Estudiar, trabajar y orar: la vida de los monasterios en la Edad Media

El monasterio benedictino de Montecassino, Italia.

Con el lanzamiento de la serie El nombre de la rosa, basada en la novela de Umberto Eco, en Culto nos acercamos al origen histórico de los monasterios, asociados a la fundación en Montecassino, Italia, de la regla de San Benito. Estos emplazamientos no solo fueron un espacio para la vida religiosa contemplativa, sino que verdaderos polos de cultura.



Este 7 de mayo, la plataforma de streaming Starz Play estrena en Latinoamérica la serie The name of the rose, basada en la novela homónima escrita por Umberto Eco, en 1980. La narración es un verdadero viaje al pasado, al invierno de 1327, plena Edad Media (en rigor, la llamada Baja Edad Media, entre los siglos XI al XV).

El nombre de la rosa nos cuenta la historia de un fraile franciscano inglés, Guillermo de Baskerville, quien visita una abadía benedictina en el norte de Italia acompañado de un joven discípulo, Adso de Melk, quien es un novicio benedictino (no franciscano como se le caracterizó en la película homónima de 1986, dirigida por Jean-Jacques Annaud y protagonizada por Sean Connery).

En el lugar, Baskerville, pese a que su misión ahí es participar en una reunión en la que se discutiría sobre la supuesta herejía de una rama de los franciscanos, termina investigando –a petición del abad- una serie de crímenes que han ocurrido al interior del monasterio. El abad lo elige dada su inteligencia, sagacidad y un pasado como inquisidor.

Que Umberto Eco haya escogido un monasterio benedictino como escenario de la novela no es casualidad. Fue esta orden, fundada en el siglo VI por el italiano San Benito (oriundo de Nursia, cerca de Perugia) la que es considerada como el punto de partida para la formación de los monasterios en la Europa medieval.

“Si bien, el monacato existía desde antes de San Benito y sus orígenes son orientales, la Regla que hizo este monje italiano fue la más influyente en Europa. Porque logró conciliar, de forma equilibrada, el famoso “Ora et labora” y lo que debe ser una vida moderada y virtuosa, alejados del mundo, pero en comunidad”, explica a Culto la historiadora y académica de la U. Gabriela Mistral, Ana Luisa Haindl.

El deseo de una vida contemplativa

Tal como explica Haindl, durante la llamada Alta Edad Media (entre los siglos V al XI), existían otras iniciativas que buscaban una vida contemplativa, alejada de las ciudades, de la corrupción de la sociedad y que aspiraban a un mayor contacto con Dios.

Esta idea del retiro tenía un sustento bíblico. “Obviamente, el primer referente de ello es el propio retiro de Jesucristo en el desierto, antes de entrar en Jerusalén para vivir su Pasión y Muerte: el origen de nuestra Cuaresma”, explica Ana Luisa Haindl.

Sin embargo, las primeras iniciativas se hacían sin mayor normativa que la que se le ocurriese a quien la llevara a cabo, lo cual a veces permitía que se dieran casos que rayaban en lo excéntrico.

“Habitar en un árbol o en una cueva, en la más absoluta soledad, eran prácticas relativamente habituales. Había algunos, los reclusos, que ‘guiados por el espíritu’ se encerraban entre tabiques de por vida; otros, los estilitas, que vivían toda su existencia en lo alto de una columna y desde ese púlpito predicaban los domingos al pueblo que los acogía; los adamitas tenían la curiosa costumbre de dejar que sus vestidos se consumieran hasta convertirse en harapos; y los rumiantes se caracterizaban por no comer más que las pocas hierbas que lograban arrancar del suelo”, cuenta el historiador Gerardo Vidal Guzmán en su libro Retratos del Medioevo (Ediciones Rialp, 2008).

También existían grupos de hombres y mujeres que –queriendo seguir el ejemplo de Cristo- se consagraban en castidad a una vida de oración y penitencia, pero básicamente en una dimensión privada. Otros, optaban por las vías más ermitañas. “Había quienes seguían el camino eremítico, y vivían ajenos a toda forma de convivencia humana. Otros seguían la vía cenobítica, y formaban comunidades cuyos miembros compartían los mismos ideales”, señala Vidal Guzmán en el citado libro.

Esta tendencia de alejarse del mundo, para vivir en la oración, comenzó a ir en aumento. “Y así se van creando las primeras comunidades o ‘cenobios’, y como se vive en comunidad, es necesario una mayor organización, con un edificio que los albergue, una regla que modere la convivencia e incluso, la realización de actividades económicas para permitir el sustento de esa comunidad”, señala Ana Luisa Haindl.

Pero no solo la búsqueda de una pureza alejada de las ciudades dio pie a este fenómeno. Otro factor fueron las invasiones germánicas, que en el siglo V terminaron por darle el golpe de gracia al imperio romano. “Es uno de los factores, ya que el mundo altomedieval se vuelve predominante rural, debido a las amenazas de las invasiones”, explica Haindl.

Una representación de San Benito, fundador de los benedictinos.

Arranquemos a Montecassino

La puesta en escena fue planeada cuidadosamente y se llevó a cabo de manera sigilosa. Un grupo de siete prostitutas se introdujo de noche en la huerta del monasterio que Benito había creado junto a un grupo de 12 monjes, en Subiaco, una pequeña localidad cercana a Roma. Allí, sin mayores tapujos, las meretrices comenzaron a desnudarse, y luego, como si estuviesen en un burdel, empezaron a cantar y a bailar para atraer la atención de los monjes.

Todo había sido planeado por un sacerdote llamado Florencio, movido por la envidia que la fama de la obra de San Benito estaba comenzando a adquirir. “Como todo hombre mezquino, Florencio no soportaba el éxito ajeno; se sentía humillado por el prestigio de santidad de aquel provinciano insignificante, que convocaba discípulos sin apenas buscarlos”, relata Vidal Guzmán.

Los monjes, despertados de improviso por esta especie de “cantos de sirena”, solo se limitaron a contener un gesto de sorpresa. Pero el abad, Benito, solo se limitó a expresar un gesto adusto e indiferente.

Al amanecer, y luego de que las mujeres se fueran, Benito reunió a los monjes. Les expresó que el hecho de que un grupo de prostitutas hubiese entrado a un monasterio era grave, y se exponían a un escándalo mayúsculo. Ante eso, comunicó a sus seguidores que se mudaban ese mismo día. El nuevo lugar estaba un poco más al sur, se llamaba Montecassino. En rigor, era una montaña.

SI bien, Subiaco había sido el primer monasterio fundado por Benito, fue en Montecassino donde la orden benedictina echó raíces y sembró las bases de un modelo que se expandiría por Europa. A su llegada, los monjes se encontraron con un templo abandonado consagrado al dios romano Apolo, y otros altares dedicados a otras deidades paganas.

Benito, sin un ápice de duda, ordenó talar el bosque y destruir el templo romano. Sobre el lugar edificó dos oratorios para sus monjes. Allí comenzó todo.

“Los primeros monasterios no fueron más que una sencilla construcción con el piso de piedra y los muros de madera. En torno a un patio interior, donde se encontraban el huerto, la fuente y el jardín, se hallaba el claustro, y a su alrededor, la iglesia, las celdas, y la cocina. En ese escenario se desarrollaba la vida de los monjes”, cuenta Vidal Guzmán.

Benito se dio cuenta –dadas las experiencias anteriores de vida contemplativa- que la clave para que los monasterios funcionaran era tener una normativa. “Con toda certeza percibió que era necesaria una guía práctica que orientara a las almas en medio de tantas ocurrencias místicas - explica Vidal Guzmán-. Dicho de otro modo, que debía existir un modo razonable de ser santo”.

Así nació la regla benedictina. Que regulaba con detalle lo que todo monje debía realizar. Establecía los horarios dedicados al trabajo –consistente en todo lo necesario para la subsistencia del monasterio, es decir, un modelo autárquico-, al estudio, a la lectura religiosa, además de la oración. Por supuesto, también los tiempos de las comidas y el sueño. Sus monjes –tal como se detalla en El nombre de la rosa- vestían una túnica negra, con una capucha y un escapulario.

Al mando del monasterio de Montecassino quedó el mismo Benito, en calidad de abad. “El abad es quien dirige el monasterio en el mundo benedictino. El modelo en el cual se basa San Benito para ilustrar la figura del abad en su regla, es la figura paterna del mundo romano: el pater familias. Porque, finalmente, esta comunidad de monjes se configura como una familia, con una figura autoritaria estricta, pero comprensiva: como un padre”, explica Ana Luisa Haindl.

El monasterio benedictino de Montecassino, Italia.

La expansión de un modelo

Como suele suceder con los modelos exitosos, el ejemplo benedictino fue replicado en otras partes de Europa. El contexto social de entonces, el auge de la vida agraria, fue un factor que ayudó a la expansión del formato monástico.

“Hay que pensar, en el mundo altomedieval sobre todo (entre la caída del Imperio Romano y el siglo XI), en un mundo predominantemente rural: con las invasiones, las ciudades se convierten en lugares más expuestos, y la gente prefiere irse a los campos. Ahí se desarrollarán los feudos”, explica Ana Luisa Haindl.

“La vida en un monasterio es similar a la del feudo, en el sentido de que son unidades económicamente autárquicas, autosustentables. Pero, lentamente, van convirtiéndose en polos de atracción y de desarrollo. Por razones religiosas, culturales y económicas”, agrega.

Así, surgieron otras órdenes religiosas monásticas como los cartujos (que incluyó con el tiempo una rama femenina), los cistercienses (ambos en Francia); o los monjes irlandeses, con la regla de San Columbano.

Tanto fue su crecimiento, que a medida que fueron surgiendo más monasterios en el viejo continente comenzaron a configurarse “redes” de monasterios, donde los más pequeños dependían de uno más grande. Los mismos benedictinos se sumaron a ese sistema, en el siglo X, con la reforma de Cluny.

“Los que adhirieron a esa reforma, son parte de la ‘red’, dirigida por el monasterio de Cluny, en Borgoña. Ahí entonces, hay un abad. Y en los monasterios que lo siguen, hay un prior, que por lo tanto está ‘subordinado’ al abad de Cluny. Por lo tanto, entre dos monasterios que pertenecieran a la misma ‘red’, obviamente sería más importante el dirigido por un abad”, explica Ana Luisa Haindl.

Polos de cultura

Pero los monasterios no solo acogían gente que pretendía desarrollar una vida contemplativa. Se trataron de polos de difusión no solo del cristianismo, también de cultura.

“En sus bibliotecas, no solo se almacenaban libros, también se hacían las copias y se creaban libros nuevos. Los monjes debían estudiar y para eso, contaban con una preparación intelectual mayor a la del resto de la población (sobre todo en la Alta Edad Media). No sólo hubo monjes y monjas que fueron grandes teólogos, también filósofos, historiadores, cronistas y científicos”, cuenta Ana Luisa Haindl.

Entre algunos ejemplos de intelectuales surgidos desde los monasterios, se pueden mencionar al benedictino francés Pedro el venerable, quien recopiló información sobre el Islam; la santa alemana Hildegard von Bingen, perteneciente a la rama femenina de los benedictinos, fue escritora y filósofa; o el franciscano inglés Guillermo de Ockham, quien desarrolló un trabajo en lógica, teología y medicina. Okham habría sido para Umberto Eco la inspiración del personaje de Guillermo de Baskerville.

Una representación de la la santa alemana Hildegard von Bingen.

En cuanto a lo religioso, los monasterios marcaron la pauta. “Además de dedicarse al trabajo y la oración, estudian la Teología, crean nuevos libros acerca del tema y enseñan. A pesar de que en principio, están alejados de los feudos y las ciudades, contaban con hospederías para recibir viajeros y peregrinos, y a veces ofrecían su ayuda, material o espiritual, a las comunidades cercanas”, indica Haindl.

“Tal como se ve en la novela El Nombre de la Rosa, era común que sacerdotes y monjes viajen por Europa y pasen estadías en distintos monasterios, para estudiar, investigar o intercambiar ideas”; agrega la historiadora. Así, el viaje de Baskerville y Adso no es algo tan lejano de lo que ocurría en realidad.

A medida que el Medioevo fue avanzando, y las ciudades volvieron a tomar protagonismo –en el período de la Baja Edad Media- aparecieron nuevas órdenes contemplativas, pero esta vez, ubicadas en las ciudades. Son las llamadas órdenes mendicantes, como los franciscanos, dominicos, agustinos, las clarisas, o los mercedarios.

Los monasterios, en rigor, corresponden a las órdenes ubicadas en los exteriores de las ciudades. “En cambio, al hablar de las comunidades de las órdenes mendicantes, instaladas en las ciudades, hablamos de conventos”, explica Ana Luisa Haindl.

La labor de estas nuevas órdenes muchas veces era similar que las del clero secular. ”Por algo, se les llama ‘predicadores’ y a veces esa misma actividad, les traerá problemas con los sacerdotes de las parroquias cercanas a los lugares donde predican”, cuenta Haindl.

Pero la huella de los monasterios en la Iglesia había calado hondo. Tanto fue así, que en el siglo XI, con ocasión de la Reforma Gregoriana –una iniciativa llevada a cabo por el Papa Gregorio VII para ordenar al clero- se tomaron elementos de las órdenes monásticas.

“La Reforma Gregoriana promovió una mejor preparación del Clero secular y se apoyó en los monjes –relata Ana Luisa Haindl-. Un ejemplo de esto es que, para mejorar la disciplina del clero secular, les impuso una regla monástica, más antigua que la de San Benito: la de San Agustín”.

San Benito falleció en su monasterio, en el año 547. Fue canonizado en el año 1220 por el Papa Honorio III. Hasta hoy, al italiano se le considera como Patrono de Europa.

El monasterio original de Montecassino –a diferencia de otras edificaciones del Medioevo que han perdurado- ya no existe. En el año 1866, se disolvieron los monasterios de Italia, así, se convirtió en un Monumento Nacional. Sin embargo, el 15 de febrero de 1944, el edificio fue destruido en medio de una crucial batalla de la Segunda guerra mundial, donde los aliados derrotaron a las fuerzas nazis y a las debilitadas tropas italianas de la República de Saló.

La abadía fue reconstruida después de la guerra, y el Papa Paulo Vi la volvió a consagrar, en 1964.

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