Pritzker de doble filo

SEÑOR DIRECTOR:
El segundo Premio Pritzker otorgado a un arquitecto chileno reconoce la calidad indiscutible del trabajo de Smiljan Radić y proyecta la disciplina en el escenario internacional. Sin embargo, este reconocimiento también obliga a reflexionar críticamente.
La obra de Radić destaca por un manejo espacial, material y técnico sobresaliente, sustentado en un argumento intelectual que articula referencias de la construcción informal con un amplio repertorio de arte y arquitectura. Esta cuidadosa curatoría personal —visible hoy en la exposición “Tiras de Prueba. Arquitecturas 1951–1977” en el Museo Nacional de Bellas Artes— que ayuda a comprender un universo cultural excepcional y constituye parte esencial de su modo de operar.
Radić ha enriquecido el repertorio formal de la arquitectura chilena. Sus maneras han sido ampliamente seguidas y replicadas. Es allí donde conviene detenerse.
El jurado del Pritzker destaca su obra como recordatorio de que “la arquitectura es un arte”. No obstante, desde Vitruvio, la arquitectura se sostiene en la tríada firmitas, utilitas y venustas —firmeza, utilidad y belleza—, principios que figuran en la medalla del Pritzker. No por nada la belleza aparece al final, una vez resueltas la estabilidad y funcionalidad.
El premio se transforma así en un arma de doble filo cuando reconoce una obra inigualable que resulta difícil convertir en una forma de operar colectiva, con impacto directo en el país y sus habitantes. En contraste, el Pritzker celebró en 2021 el “espíritu democrático” de la obra de Lacaton y Vassal, mostrando que la arquitectura puede alcanzar alta calidad sin renunciar a su compromiso con las urgencias climáticas, sociales y económicas.
Juan Pablo Alarcón
Director Escuela de Arquitectura UNAB
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