Cristian Alarcón, escritor: “Recordar no puede ser solamente sufrir, hacer memoria no puede ser solamente padecer”

El escritor chileno radicado en Argentina, Cristian Alarcón. Foto: Alejandra López

El cronista chileno radicado en Argentina habla de su primera novela, El Tercer Paraíso, ganadora del Premio Alfaguara. Una novela queer, feminista y botánica, dice.



Las primeras en florecer fueron las gazanias, que abrieron con pétalos cargados de amarillo. Durante la pandemia, Cristian Alarcón se recluyó a escribir en el campo, al sur de Buenos Aires, en una parcela que comparte con otros escritores y escritoras. Allí comenzó a formar un jardín. Averiguó cómo hacer compost, preparó el terreno, plantó rosas, amapolas y dalias. Investigó de botánica. Y en ese proceso se conectó con la memoria de su infancia. “Las escenas se desplegaron y yo empecé a coleccionarlas, y cultivé el jardín en homenaje a mi abuela, que cultivaba flores en el sur de Chile. Entonces supe que tenía entre manos una novela”, cuenta.

La novela se titula El tercer paraíso, es la primera ficción del reconocido cronista chileno radicado en Argentina. Con ella, Alarcón obtuvo el Premio Alfaguara, dotado con 175 mil dólares y que este año tuvo un jurado presidido por el español Fernando Aramburu, el autor de Patria.

Fundador de la revista Anfibia, Alarcón nació en La Unión, en 1970, y a los cinco años cruzó la cordillera con su familia. Se establecieron en Cipolletti, en la Patagonia. Graduado en la Universidad Nacional de La Plata, es autor de las crónicas noveladas Cuando muera quiero que me toquen cumbia y Si me querés, quereme transa. En los últimos años investigó para un libro sobre el grupo del MIR que fue asesinado en Neltume durante la dictadura, y otro sobre la historia de Nabila Rifo. Ambos proyectos estaban estancados cuando recibió la invitación a participar en un libro de ensayos sobre el futuro post Covid.

En ese ensayo recordó la figura de su abuela, una vez que temió el fin del mundo, cuando una fábrica se incendió en los límites del pueblo. También a su madre. “Crecí con mi madre repitiendo: esto es el fin del mundo. Cada evento trágico en la familia, el fin del mundo. Un hombre abandona a su mujer, el fin del mundo. Una mujer a un hombre, el fin del mundo. Su hijo mayor gay, el fin del mundo. Cae el Muro de Berlín, el fin del mundo”, escribe.

Ese fue el germen de la novela donde el narrador recrea en breves episodios la historia de su familia, especialmente de sus mujeres, en un entorno de machismo, alcohol y violencia. También, su propia historia como un niño con una sensibilidad distinta, cuyos padres lo someten a tratamientos con hormonas para “sanar su rareza”; el destierro, y los rechazos que vivió. Y ello se alterna con el relato en torno a la formación del jardín como un espacio de contención, libertad y alegría.

Novela híbrida, dice el autor, comenzó a escribirla en Buenos Aires y la terminó en una cabaña sobre el lago Caburgua, luego de visitar su pueblo natal. De algún modo, la escritura cerró un ciclo personal para Cristian Alarcón, quien creció idealizando Chile en los 80 y más tarde trató de volver, pero, según dice, se encontró con un entorno poco acogedor en los años 90.

-Tenía la imagen mítica de Chile, por idílica e indómita. Idílica porque era la red de los afectos de los abuelos y de los tíos; el origen, la tierra, la belleza. Una belleza incomparable la del sur, el agua, la nieve, la lluvia, la montaña, el volcán, el lago. Y ese verde único en el mundo. Indómita, porque yo seguí de cerca desde niño las luchas contra la dictadura y el regreso de la democracia como quien sigue aquellas novelas de aventura decimonónica de la infancia. Indómita también porque en algún momento me obsesioné con la historia y, sobre todo, con la historia del pueblo mapuche, intentando encontrar quizás una huella que fuera más allá de la identidad política de mi abuelo socialista, sino de una identidad que yo intuía que estaba allí, en la radicalidad de un pueblo al que yo percibía como una fuerza ancestral. Con esta novela se cierra para mí una etapa de mistificación y se abre, ojalá, la posibilidad de un vínculo amoroso real con mi país.

El narrador vive un proceso de memoria y reflexión profunda. ¿En qué medida refleja el proceso que usted vivió en pandemia?

Todo lo que se cuenta es verdad, porque es ficción. Me di cuenta de la posibilidad de jugar y hacer de mí mismo otro y de todo lo que escuché a lo largo de mi eterna infancia una invención, basada en aquellas ficciones que me fueron narradas, porque en mi generación todos hemos sido depositarios de historias que no deberíamos conocer, porque nuestras madres han hablado y han estado solas. Y como los hombres no estuvieron a su lado, han sido hombres ausentes, o han sido hombres violentos, en la mayoría de los casos, nuestras madres, mujeres entre 75 y 85 años hoy, nos narraron sus historias. Y hemos sido depositarios de una memoria a la que tampoco podemos abrazar como la verdad; una memoria subjetiva, individual, íntima, que no por ello deja de ser colectiva. Yo tengo una enorme emoción de que mi novela sea leída en Chile, no solo por los míos y las mías, sino sobre todo por esas mujeres. Me gustaría que llegara a ellas como un modo de que sepan que fueron escuchadas y que esas historias se esparzan como las semillas por el viento.

Cristian Alarcón dice que la novela responde a “la idea de una narrativa de la sutileza que no busca la venganza, que no está escrita desde el resentimiento, que tampoco busca el perdón ni ser perdonado, sino que intenta combinar aquello que nos ha asolado a quienes lo vivieron y a quienes lo heredamos, que es la violencia machista, el alcohol y su código de dominación, la conquista permanente de los varones sobre las mujeres y de los varones sobre los varones más débiles, y que esa conciencia no impida la búsqueda de nuestra felicidad. Recordar no puede ser solamente sufrir, hacer memoria no puede ser solamente padecer. También puede significar un presente habitado desde la plena libertad, de un jardín, de la posibilidad del florecimiento y abandonarnos a los tiempos no humanos de la naturaleza”.

Aun con sus años de oficio, el autor se emociona. Dice que está muy agradecido y siente que va a volver a un Chile distinto.

Ha dicho que la novela es feminista, queer y botánica, ¿en qué sentido es así?

Fue una definición que hicimos con mis editoras. En mi proceso lento y trabajoso de deconstrucción de mi propio machismo, la compañía de mis amigas feministas ha sido fundamental. Todo tardíamente, quizás, a pesar de ser un joven de 25 años que al aterrizar en el periodismo porteño dijo antes que muchos otros “soy gay” y defendió su lugar en el mundo desde su diferencia. Pedro Lemebel nos enseñó a los maricas cómo pararnos ante el mundo sin permitir que nos sigan ofendiendo y discriminando. Y yo aprendí tempranamente de Pedro y de otros maestros eso. Y, sin embargo, aún así, muchos de los gays que hemos tenido un lugar en la escena pública de la cultura, no hemos hecho procesos de deconstrucción al ritmo que las mujeres y nos hemos demorado. Lo queer, como un modo de establecer que la diferencia que tenemos quienes no estamos en la binaridad de lo masculino y femenino, es transformadora más allá de nuestra identidad. Yo no creo que solamente por el hecho de que seamos gays, lesbianas, transexuales, no binarios, fluidos o lo que se quiera tenemos un poder transformador en nosotros mismos. Y ahora, ante la inminencia de un cambio climático, tal vez vamos a volver atrás y dejar de crear estas megalópolis que no hacen más que destruir el planeta para pensar en espacios de comunidades más pequeñas y más confortables.

El protagonista narra su proceso de descubrimiento de su identidad sexual, ¿fue un proceso similar al suyo?

Lo que sí entró en la novela, y que reconozco como absolutamente proveniente de mi experiencia, es la inyección de testosterona que el protagonista padece a los seis años por ser un niño que para médicos y psicólogos seguramente estaba en el orden de lo anormal. La patologización de la homosexualidad en América Latina debe haber sido, imagino yo, una política que se extendía a todos los países. Me pregunto cómo condicionó el desarrollo de mi propio cuerpo y qué vestigios quedan de eso en mí después de 44 años. Mi hipótesis de trabajo para llegar a una performance que protagonizaré el próximo año, que se llamaría Testosterona y que llevaría esta escena quizás a un texto sobre las nuevas masculinidades, es que la sustancia que me fue inyectada no era tan solo una sustancia, sino que es algo que respiramos, un modo de masculinidad en donde queda completamente excluida la noción de sensibilidad y de emocionalidad de varones que podemos llorar, varones que nos contradecimos, que queremos y cuidamos, capaces de cuidar un hijo. Yo soy padre soltero. Hombres capaces de criar con nuestra responsabilidad de alimentar, dar abrigo, escuchar, contener, abrazar, dar cariño. Y no solamente llevar al partido de fútbol o decirle no sea maricón, no llore.

"Hace demasiados años que yo dejé de llorar por la pérdida de la tierra amada. Pero en este momento, aunque esté fuera de Chile, me siento más chileno que nunca", dice.

¿Cómo enfrenta este tema en relación con la crianza de su hijo?

Del modo más complejo. Creo que no hay nada más difícil que transmitirles esto a los chicos y chicas, estar atentos permanentemente al modo en el que construyen su femenino, su masculino, al prejuicio que expresan respecto de otros. Yo creo que es un trabajo sobre todo de observación de lo vincular, de cómo se construye lo amistoso. En el caso mío, cómo ha sido operar en un mundo de padres heterosexuales como el papá gay que de pronto se da cuenta de que cuenta con una red inmensa de afectos y que jamás desde que lo acompañé en su escolaridad, desde los siete años, he sentido de parte de las escuelas, de parte de sus compañeros y de los padres algún tipo de señalamiento. Igual creo que estamos ante una generación de centennials y de la generación Z, es decir, quienes tienen hoy entre 13 y veintitantos años, que van a enseñarnos. Yo confío de un modo cada vez más irracional en la juventud. Confío en esta nueva clase política, y quiero creer que está en un camino de compromiso absoluto con la transformación, porque tienen otro ADN y fueron capaces de dar luchas que nadie dio antes de ellos a una edad inusitada.

Entre los feminismos y disidencias sexuales han aparecido también posturas radicales, poco tolerantes, ¿cómo ve ese fenómeno?

Es un fenómeno global y preocupante, más aún en sociedades del primer mundo. Creo que esto exige un nivel de inteligencia superior de parte de quienes comunican y de quienes hacen políticas públicas, en el sentido de que el gran riesgo es que sigamos hablando para los propios y no establezcamos diálogos con aquellos que desde el desconocimiento, la ignorancia o el simple impulso que le da un exagerado marketing cotidiano a las posiciones maximalistas de las ultraderechas nos quedamos sin dar una pelea, una batalla cultural importante, que es no sumar solamente a quienes estamos de acuerdo, sino tratar de ampliar esto y volverlo mucho más transversal.

El golpe militar y el exilio aparecen en la novela en un segundo plano. ¿No le interesó profundizar en ese tema?

Me interesaba contar que no todos los que nos fuimos o se fueron estaban amenazados por la dictadura, hubo una migración a lo largo de toda la frontera sur de Chile, económica y social. No, estos personajes huyen de sí mismos, no solamente huyen de Pinochet. Estos personajes huyen del alcoholismo, de las juntas, de la rabia, huyen del círculo vicioso de las familias y los planes que encierran a las personas en un destino construido por otros. Huyen de la falta de libertad. No huyen tanto del temor a morir o ser torturados o desterrados. Es un destierro social que fue sumamente colectivo. Toda la Patagonia argentina está construida por chilenos y chilenas. En mi caso, el exilio fue dolorosísimo. O sea, yo no lo trabajo en el libro, no me interesó hacer un libro del exiliado, porque lo he trabajado desde el diván lacaniano en el que estoy hace 22 años. Hace demasiados años que yo dejé de llorar por la pérdida de la tierra amada. Pero en este momento, aunque esté fuera de Chile, me siento más chileno que nunca.

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