Alan Parker y un reencuentro otoñal con Melody

Melody

Ha partido Alan Parker, cineasta responsable de Fama, The Wall, Evita, Mississippi en Llamas y la que es quizá la más Clásicos AM de todas las cintas de nuestra infancia, para quienes rodeamos los cincuenta años: Melody. Hace muchos años escribí este texto, que es quizá el que más quiero.



Casi siempre era en otoño. Se llegaba a la casa arrastrando el bolso del colegio, la mamá regaba el patio y desde la entrada se sentía el olor a tierra mojada. En la cocina se tomaba a la rápida una leche caliente y se tragaba un pan con mantequilla, mientras en la radio que permanecía eternamente sintonizando El Correo de los Enamorados, Claudio Baglioni repetía eso de: “Tenía ella mi edad, diez años nada más, y un día me casé por juego”. Se encendía el televisor de la sala y luego de un aviso de utilidad pública se iniciaba el Cine en su Casa. Y entonces una cámara en sepia mostraba como tras una bruma de amanecer se perfilaban los edificios de un lejano suburbio de Londres y las melancólicas voces de los Bee Gees cantaban “In the Morning”. Ya todos sabíamos de qué película se trataba, mal que mal la habíamos visto cientos de veces en el mismo horario, en el mismo canal, con la misma ventana que seguía dejando entrar el olor a tierra mojada desde el patio: Melody.

Fue hace un par de semanas, me dirigía a una conferencia en el Goethe, y como llevaba media hora de adelanto decidí pegar una vuelta por WestCoast, en Mac Iver al llegar al Parque Forestal. Y allí estaba, en la vitrina y sobre números especiales de Superman y figuritas Star Wars, una copia en VHS, de Melody. No lo pensé dos veces, la había buscado infructuosamente por tanto tiempo: ni siquiera pregunté el precio, “¿me da una bolsa para llevarla?”. Fui a la conferencia y apuré el paso a casa, metí el video en el equipo y apreté Play.

Conocíamos la historia al revés y al derecho. Daniel Latimer era un niño de 10 años que asistía a una rígida escuela inglesa, y que se hacía amigo de Ornshaw, el rebelde del curso, que le enseñaba a hacerse la cimarra y tomar el bus que viajaba al norte, al centro de la ciudad: una amistad irrompible. Pero, un día algo pasó, mientras espiaban la clase de danza. Daniel se fijaba por primera vez en la existencia de una niñita de su misma edad, Melody Perkins. Y entonces todo el mundo del chico se transformaba: el servicio religioso, el almuerzo en el salón, la prueba de música, el campeonato deportivo.

Lo primero que me sorprende al verla ahora en edición subtitulada (y a decir verdad, bastante deficiente), es la cantidad de pasajes que deben de haber sido cortados en esas tardes de semana de fines de los 70, inicios de los 80. Daniel hacía dibujos de desnudos que copiaba de una revista que su madre le quitaba, en los recreos se veían niños fumando (y sólo tenían 10 años), Ornshaw trataba de meterse a la maleta en un topless. La historia se acerca así más a algunas joyas de la narrativa inglesa sobre la infancia, como El Señor de las Moscas o El Jardín de Cemento, que a las soserías acerca de niños ñoños que nos tratan de inculcar cuando somos chicos.

Una tarde, después de un castigo, Ornshaw y Daniel salen al pasillo del tercer piso y desde la escalera del segundo Melody los mira. Bajan lentamente los peldaños (“que no te vea llorar”), y Latimer se acerca a la niña. Ornshaw trata de convencerlo de que no vaya: que mejor salgan al baldío cercano a ver la última bomba que ha fabricado el muchacho de lentes, que vayan a los juegos, o al cine. Ya es tarde: la pareja se va alejando por el claustro, y luego echa a correr, y Ornshaw se queda golpeando su bolso contra la pared, enojado, vencido.

Vuelvo sobre lo mismo, Melody se acerca de manera extraña a un espacio indefinido y siniestro que a veces podemos vislumbrar en plena infancia y que la mayoría de las veces olvidamos al crecer. Un poco la intuición del Lihn de La Pieza Oscura. O quizá esta otra cuña del Dostoievski de Los Hermanos Karamazov: “Muchachos de alma y corazón puros, todavía casi niños, se deleitan en conversaciones e imágenes que a veces repugnan incluso a los más rudos soldados”.

Como tantas veces antes, pero ahora juntos, la pareja se interna en el cementerio que da a los parques de la escuela, y las hojas otoñales crujen bajo sus pies. Melody le dice a Daniel que ha escuchado que él la ama: “No me importa, pero es que la gente se ríe”. Él le muestra sus dibujos y ella lee una de las inscripciones de las tumbas, donde una mujer agradece a su marido recién muerto, en 1893, por cincuenta años de felicidad.

Melody: ¿Cuánto son cincuenta años? Daniel: 150 trimestres, sin contar las vacaciones. Melody: ¿Me amarás tanto tiempo? No creo. Daniel: Por supuesto, ya te amé una semana entera, ¿no?

Melody

Después ella lo lleva de visita a su casa, una once familiar, y al día siguiente se escapan a la playa, a los juegos, en el tren que viaja al norte.

Se ha dicho más de una vez que Melody fue un poco como la versión preadolescente de El graduado, se le ha relacionado con los logros del Free Cinema, o con las revoluciones estudiantiles de un par de años antes. Es verdad: allí donde la cinta en que actuaba un joven Dustin Hoffman tenía como fondo a Simon & Garfunkel, acá tenemos el fondo de los Bee Gees; allí donde aquel movimiento cinematográfico inglés aspiraba a un realismo documental, acá había un Londres paneado desde la mirada de unos niños; allí donde se pedía la llegada de la “imaginación al poder”, acá el poder era tomado a la fuerza por los minúsculos.

Cuando Melody y Daniel vuelven al colegio el director los llama a su oficina, hace un esfuerzo por tratarlos con delicadeza (“son unos niños”), entonces Daniel le contesta que a pesar de eso ya saben lo que quieren: “nos queremos casar”. Daniel vuelve a la sala de clases, Ornshaw ha escrito en el pizarrón: “¿Cuándo es el matrimonio?”. Y por primera vez se golpean. Más tarde, otra vez en el cementerio y bajo la lluvia, que sólo proteje una carpeta amarilla, Daniel abraza a Melody, están llorando.

Esa debe de ser la escena central del film, donde se resume y rezuma todo su espíritu. Vista más de una vez Melody se convierte de pronto en una obra que más que contar una historia va dando cuenta de distintos estados de ánimo. Casi no hay diálogos (aunque cuando los hay ¡los hay!). Se trata más que de una fábula, de una secuencia de imágenes o panorámicas íntimas, artículadas como una serie de videoclips, años antes de los primeros videoclips, sobre los tracks extraídos del álbum Odessa de los músicos de la Isla de Man: “In The Morning” en los créditos iniciales, “Give Your Best” durante las dos cimarras, “To Love Somebody” en la tarde deportiva, “First of May” (Calenda Maia) en el inolvidable encuentro en el cementerio, y por cierto, el que daba nombre a la historia: “Melody Fair”, que contextualiza la escena donde se presenta a la heroína, cuando cambia ropa vieja por un pez rojo nuevo y luego lo libera en un estanque y luego llega a un Pub y le pide dinero para un helado a su padre.

Lo que ocurría después era del todo impredecible, y era la parte que más nos gustaba de la película. Los profesores se daban cuenta de que los alumnos se habían fugado. El muchacho de lentes les soplaba que habían ido a una iglesia derruida a celebrar el matrimonio y, cuando el director abandonaba la sala, sacaba desde su pupitre su última bomba, y también salía. Luego se mostraba a todo el mundo corriendo: los profesores en una Combi, la mamá de Daniel en su descapotable blanco, el muchacho de lentes a pie.

Hubo, es verdad, otras películas anómalas que se transmitieron por Cine en su Casa o Tardes de Cine: Los chicos de la calle Paul de Zoltán Fábri, o El globo amarillo de J. Lee Thompson. Películas que se veían con sorpresa, temor y temblor. Todas ellas residen en el inconsciente colectivo de una generación que fue la primera en criarse con el televisor como madre putativa, como un secreto bien guardado entre los recuerdos de la infancia.

En la iglesia Ornshaw, que oficiaba de celebrante llamaba al silencio: “esto es en serio”, y tras las preguntas de rigor no alcanzaba a declararlos marido y mujer, los adultos habían llegado y se producía una estampida general de la muchachada. Al principio parecía que los grandes iban a vencer, como siempre, a los pequeños; pero entonces la situación se trastornaba. Los niños empezaban a sacarles la ropa a los mayores, a tirarles el pelo, a pegarles puntapies en las canillas. El muchacho de lentes prendía su bomba y la lanzaba al auto. Y el auto explotaba en mil pedazos. Los adultos impresionados no hallaban nada mejor que huir despavoridos por el descampado, mientras los chicos iniciaban una danza triunfal/ritual en torno al incendiado descapotable blanco.

Me he preocupado de averiguar que fue de los actores principales de esta cinta. Mark Lester y Jack Wild eran unos veteranos cuando de filmó, con el nombre de S.W.A.L.K. (“sealed with a lovely kiss”, sellado con un beso amoroso, sigla con que los niños firmaban sus primeras cartas de amor en la Inglaterra de posguerra), en 1971. Tres años antes habían trabajado en la galardonada Oliver! de Carol Reed. Tracy Hyde en cambio era presentada (“and introducing”) como Melody en su primer papel. Ni Lester, que hoy es médico y vive en el interior británico, ni ella, que vive en el interior de Francia, hicieron mucho más, abandonando su labor actoral al poco tiempo. Wild, en cambio hasta el día de hoy sigue actuando, aunque ha cambiado el cine por el teatro vanguardista.

Simultáneamente a la derrota del cuerpo de profesores, Melody, Daniel y más atrás Ornshaw huían del único representante del magisterio que quedaba en pie, el de latín e historia. Llegaban a la línea del ferrocarril y encontraban uno de esos carromatos de tracción humana que sólo se ven en la películas. Ornshaw los subía y empezaban a balancearse y a avanzar, primero timidamente y cada vez más rápido. “¡¡¡No se olviden de escribir!!!”, y luego, cuando llegaba el profesor le espetaba: “Pelee como un hombre” y lo salía persiguiendo. La cámara mostraba como se alejaba la pareja hacia el norte y luego venían los créditos finales.

Entre los adultos que trabajaron haciendo Melody, más allá del “desconocido” director Waris Hussein, se encuentran cuatro que más tarde serían reconocidos cinematógrafos. El primero es Alan Parker, este fue su primer guión y no cuesta mucho darse cuenta de que gran parte de las imágenes y sensaciones que explotaría, por ejemplo en The wall, ya están seminalmente incluidas aquí (la rebelión de los niños, y varias escenas que son casi calcos, como la de la bala en la línea del tren). Aunque sus trabajos se fueron de a poco alejando del tono que Melody propone, al menos una vez retorna a este temple de ánimo, y es en su obra mayor: The Commitments. El segundo es David Puttnam, que habría de convertirse luego en el “Spielberg” británico, con las producciones de Carros de fuego, Los gritos del silencio o La misión. El tercero es uno que no aparece ni en los créditos, pero que fue el que ayudó a elaborar el plot, Andrew Birkin. Curiosamente su cinta más conocida es justamente El jardín de cemento (sobre el texto de Ian McEwan), como para dejar en claro que ambas historias están unidas por un hilo conductor invisible. El cuarto es Peter Suschitzky, el director de fotografía, que luego lo sería de las películas de Cronenberg (Mortalmente parecidos, 1988; El Almuerzo desnudo, 1991; Crash, 1996).

Melody fue, de este modo, un experimento temprano para este cuarteto, y un experimento que dejó una marca indeleble en muchos niños de entonces (aunque no en los países de habla inglesa donde la película pasó casi desapercibida). Bien resume todo lo dicho recién el propio Parker en el libro Fast Fade de Andrew Yule sobre Puttnam: “Melody fue lo que fue, el inicio para todos nosotros”.

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