Cuando detestas escritores clásicos

Hace una semana contactamos en Culto a especialistas y fans de la música para que confesaran lo más difícil: cuál es el clásico que sencillamente no soportan. Hoy es el turno de los autores. Aquí, desde editores hasta narradores hispanohablantes de relevancia admiten cuáles son esas plumas canónicas que no les mueven un pelo.



Mariana Enriquez, escritora argentina

No me gusta Kafka. Su literatura me parece ingeniosa pero jamás me inquieta y en general sus trucos me parecen eso, trucos, algunos buenos, ninguno deslumbrante. Tampoco me gustan sus diarios y su Carta al padre creo está sobrevalorada. Intenté mucho tiempo “entender” a Kafka porque se supone que entra en mi rango de sensibilidad, pero me resulta aburridísimo, repetitivo, incluso obvio. Creo que la historia de la desobediencia de Brod y la publicación de su obra contribuyó al mito y a su reputación. Aunque por supuesto no es el mito lo que me disgusta de Kafka; de hecho un escritor hiper mitologizado como Rimbaud es mi poeta favorito. Dicho esto, cuando estuve en Praga fui a visitar su tumba. Estaba sola, un cementerio vacío. Justo enfrente de Kafka está sepultado su amigo Max Brod, en un nicho (Kafka está en tierra).

Alberto Fuguet, narrador

Es una idea acaso adolescente, primaria, rebelde: a quién uno odia. O, para matizar: a quien no quisiste seguir, quién te dijo poco o nada, como quien no deseas ser, cuales no fueron, claramente, tus compañeros de ruta, menos aún tus cómplices, aquellos que, acaso siendo superior, sin duda premiados y elevados al status de clásicos, son seres alejados, distantes, los que habitaron en un planeta oscuro muy alejado del tuyo, que ni por asomo son lo que algunos llaman, algo histérica e intensamente, hermanos cósmicos. Si debo optar por un autor clásico que no me parece tal, que no solo no me gusta, sino que me agota, altera, y se me antoja (para usar un mexicanismo) es Octavio Paz. De un talento indudable, puso todos sus huevos en los canastos equivocados. Me cansan sus ideas, su personaje público, sus discípulos, la matriz que armó al creer que un artista debía ser un intelectual. Me quedo, mil veces, con su primera mujer: Elena Garró. Que sea el único premio Nobel azteca parece una broma o un gran logro del Estado Cultural Mexicano, que se deja seducir tan rápido a todo lo que parezca blanco, culto, impostado. Como poeta, me recuerda a esos contadores de pueblos pequeños que creen que por usar palabras en desuso pueden logran mucho. En un idioma que ha dado, y sigue dando, poetas iluminados. Es curioso que el clásico sea él. No puedo interpelarlo por no haber apostado por la ficción (¿le dio miedo estar tan conectado a su inconsciente?), pero es curiosa su doble militancia: poeta conservador (poco punk, poco infrarrealista) y ensayista ladrilloso supuestamente liberal. Su gran obra personal me parece una clase de represión. Dentro de Paz había, al parecer, mucho ruido, mucho daño, pero nunca lo expresó. En El laberinto de la soledad inyectó de intelecto, poses y análisis lo que nunca fue capaz de expresar como poeta. Exploró más el laberinto que la soledad. Hoy, sus ensayos, su mirada, su poética, su lugar en el mundo, me parece añejo. Me deja entre frío y asombrado. ¿Lo he leído mal? ¿Es más prejuicio? Lo he leído poco. Prefiero la biografía que escribió Christopher Domínguez Michael que toda su obra. Es, al final, una figura trágica que no fue capaz de ir más allá. Más que escribir para el futuro, apostó por un presente que hoy me parece muy lejano.

Leila Guerriero, escritora y periodista argentina

No sé si es un clásico pero es un escritor de escritores, venerado, prestigioso: Dennis Johnson. Escribió, entre otras cosas, los relatos de Jesus´Son y la novela Árbol de humo, ganadora del National Book Award. Todo lo que se elogia en él –estilo, elegancia, la convicción de que cada palabra importa– a mí me produce un efecto casi anestésico: me deslizo como una autómata por una prosa que encuentro monótona; no logro interesarme por el destino de sus personajes; todo parece transcurrir detrás de un vidrio gélido. Hice esfuerzos –he leído casi todos sus libros– porque sé que estoy perdiéndome algo. Mi último intento fue Sueño de trenes, una novela que narra la vida de un hombre llamado Grainier y que transcurre en la primera mitad del siglo XX en el noroeste de Estados Unidos. Grainier pierde a su mujer y a su hija en un incendio. Sigue a eso una vida como leñador, constructor de puentes del ferrocarril, transportista. Es una vida simple, salvaje, al aire libre, marcada por un regreso al sitio del incendio, la reconstrucción de la vivienda quemada. Es el tipo de libro que podría gustarme mucho. Sin embargo, aunque su traducción al español tiene 144 páginas, no pude terminarlo. Pero eso no habla de Johnson sino muy mal de mí.

Franz Kafka.

Antonio Díaz Oliva, escritor y traductor

Carlos Fuentes. He intentado leer La región más transparente y La muerte de Artemio Cruz y casi siempre termino cabeceando. Aura me gusta, excelente uso de la segunda persona. Y durante un tiempo me tocó enseñar en universidades gringas sus cuentos de La frontera de cristal…y me parecen tan neoliberales como el mismo neoliberalismo que supuestamente critica en ese libro. Puede que su mejor novela sea La silla del águila. En el fondo Carlos Fuentes debería haber sido un escritor best seller; no un escritor imitador de Faulkner y Rulfo. Igual creo que Carlos Fuentes sabía que su literatura no era tan buena y por lo tanto creó algo terrible para las letras latinoamericanas: la figura del escritor como superhéroe social. Algo muy de moda hoy. Me da mucha risa la anécdota que dice que Fuentes, estando en Estados Unidos cuando sucedía la revolución cubana, escribió un poema, como para validarse políticamente frente a sus pares, que decía: ¿Quién habrá recibido la bala que estaba destinada para mí? En fin. La figura del escritor latinoamericano como superhéroe social: totalmente sobrevalorada. Carlos Fuentes podría haber sido el John Grisham del Boom que dona millones de dólares a Cuba, el Frente Sandinista de Liberación Nacional, etc.

Pilar Quintana, escritora colombiana

No me gusta James Joyce, en especial su Ulises. He fracasado dos veces en el intento de leerlo. La segunda vez llegué hasta la mitad, con gran esfuerzo de mi parte, porque no lo estaba disfrutando. Había frases, párrafos e incluso algún pasaje maravilloso, pero la mayor parte era aburrida o incomprensible. Algunos colegas me dicen que es que se pone bueno justo en el último capítulo, en el famoso monólogo de Molly, o que hay que leerlo con un guía, un profesor o un libro que te lo vaya explicando. Entonces me ofendo y menos ganas me dan de volver a intentarlo. ¡Qué fastidio un libro larguísimo del que solo se disfruta el último capítulo! ¡Qué fastidio un libro tan pretencioso que no está al alcance de nosotros los mortales!

Claudio Bertoni, poeta

No los detesto pero no significan nada para mí: Borges, García Márquez, Carlos Fuentes, Vargas Llosa (y podría seguir) ¿Y por qué no significan nada para mí? porque “no están perseguidos de cerca”, creo...

James Joyce

Soledad Falabella, académica U. De Chile

No me gustan autores que se dan vuelta sobre lo mismo muchas veces, que se extiendan latamente, enamorados de su propia escritura o imagen. Por ejemplo, al tratar de leer Los detectives salvajes de Bolaño no logré pasar de las primeras páginas. También, me pasa algo parecido con Proust. Personalmente me motiva más el cómo que el cuánto. Un ejemplo sería la escritura de Marguerite Yourcenar en Cuentos orientales, o la de Clarice Lispector en Lazos de familia. De igual forma, en poesía encuentro menos interesante la escritura de Neruda; prefiero a Mistral. El primero se extiende mucho y usa palabras más bien generales de forma más literal (una excepción son las Residencias). En cambio, disfruto de la escritura más trabajada, en donde una puede profundizar y quedarse un rato sintiendo su gracia, saboreándolas.

Pablo Simonetti, escritor

No me gusta Samuel Beckett. La desnudez de su escritura, el argumento demasiado tenue y su pesimismo total me dejan fuera.

Megan McDowell, traductora

Me gustan casi todos los clásicos, pero el que me deja totalmente indiferente es La letra escarlata de Nathaniel Hawthorne. ¿Hay algo más fome que los Puritanos y sus normas éticas tan estrictas? Es deprimente y opresivo, y lo peor de todo es que leyendo a Hawthorne uno entiende de donde vienen muchos de los peores aspectos de la cultura estadounidense. Yo me quedo por el lado de Melville y su Bartleby.

Luis López-Aliaga, escritor y editor

¿Seré capaz de decir algo en contra de Octavio Paz? Pasa con los clásicos: tantos lectores no pueden estar equivocados durante tanto tiempo. ¿O sí? La culpa debe ser de uno, como trauma y malentendido. El malentendido: con mi tío César pasábamos largas veladas en su casa de Magdalena, en Lima, leyendo poesía y tomando vodka; coincidíamos en Pessoa, en Blanca Varela, en Watanabe. Pero siempre había un momento en que mi tío quería imponer un poema de Octavio Paz y se producía el crujido. El trauma: algo había en su figura de autoridad, el peso del Nobel, de intelectual omnímodo, que a mis ojos de chileno criado en dictadura lo volvía lejano, incómodo, indeseado. Lo he vuelto a intentar algunas veces, pero a estas alturas es mejor asumirlo: hay traumas que se irán con uno a la tumba.

Octavio Paz -Xirau- intervenido x Juan Carlos Villavicencio - Descontexto-2
Octavio Paz.

Julieta Marchant, poeta y editora

Lo primero que se me viene a la cabeza es Joyce. Pero me disgusta en la exacta medida en que me gusta. Y estoy pensando en el Ulises en particular, donde me costó hundirme por el nivel de cálculo y ciframiento. La opacidad no me molesta, lo que me enerva es tener que ser una especie de lector detective empujado a traducir y descifrar, porque me corta el vuelo mental. Luego se me ocurre Nicanor Parra y los lugares comunes de lo que llamamos “parriano”: la ocurrencia y el que ríe último en un poema me fastidia y me aburre. Se me empalma además con una actitud masculina y caduca.

Martín Caparrós, escritor argentino

La lista de los clásicos que no me gustan podría ser interminable: clásico es igual a obligación, a humillación de no ser capaz de disfrutar lo que te dicen que debes disfrutar, lo que disfrutan los que saben. Pero, si hay que citar uno, y ya que estamos en Chile, ¿por qué no hablar de Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto? Vamos del aire al aire...

Jazmina Barrera, ensayista mexicana

En la preparatoria leí La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera, y recuerdo que me pareció insoportable en su momento. No le he vuelto a releer.

Felipe Cussen, académico de la USACH

Se me ocurren varios narradores muy reconocidos de los que he leído algunos libros, pero que no les encuentro ninguna gracia, como Ricardo Piglia, Jorge Edwards y especialmente Germán Marín. Pero quizás el caso más claro es Mario Vargas Llosa, un autor de quien estudié varias obras mientras cursaba literatura en los ’90. En un momento, ocupaba un espacio importante en la biblioteca de nuestra casa, pero a medida que mi pareja (también profesora de literatura) y yo nos íbamos especializando en escritores menos conocidos o más experimentales, íbamos quitando los de Vargas Llosa para dejarlos en la bodega. Hoy sólo queda el único que recuerdo con gusto: Pantaleón y las visitadoras, que tiene un humor del que carece el resto de su producción y, especialmente, sus patéticas columnas. Una mención especial merece, además, su libro La civilización del espectáculo, un pésimo ensayo lleno de clichés y prejuicios sobre la cultura contemporánea. Lo divertido es que, después de tanto criticar la farándula, él mismo ocupó las portadas de la revista del corazón por su relación con Isabel Preysler, una mujer -hay que decirlo- bastante más inteligente y sofisticada que él.

NICANOR PARRA
Nicanor Parra.

Aratnxa Martínez, editora

John Kennedy Toole y su one-hit-wonder La conjura de los necios. No puedo con esa novela. Desde que estaba en secundaria he tratado de leerla varias veces, principalmente porque la incluían en las selecciones de libros que se vendían en los kioscos y porque mis compañeros de universidad rallaban con ella, pero me supera. El personaje no me resulta cómico sino al contrario, detestable, lo cual imagino que es parte de ese “humor” del libro que gusta tanto y que a mí no me hace gracia. En su momento ganó premios muy importantes, pero yo nunca he podido pasar de veinte páginas.

Sergio Parra, librero de Metales Pesados.

Hermann Hesse. Me carga. Lo vendo solamente a menores de 17 años. Nunca me gustó, nunca pude entrar a ese mundo. Creo que Demian, El lobo estepario, es una literatura que tiene que ver con un mundo de la adolescencia, en búsqueda de la personalidad. Siempre me lo he imaginado con un lector que tiene hartas espinillas.

María José Navia, académica y escritora

Hay autores que, hasta el momento, no me ha interesado nunca leer: como Jane Austen o, de los contemporáneos muy exitosos, Karl Ove Knausgård (soy fan, en cambio, de su ex mujer: Linda Boström Knausgård; aprovecho de recomendarles mucho su novela Bienvenidos a América). Nunca me han dado ganas de leerla, lo mismo con Knausgård. Probablemente algún día lea a Austen, hasta el momento no nos hemos encontrado, pero Knausgård me interesa CERO.

Diego del Pozo, editor e investigador

Primero que todo tengo que mencionar El principito, de Antoine de Saint-Exupéry, desde que lo leí siendo un niño, no me gustó. No pude compenetrar en la historia, y por supuesto al inicio esto fue algo que no me pude explicar. Con el tiempo me he dado cuenta que el problema es la inocencia del personaje del principito, y cómo este enseña desde esa inocencia. La verdad es que me parece una estupidez. La literatura debería ser exactamente lo contrario, sacarnos de la inocencia y conectarnos con el mundo real. “Lo esencial es invisible a los ojos”, me parece de las peores frases de siempre. Entiendo a qué se refiere, pero es una simplificación de la vida, que solo adormece, y si bien puede ser efectiva, es solo eso, y creo que por lo mismo carece totalmente de sentido con la realidad. Por lo demás, toda la novela me parece malísima. Si pasara por mí, la eliminaría inmediatamente de los planes de lectura. Otro autor canónico que no aguanto es Gustavo Adolfo Bécquer. Habiendo tanta poesía excelente en español, nunca he podido dar con su obra y todos los elogios que recibe, es para mí de los peores poetas del romanticismo o postromanticismo, como dicen algunos críticos. De versos aparentemente astutos, ya la primera lectura me resulta un poco empalagosa y aburrida. Imposible, si no fuera por la obligación, de continuarlos. Nunca he podido entender por qué ocupa el lugar que tiene en el pedestal de las letras españolas. Esos versos de que la poesía eres tú, refiriéndose a su amada, no solo son tremendamente cursis y de un lugar común, sino que poéticamente son horrorosos. Mejor se hubiera dedicado a la pintura o a la música, que tengo entendido tenía aptitudes ahí.

Hermann Hesse.

Marina Mariasch, poeta y narradora argentina

No quiero ofender a mis compañerxs chilenxs, pero me voy a meter con uno peludo. Me cuesta volver a leer a Pablo Neruda. No sé si siendo del siglo XX ya puede considerarse un clásico -creo que sí- pero es un poeta canónico, no sólo en Chile y Latinoamérica: fue Premio Nobel, está incluido en la selección que hace Harold Bloom (que tiene muy pocos escritores que no sean de lengua inglesa), es reconocido internacionalmente.

Lo leo porque damos poemas suyos en la cátedra de la facultad de Poesía Argentina y Latinoamericana II, cuya titular es Tamara Kamenszain, y el hilo del programa es el yo. Lo leemos y vemos la autoridad evidente con la que dice yo en sus poemas, la certeza de sus afirmaciones, lo taxativo de sus versos. Es el capitán. Maneja el timón de la palabra con firmeza. Leemos Neruda frente a otros poetas, Nicanor Parra que le fue esquivando al puesto de laureado, de oficial, o el peruano Vallejo, que en el primer verso de sus Heraldos negros ya avisa: ¡yo no sé! Neruda sabe, cree saber, está seguro de saber y desde ese lugar escribe. Hijo sano del patriarcado, se diría desde el feminismo, navega las aguas de la palabra a sus anchas. Ni hablar de las mujeres y otras identidades a las que les (nos) ha costado tanto decir Yo en el poema, afirmar, caminar la avenida. Prefiero las preguntas que las respuestas, la vacilación que la certeza. Por eso leer a Neruda hoy me cuesta.

Camilo Marks, crítico literario

Personalmente, pienso que la literatura inglesa, una de las más prestigiosas del mundo, pero también con un autobombo inflado gracias al predominio del inglés como idioma global, tiene a muchos escritores y escritoras canonizados y que a mí me parecen irrelevantes no solo porque nadie los lee en nuestro ámbito lingüístico, sino sencillamente porque son aburridos, sin gracia, latosos: Anthony Trolloppe, Thomas Hardy, Elizabeth Gaskell, Oliver Goldsmith, Wilkie Collins, muchas obras del mismo Dickens, y eso para hablar de los victorianos, no de divinidades como Samuel Johnson, James Boswell o Walter Pater ni de isabelinos que aquí nadie ha leído ni leerá nunca: los contemporáneos o sucesores de Shakespeare como Webster, Ben Jonson, Gay, Marlowe, Kyd, Ford, Sidney, Spenser,Wyatt, Lovelace, etc.

Rosabetty Muñoz, poeta

Así, de buenas a primeras, me cuesta pensar en autores sobrevalorados. La experiencia de lectura cambia tanto como uno; avanza por derroteros inesperados, hay desencuentros con autores que otrora fueron amados. Hay muchos que leí y ya no puedo, como Mario Vargas Llosa o el poeta Vladimir Mayakovki; hay otros como John M. Coetzee que he dejado a la mitad por su palabra- bisturí, disección y limpieza que me agobia. Pienso que muchas lecturas abandonadas se deben a mis propias faltas, a momentos fallidos que pueden revertirse. Me pasó con Rubén Azócar, hace poco volví a Gente en la Isla y parece que creció en el tiempo.

Andrés Gómez Bravo, subeditor de LT Domingo

En general me gustan los clásicos, pero me costó tragar algunos: nunca me cayó bien el Cid que perseguía moros y casaba a sus hijas con unos pelafustanes ¡solo para complacer al rey! Traté de que me gustara Tolkien, pero no pude con tanto elfo y tanto orco. El Canto general de Neruda es una montaña, pero está lleno de ripios y yankees y Stalin. Sobre todo hay contemporáneos que quieren vender como clásicos y que me superan: Ernesto Sábato, o “Sótano” como dijo Borges, el que escribe “de túneles, tumbas y cosas así”; el sentimentalismo en versos de Benedetti; Galeano, el populismo y la autoayuda para izquierdistas. También me agotan los escritores de sermón como Saramago, y me causa pudor la infinita falta de pudor de autores como Luis Sepúlveda, tan desesperado por ser el Hemingway latinoamericano o el Che Guevara literario, y tan limitado como escritor: el rey de los lugares comunes.

Pablo Neruda.

Begoña Ugalde, poeta y narradora

A pesar de que me gusta como poeta, sobre todo los textos publicados por Visor en la antología Amor, creo que Charles Bukowski representa esa masculinidad tóxica que en algún momento se percibió como cool. Reconozco haber disfrutado a ratos sus novelas, pero también haberme sentido asqueada con esta imagen del borracho que ve a las mujeres como objetos. Que se da el lujo de despreciarlas, de recibirlas en un chiquero, lleno de colillas de cigarro y botellas vacías. Creo que desde su literatura se ha alimentado este imaginario del escritor maldito al que le llueven amantes sólo porque anda por el mundo recitando sus poemas enojado. Con el tiempo reviso sus libros y encuentro ranciedad, violencia, irresponsabilidad afectiva, todo disfrazado de artista decadente, excusado por ser un niño herido. Entiendo que pueda seguir gustando y resonando en gente de nuestra generación, pero sinceramente a mí ya no me hace gracia.

José Miguel Martínez, escritor

Hace unos días se celebró el Bloomsday, pero yo me descarto de esa celebración. Nunca, tras innumerables intentos fallidos, he podido terminar de leer el Ulises de Joyce. Ni siquiera a retazos he llegado a comprender lo que es; se me hace inabordable, inaccesible para mi escasa capacidad lectora (no así Dublineses, no así Retrato del artista adolescente). Atreverme a abrir sus páginas a través de los años siempre deriva en una experiencia dolorosa, que daña mi autoestima. Que Borges, a pesar de los elogios que le prodigó, no haya desbrozado la totalidad de sus páginas es un alivio; también lo es el “basta” de Puig, quien después de haberlo hojeado un poco dijo haberse dado cuenta que solo se trataba de “un libro compuesto con técnicas diferentes”. La verdad es que prefiero quedarme con estas lecturas tangenciales, y con las innumerables obras que inspiró, que con la obra misma. Joyce me perdone: los irlandeses tienen un gran sentido del humor, pero a veces van demasiado lejos. La cerveza Guinness y este libro son prueba de ello.

Fernanda Melchor, escritora mexicana

Agatha Christie. Nunca me ha gustado. Sus novelas me parecen excesivamente intelectuales, siento que no conecto. Es como las películas que están basadas en un punto de giro y toda la película consiste en que te van a cambiar la jugada, entonces es muy fácil y muy predecible, nunca la he disfrutado. En la literatura detectivesca le voy más a los bajos fondos, la mente del asesino, y esto es todo lo contrario, es como la versión apolínea de todo lo que rodea un acto criminal. Esos detectives de pipa y guantes, que nunca se ensucian las manos. Me gusta más Patricia Highsmith.

Charles Bukowski.

Juan Pablo Sutherland, escritor y profesor de literatura, Universidad Academia de Humanismo Cristiano

Vargas Llosa se aparece inmediatamente en mi paisaje literario de los canónicos que no me gustan, alguna vez me pareció un autor interesante cuando lo leí muy joven y aunque mi lectura en algo pueda estar cruzada por su giro a la derecha, me parece un autor que no logra seducir para nada, es una institución a estas alturas, libros con lomo para poner en las bibliotecas que ya nadie lee. Solo sus textos iniciales como Conversación en La catedral o La ciudad y los perros lo salvan de alguna manera en su juventud. Pese a ello, es un autor que, si no fuera por esos libros iniciales para mí no existiría.

Bukowski es otro, un canónico-anticanónico, de los que Harold Bloom nunca hubiese incluido en su canon y que podría estar al extremo de Vargas Llosa tanto por ideas, mundos, política y formas narrativas, autor que en la juventud aparece como un dios para lectores jóvenes en pose muy radical. Quizás siempre tuve una distancia con sus mundos y la forma en que aparecían las mujeres y lo masculino, en este caso, Bukowski dibuja un mundo con un realismo sucio que no me atrae para nada. Leí Escritos de un viejo indecente y muchos otros relatos, aunque podría estar más cercano a él por sus ideas contra el poder, su ironía sobre el mundo conservador o su poética sobre las drogas, pero finalmente el mundo que propone en su lectura-escritura, no seduce, ni le creo, no logro entrar. Quizás lo peor de Bukowski sean los Bukowskianos.

Gladys González, poeta y editora

Creo que es importante revisar y reflexionar sobre el antirracismo a partir de libros que son eminentemente violentos, que hacen una apología del nacionalismo y de la llamada “supremacía blanca”. Uno de estos libros es Europa: The History of the White Race de Arthur Kemp, en este tipo de textos se usan conceptos como genocidio o despojo blanco. En la Dark Web se pueden encontrar una enorme cantidad de páginas y selecciones bibliográficas de grupos racistas, como por ejemplo en los que participa Lana Lokteff, la llamada “abeja reina” de las mujeres de extrema derecha en Estados Unidos.

MARIO VARGAS LLOSA GANA EL PREMIO NOBEL DE (41531488)
Mario Vargas Llosa.

Simón Soto, guionista y escritor

El clásico que me parece que es deleznable, no es un autor en su totalidad, sino un aspecto o una parte de su obra. Por un lado me gusta mucho, pero otro, rayano en la miseria. Me refiero a Neruda. Hay uno que me gusta mucho, soberbio, el de Crepusculario, Los 20 poemas de amor, Residencia en la tierra. Pero, hay otro Neruda que me parece absolutamente repugnante y muy malo, que es el militante, en su servilismo hacia el Partido Comunista cuando escribe. Cuando utiliza su trabajo como escritor para rendirle pleitesía. Nuevo canto de amor a Stalingrado, esos versos a Stalin me parecen miserablemente malos. Cuando convierte en literatura sus inquietudes humanas en literatura, es el Premio Nobel, con justicia, pero Canción de gesta y toda esa basura genuflexa frente a la ideología es asquerosa y deleznable.

Victoria Ramírez, poeta

Franz Kafka. En el colegio leí La metamorfosis y en la adultez intenté varias veces terminar El proceso, por paradójico que parezca. Por esa misma época leí a Camus, Sartre. Sé que es un autor fundamental, e incluso creo que su figura es sumamente interesante, pero con sus libros me aletargo, no logro avanzar más de algunas páginas. Me termino agotando y dirigiendo hacia otros lugares. Recuerdo que me gustó cómo ingresaban ciertas inquietudes filosóficas en sus libros, pero nunca logré enganchar. Creo que extrañé cierto ritmo en el lenguaje.

Luciano Lamberti, escritor argentino

Que te guste o no te guste un escritor, más allá incluso de sus virtudes, es como que te guste o no una persona: inexplicable. Y escribirlo en voz alta es un atentado contra uno mismo, porque el lector tiende a pensar: ¿quién se cree que es este, con lo que se ha animado a publicar, para hablar mal de un clásico? Pero caigamos en la trampa. Sé que no me gustan algunos escritores considerados respetados y Muy Importantes, lo que no sé es porqué. Soy de una generación que se crió con la televisión y los libros a la vez, y donde la alta cultura no se diferenciaba demasiado de la baja. No se me culpará entonces por esperar que un libro me divierta, en primera instancia, y que tenga la fluidez y la levedad de una serie o de una película barata de terror de los viernes en Viaje a lo inesperado. Me aburre Onetti. Abelardo Castillo, con su pose de macho superior, me pone a dormir. Nunca pude leer a Dostoievsky (aunque releí muchas veces a Tolstoy, no sé si vale). Guimarães Rosa: intragable. Clarice Lispector: no la entendí. Saramago: paso. Virginia Woolf: mejor me hundo en un estanque con una piedra a los pies. Raymond Roussel: no sé qué le hice de malo. Y así podría seguir y seguir, pero ya se dan una idea.

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