Tambores contra el encierro

Juan Faúndez y César Martínez siguen la guitarra de la profesora Silvia Navarrete. (Crédito: Pablo Sanhueza)

El grupo Los Reales, la primera batucada del Cottolengo, lleva varios años preparando un número musical que les permita salir a tocar para tener contacto con otras personas. Aislados durante casi todo el año, el sábado pasado se presentaron en el evento Parque Feliz, en el Parque Bicentenario, frente a un público que los ovacionó. Estas son las postales de ese viaje.


Esta tarde van a ser casi cuarenta, entre músicos, bailarines, profesores y curiosos que se acercan, miran, bailan un poco y se van. Los números son frágiles en el Pequeño Cottolengo Don Orione de Cerrillos -es difícil saber cómo se va a levantar cada día cada residente-, pero Los Reales, los verdaderos, son unos veinte y están, o deberían estar, todos aquí, este miércoles por la tarde, ajustando los detalles para el día más importante del año.

La ansiedad es evidente mientras algunos se van colgando los bombos y las cajas, y otros toman los chocalos y las panderetas. La mayoría ha estado aquí gran parte de su vida: en este patio tan verde, separados del resto de la ciudad por una reja. En general, sus padres los han dejado con cuatro o cinco años, incapaces de asumir la discapacidad severa de sus hijos. En esta fuente han visto caer el agua, en estos bancos se han sentado desde entonces. En estos jardines, también, han conocido a los pavos reales y de ellos han decidido tomar su nombre: Los Reales, la primera batucada de la historia del Cottolengo.

Pero no todos pueden ser parte de ella: uno de cada tres residentes permanece postrado y muchos no tienen la capacidad motriz necesaria para seguir patrones rítmicos. Ser de Los Reales, aquí adentro, es un privilegio: significa, más que ninguna otra cosa, tener contacto con el exterior; salir a tocar a algún colegio de tanto en tanto, desfilar en un festival de tambores en La Legua, ser parte cada año de Parque Feliz, el día más esperado por todos.

Para eso se preparan esta tarde, en uno de sus últimos ensayos: el sábado 6 de octubre tienen que tocar en el evento que se realiza en el Parque Bicentenario, donde se montan juegos y atracciones para recaudar fondos para el Cottolengo. Ese día, la presentación de Los Reales es el número central, y un bus los lleva desde Cerrillos a Vitacura para tener la jornada de mayor contacto exterior de todo el año. Adentro, se habla de eso durante meses.

Ahora está por comenzar el ensayo, y los integrantes de Los Reales se presentan:

-Yo me llamo Jorge Rodríguez o Jorge Fernández, como usted quiera… -dice uno.

-Yo me llamo Re-na-to -dice otro, con dificultad.

-¡Renato care’gato! -grita otro y todos ríen.

-¡Buenas tardes, señores y señoras, ha llegado el señor periodista del diario La Tercera! -dice entonces Juanito, el líder de Los Reales.

Juanito, o Juan Faúndez, tiene 40 años y siempre habla así: como transmitiendo para la radio. Tiene una memoria bastante prodigiosa -es capaz de decir el cumpleaños de cualquiera a su alrededor al que le pregunten la edad-, y eso le sirve también para aprenderse las letras. Por eso, y porque es afinado, es la voz principal de la batucada y el más entusiasta.

A su lado está César Martínez, de 60, la otra voz de Los Reales. Desde que su familia lo internó por primera vez, con 14 años, ha visto muchas cosas. En Batuco, cuenta, sus compañeros le hacían cortes en las manos y los pies. Por eso lo transfirieron al Cottolengo de Pirque, consumido más tarde por las llamas, y luego al de Cerrillos, donde vio morir a cinco compañeros en un incendio. La batucada, dice, es una de las cosas bonitas de su vida.

-La gente nos recibe con aplausos, con los brazos abiertos. Yo siento una emoción tan grande -dice, y se detiene un momento-. Hay gente que no nos toma en cuenta y no cree en nosotros. Con la batucada queremos que dejen de no tomarnos en cuenta. Somos capacitados nosotros: hemos ido caminando hasta Maipú a tocar…

Más de un tercio de los integrantes de Los Reales son mujeres. (Crédito: Pablo Sanhueza)

Empiezan los tambores y Juanito arranca el primer verso de una de sus canciones favoritas: “Callejero”, de Juana Fe. Luego sigue “Toro Mata”, clásico afroperuano. Algunos Reales bailan; la mayoría toca. Silvia Navarrete, de 30 años, la profesora de música a cargo de la batucada, se pasea entre ellos marcándoles los tiempos. Ha sido un trabajo minucioso, de años: primero enseñarles un ritmo, durante meses, luego ir introduciendo alguna variación, con el paso del tiempo animarse a introducir otra línea distinta.

-Cuando yo me hice cargo, tenía dudas de cómo lo iba a poder manejar. Cómo poder sacarlo a flote -dirá Silvia cuando termine el ensayo-. Hay que saber entender sus tiempos. Detectar si alguno tiene una facilidad con un ritmo. Observar, tener paciencia. La idea de llevar a los chiquillos a carnavales y a ferias es que la gente entienda que hay un estigma generalizado. A veces les tienen como miedo… la sociedad no está muy preparada.

Cuando terminan de repasar el repertorio y el resto se dispersa, Juanito y César se quedan sentados en una banca, conversando de otro proyecto que han ido planeando: crear una radio online en el Cottolengo para poder comunicarse con la gente todos los días. No hay nada que ansíen más -y que tengan menos- que el contacto con otros. Por eso los conmueve que 166 personas sigan la página de Los Reales en Facebook. Se imaginan, dicen, tocando algún día en el Parque O’Higgins, con miles de personas bailando a su alrededor.

-¿Qué sienten cuando tocan?

-Siento que toda la gente se me viene encima -dice César, y Juanito escucha-. Me imagino que me piden fotos, que me piden autógrafos. Pero no sólo a mí. A todos nosotros.

***

El gran día es hoy y se nota por todos lados. En la premura de los profesores, que corren de un lado a otro llevando instrumentos, en la ropa de los residentes -camisa floreada, ellos; de blanco y con cintillo de flores, ellas-, pero sobre todo en sus rostros. Es el sábado 6 de octubre y arriba del bus, que va cruzando la reja que separa el Cottolengo del resto del mundo, algunos cantan; otros miran por el vidrio silenciosos, tal vez asustados. Las camisas colgando del techo del bus, los gritos y la algarabía le dan a la comitiva el aspecto de un circo ambulante, que atraviesa la ciudad bajo la sombra de los enormes edificios vidriados. Pifian a una compañera que se subió última, le cantan el cumpleaños feliz a otra, y cuando llegan hasta el Parque Bicentenario es César quien se encarga de lanzar la primera arenga:

-¡Aquí llegaron los reyes de la canciooon!

El parque está repleto de niños y padres, y al parecer nunca antes habían tenido tanto público. O eso dicen, mientras se van bajando del bus con dificultad, con nervios evidentes. Uno de los voluntarios que ayuda en la jornada, el abogado José Ferrada, ayuda a bajar los tambores.

-Son instrumentos nuevos y eso es bonito, es como decirles a los chiquillos: esto no es salir a pasear. Nosotros tocamos y tenemos que hacerlo bien. Esto no es ruido: siguen instrucciones, ritmos y eso demuestra que pueden aprender. Que tienen algo que entregar todavía. Ese es el mensaje de la batucada: es gente que no está en las últimas, que algo más puede entregar.

Cuando llega el momento, van subiendo de uno al escenario, y el público se va agolpando para verlos: algunos son residentes del propio Cottolengo, que han podido asistir a Parque Feliz, y muchos son niños, que miran con expresión curiosa a los integrantes de Los Reales.

Entonces Juanito, fan de Los Tres, agarra el micrófono y grita:

-¿Qué tal? ¡Festivaaaaaaal!

Y empieza, primero, el ritmo negro de “Toro Mata”. Luego sigue una cumbia colombiana, “Bomba Chaya” de Gepe, “Callejero”, y de a poco todos se van soltando. Parecen romper algo que estaba muy adentro y empiezan a bailar, eufóricos. El show no dura más de media hora, pero todos allí arriba -profesores y músicos- entienden que durará mucho más que eso.

Parque Feliz es el evento de mayor contacto social para los habitantes del Cottolengo. (Crédito: Pablo Sanhueza)

-¡Llegaaaron Los Reales, el sabor del Cottolengooo! -grita Juanito, y todos lo siguen.

La última canción que tocan es el “Carnavalito del Ciempiés”, de Mazapán, y entonces el público y el cuerpo de baile de Los Reales hacen una gran ronda en torno a unos jóvenes en silla de ruedas. César, que ha bajado del escenario, mira visiblemente emocionado.

Luego se vuelve a subir, cuando el último tambor termina, y grita:

-¡Un año de práctica, un año de emociones, un año de amor! Hemos recorrido la ciudad, vimos a los niños, los jóvenes, los estudiantes, los que están abandonados en las calles.

Guarda silencio un momento.

-¡Ellos necesitan más ayuda que nosotros! -dice al fin.

Es la última frase del show, y luego todo acaba. Los Reales se bajan del escenario para volver a subir al bus que los traerá de vuelta, dentro de un año, al mejor momento de sus vidas.

Seguir leyendo