para hacer gala de su celeridad: antes de 1846 la aplicación de la anestesia era inexistente y la velocidad de los doctores era clave en el dolor que sentía el paciente y en sus posibilidades de supervivencia. Sobre todo porque en esa época los hospitales victorianos eran conocidos como ‘casas de la muerte’ y las amputaciones tenían un índice de mortalidad del 46 por ciento.

Incluso si los pacientes sobrevivían a la pesadilla de una cirugía sin anestesia, la mitad fallecía producto de infecciones posteriores que nadie se preocupaba por evitar y cuyo origen era desconocido. Esa es la brutal era que describe la doctora e historiadora científica estadounidense Lindsey Fitzharris en su libro De matasanos a cirujanos, que acaba de ser lanzado en español y que narra cómo Liston pasó de ser un prácticamente un carnicero a convertirse en pionero en el uso de la anestesia y también una figura que inspiró a Joseph Lister, quien descubrió que los gérmenes causaban las letales infecciones posoperatorias.

La autora cuenta a Tendencias que, más allá de sus aportes a la medicina, había razones de sobra para tenerle miedo a Liston y sus colegas: “Él era sumamente alto para el período victoriano. Uno de sus pacientes saltó de la mesa de operaciones, corrió por la habitación y se encerró en un clóset. Liston lo persiguió, arrancó la puerta de sus bisagras y lo arrastró de vuelta. Durante esa era los cirujanos no eran tan respetados como los demás doctores. Eran hombres que trabajaban con sus manos, no con sus mentes, y por eso eran comparados más bien con artesanos”.

Según narra Fitzharris en su libro, que ganó la versión 2018 del Premio PEN/E.O. Wilson de Escritura Literaria Científica, la temible fama de los cirujanos de la época estaba ligada directamente al ambiente en que trabajaban. En la primera mitad del siglo XIX, los quirófanos eran teatros repletos de estudiantes de medicina y espectadores que pagaban entradas. Muchos arrastraban la suciedad de las calles que eran verdaderas alcantarillas abiertas y en el interior el panorama no era mucho mejor: “El cirujano usaba un delantal cubierto de sangre seca, rara vez lavaba sus manos o sus instrumentos y llevaba con él un olor inequívoco de carne putrefacta, que se conocía alegremente en la profesión médica como el ‘buen y viejo hedor a hospital’. En una época en que la mayoría de los doctores creían que el pus era parte natural del proceso de sanación en vez de una siniestra señal de infección, la mayoría de las muertes se debían a males posoperatorios”.

-¿Nadie sospechaba los efectos de la falta de higiene en los hospitales?
-En la época victoriana, si eras adinerado no te trataban en un hospital, sino que en tu hogar. Los hospitales eran para los pobres y eran lugares sumamente asquerosos. En 1825, visitantes del Hospital St. George’s en Londres recordaron haber visto callampas que crecían en las sábanas húmedas y sucias de un paciente que tenía una fractura expuesta. Aunque hubo algunas mejorías en la higiene durante el siglo XIX, no existió un método sistemático para limpiar las salas hasta que llegó Lister.

– ¿De dónde nace el interés por contar los avances que impulsaron él y Liston?
– Era una historia que debía ser contada. En el caso de Lister, él brilló en vida pero fue prácticamente olvidado tras su muerte. Salvó miles de vidas en su época y lo sigue haciendo, porque hoy se hacen cirugías sabiendo que los gérmenes existen. Me siento agradecida de haber podido resaltar su increíble legado.

Del horror a la revolución

El libro de Fitzharris muestra que en el siglo XIX los hospitales eran tan insalubres que incluso morían los alumnos de medicina: entre 1843 y 1859 más de 40 fallecieron tras contraer infecciones letales en el hospital de San Bartolomé, en Londres. “Algunos traspasaban por completo los límites de la decencia y usaban partes podridas de los cadáveres como armas, luchando en duelos simulados con piernas y brazos seccionados”, narra la investigadora. Un ejemplo de que en esa época la profesión no era para todos fue Hector Berlioz, que en 1821 llegó a París con sólo 18 años para estudiar medicina. Tras su primer encuentro con la sala de disección, saltó por una ventana del hospital, huyó a su casa y se convirtió en un famoso compositor musical.

En este sanguinario ambiente, casi no sorprende que Liston inspirara a uno de los personajes más macabros de la historia: “Él diseñó su propio cuchillo para amputar, el cual era bastante más largo que la norma, con una hoja de 35 centímetros de largo. La punta estaba creada para abrir la piel, músculos, tendones y tejidos con un corte. No es de extrañar que para Jack el Destripador, el ‘cuchillo Liston’ se volviera su arma preferida”, escribe Fitzharris.

Pese a la reputación del doctor escocés, Fitzharris aclara que él fue el último “carnicero” de su generación. Aunque el éter había sido utilizado en aves de corral desde hace más de 200 años, su potencial en el quirófano recién se empezó a hacer conocido a mediados del siglo XIX.

La primera aplicación se produjo en octubre de 1846 en el Hospital General de Massachusetts, Estados Unidos, noticia que viajó rápidamente a Londres. Dos meses después, Liston y su asistente lo ocuparon antes de amputarle la pierna a Frederick Churchill: a Liston le tomó 28 segundos remover la extremidad, tiempo durante el cual el paciente no se agitó ni gritó, para asombro de los espectadores que no creían lo que veían. Liston anunció con orgullo que la “maniobra yankee” funcionaba y así, dice Fitzharris, la “era de la agonía” llegaba a su fin.

La inspiración de Lister

Entre el público que presenció la histórica operación del doctor escocés estaba Joseph Lister, un joven de 17 años que había ingresado a estudiar medicina en el University College de Londres. Los efectos de la anestesia impresionaron al adolescente, pero él sabía que el dolor era sólo uno más de los terrores quirúrgicos de la época, ya que las infecciones y las septicemias abundaban en los malolientes hospitales.

“Tras la implementación de la anestesia, las operaciones se volvieron mucho más peligrosas. Debido a que los pacientes ya no se retorcían bajo el cuchillo, el médico se atrevía a adentrarse aún más en el cuerpo. Como resultado, las infecciones posoperatorias aumentaron y las cirugías se convirtieron en lentas ejecuciones para muchos pacientes”, señala Fitzharris.

La doctora Lindsey Fitzharris, cuyo próximo libro se centrará en el surgimiento de la cirugía plástica para tratar las heridas que sufrieron los soldados en la I Guerra Mundial.

Lister se obsesionó con revertir esa situación, así que con la ayuda de su esposa hizo experimentos con ranas y otros animales. Finalmente, los estudios que en esa época realizaba el químico francés Louis Pasteur sobre fermentación y putrefacción le entregaron la clave: el peligro no era el hedor de los hospitales, sino los gérmenes que pululaban en esos recintos. “Cuando leí el artículo de Pasteur, me dije: así como podemos acabar con los piojos en la cabeza infestada de un niño aplicándole un veneno que no causa daño en el cuero cabelludo, seguro que podríamos aplicar a las heridas del paciente productos tóxicos que destruyan las bacterias sin dañar las partes blandas del tejido”, escribió Lister.

En 1865, encontró el antiséptico que buscaba: el ácido carbólico, un alcohol derivado del benceno, hoy más conocido como fenol. Lister tenía 38 años y trabajaba en la Enfermería Real de Glasgow, Escocia, y allí conoció a James Greenlees, un niño de 11 años que tenía una fractura expuesta en su pierna izquierda. Cuando llegó a manos de Lister, la herida ya estaba cubierta de suciedad, por lo que la opción habitual habría sido amputar y confiar en que no se produjera una infección. Sin embargo, Lister decidió arriesgarse con su nuevo antiséptico, lavó la herida con ácido carbólico y la cubrió con un apósito. Seis semanas después, Greenlees salía del hospital con sus dos piernas intactas.

-¿Cuál fue la reacción inicial de los demás médicos ante las ideas de Lister?
-Recibió muchas críticas de la comunidad médica. Para los cirujanos era muy difícil aceptar la teoría de los gérmenes. Imagina que un joven viene y te dice que tus pacientes se mueren por culpa de estas pequeñas criaturas invisibles que sólo se pueden ver en el microscopio. ¡Fue un salto enorme! Lister defendió sus teorías y eventualmente fue invitado a atender a la reina Victoria, que había desarrollado un absceso que se infectó. Luego de que Lister operara exitosamente a la reina usando su técnica, muchos doctores empezaron a adoptar sus métodos.

De hecho, tras esa cirugía el uso del ácido carbólico para esterilizar instrumentos quirúrgicos y limpiar heridas se volvió un estándar, lo que dio inicio a la era de la cirugía antiséptica. El método del médico se volvió tan popular que él viajó a Estados Unidos a promoverlo, y en una de sus charlas tuvo a dos espectadores famosos: el doctor Joseph Joshua Lawrence, que bautizó su propio antiséptico como Listerine, y Robert Wood Johnson, quien se unió junto a sus hermanos para crear una empresa que fabricara “los primeros vendajes quirúrgicos y suturas estériles elaborados en masa según las técnicas de Lister”. Esa compañía se llamó Johnson & Johnson.

-¿Qué nos enseñan las historias de Lister y Liston sobre la evolución de la ciencia y la medicina?
-Si hay algo que aprender de esta historia, es darnos cuenta de que a veces los mayores frenos al progreso provienen de las mismas comunidades científicas y médicas y que necesitamos mantener una mente abierta a las nuevas ideas. ¿Quién será el próximo Joseph Lister?, ¿Qué paradigma será el que él o ella pondrán en jaque?

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