Columna de Rodrigo Munizaga: La ciudad es nuestra, el sólido regreso de David Simon

La recién estrenada miniserie de HBO Max, basada en una historia real y que retrata la corrupción policial en Baltimore, tiene varios puntos en común con The wire -la obra maestra del mismo creador, David Simon-, pero en apenas seis capítulos.



David Simon ha vuelto a Baltimore, a la corrupción policial y a la corrosión de la sociedad estadounidense. A veinte años del estreno de The wire, su obra maestra y la serie cumbre de la época de oro de la TV, La ciudad es nuestra no solo se sitúa en el mismo lugar, sino que bien podría ser una continuación. Más concisa: tan solo seis capítulos, versus las cinco temporadas que tuvo The wire.

Pese a que Simon y George Pelecanos tienen menos tiempo para desarrollar esta vez las tramas en sus libretos, la recién estrenada serie de HBO Max es, a menudo, un sólido y atrapante retrato de estos tiempos y, si es que eso fuera posible, aún más desalentadora y cínica sobre la sociedad, que puede extrapolarse a cualquier ciudad del mundo. Hábilmente, la acción parte con un policía (Wayne Jenkins, interpretado sólidamente por Jon Bernthal) dando un largo discurso sobre cómo la violencia policial no sirve de nada y que cada golpe que le dan a un ciudadano es, al final, la imposibilidad de investigar realmente un delito y terminar enfrentados a acusaciones por esa violencia. Parece todo muy inspirador, pero luego se le ve al policía abusando de su posición con un afroamericano con el que se topa y que solo lleva una botella de alcohol.

Inspirada en una historia real que data de 2017 -un libro escrito por el reportero Justin Fenton-, La ciudad es nuestra está construida con distintas líneas de tiempo y varios personajes secundarios, una marca de fábrica de Simon, que exige atención por parte de los televidentes. La acción se centra en el ascenso y caída de una unidad policial que tiene la misión de encontrar drogas y armas entre la población de Baltimore que podrían ser usadas para cometer crímenes, liderados por un fanfarrón oficial (Jenkins) que siembra drogas, comete asaltos, abusa de infractores del tránsito y ha sido capaz de salirse con la suya, mientras sus jefes han mirado para el lado, conscientes de sus abusos, pero perdonado porque por años fue una de las estrellas de la institución y con un futuro que prometía ser brillante.

En la trama también hay un par de investigadores que buscan acabar con la corrupción, policías que no son corruptos y buscan realmente hacer su trabajo, una abogada federal de derechos civiles que no logra entender cómo hay tantos policías con decenas de quejas de ciudadanos golpeados por ellos que siguen en la calle y otro policía corrupto, Daniel Hersl (Josh Charles), que parece haber nacido para golpear a quien se le cruce por delante y que forma parte de esta cultura de la violencia, pese a que su misión debiera ser luchar en contra de ella, para salvar a Baltimore de sus temibles índices de crímenes en Estados Unidos.

Es cierto que los saltos de tiempo sucesivos de la miniserie complican más de lo debido y que el delineamiento de los personajes no siempre es sutil -los policías corruptos son lo que son, sin chances de tender un puente de humanidad con quien está viendo la serie-, pero La ciudad es nuestra tiene vértigo, suficiente destreza para desplegar su historia y una ambición que no queda a medias.

Dentro de un abultado universo de series policiales, la nueva apuesta de David Simon -el genio de la TV estadounidense que nunca ha ganado un Emmy, con contrato eterno con HBO y cuyas series son elogiadas por la crítica, pero ignoradas por el público masivo- no solo destaca por sobre la mayoría, sino que viene a recordarnos que, pese a que han pasado veinte años desde The wire, nada ha cambiado demasiado sobre lo que narraba allí. Salvo, como dijo Simon en una entrevista, que hoy la mayoría tiene un smartphone con cámara para grabar y viralizar lo que les parece injusto.

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