Roser Bru y el deber de memoria

Roser Bru en 2019, con motivo del montaje Roser Bru o el exilio de la memoria, realizado por su nieta Amalá Saint-Pierre. Foto de Cristián Navarro.


Jorge Luis Borges escribió: “Somos nuestra memoria, ese montón de espejos rotos”. Así́ era la memoria de mi abuela, la gran Roser Bru, en sus últimos años de vida: inconstante y fragmentada, que poco a poco fue exiliándose de su propio cuerpo hasta quedar alojada en nuestro imaginario colectivo.

Hace dos años estrené junto a mi Colectivo Mákina Dos la obra teatral Bru o el exilio de la memoria, dirigida por Héctor Noguera, donde nos abocamos a la tarea de recomponer los espejos rotos de aquella incansable mujer, amiga y artista, catalana de nacimiento y chilena de adopción, “refugiada” como solía recordarnos para nunca olvidar que sus dos patrias, sus “dues vides/dos vidas”, se debían a heridas: la Guerra Civil Española, donde derrotada la República en 1939 partió a los 16 años junto a su familia al exilio -Francia y luego Chile, llegada en el mítico barco Winnipeg organizado por Pablo Neruda- y luego otra dictadura, esta vez la chilena, que golpeó nuevamente su vida.

Hay que “vivir en obra” me repetía mientras plasmaba en sus cuadros sus vivencias, las memorias propias y ajenas con infinitos guiños y citas a otros artistas, quienes, como ella, habían plasmado las heridas de sus épocas como Goya, Velázquez, Rimbaud, Kafka, Frida Kahlo, Gabriela Mistral, Violeta Parra, Víctor Jara o Virginia Woolf. Esas memorias cobraron cuerpo en su pintura como (re)lecturas en perspectiva que se reflejaban -como espejos rotos- en su tiempo presente; pintar la memoria como un deber de memoria según las tres categorías inseparables del filósofo Paul Ricoeur: memoria, historia y olvido. Hay recuerdo siempre y cuando exista alguien que sepa dar cuenta de esa memoria, y en eso mi abuela fue brillante.

Se sabe que la memoria nos permite sobrevivir y brinda identidad en el tiempo. En el fondo, recordar permite encontrarnos como individuos y como sociedad; permite denunciar, pero también permite perdonar. Y en ese sentido, la pintura de Roser fue profundamente política, en el término primigenio que distingue a los ciudadanos que integran la comunidad. Y Roser supo hacer comunidad desde su rol de artista, de mujer y de inmigrante: plasmó lo femenino con sus sandías caladas que materializaban no solo la maternidad, sino también a la mujer sexuada; plasmó la solidaridad del pueblo chileno con sus mesas blancas, tazas y marraquetas; plasmó las bondades de este país con sus naturalezas muertas (vivas prefiero llamarlas) llenas de granadas, maíz, harina y zapallo; plasmó la denuncia, los asesinatos y desapariciones cometidas en dictadura (de aquí y de allá) con sus obras intervenidas con fotos, o su leit motiv del “Miliciano caído” o con sus afiches “NO a la tortura”; participó activamente en el desarrollo del arte chileno como maestra y en la fundación del Taller 99 de grabado, y participó del trabajo colectivo en el edificio de la Unctad durante la Unidad Popular con cuatro gigantescos tapices de lana estilo patchwork saqueados tras el Golpe de Estado de 1973 junto a tantas otras obras destruidas y desaparecidas.

Roser, la artista resiliente, fue una testigo del siglo XX como pocos, pero todo eso ya lo había olvidado. Se fue a los 98 años y con ella muere también una de las grandes maestras del siglo XX, si no la última. Es nuestra responsabilidad como generación de relevo y como la nueva República que estamos escribiendo no solo mantener su legado vivo, sino hacernos propios sus gestos de humildad, generosidad, transversalidad y progresismo.

Estoy convencida de que Roser estaría apoyando esta nueva Constitución con sus pinceles alzados como banderas, apoyando este gran proceso colectivo, ciudadano y republicano. Roser estaría haciendo un llamado a preservar y construir nuestra memoria colectiva y a incluir a las mujeres, a los migrantes y a la cultura como pilares fundamentales de la sociedad. Roser estaría pintando una sociedad más generosa, tal como fue este país que la acogió en 1939.

Sus últimas palabras fueron: “Gracias, querida, gracias”. ¿A quién le estaba agradeciendo? Seguramente a Chile, su patria tan querida.

*Teatrista, gestora cultural y miembro del directorio Fundación Roser Bru.

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