Carolina Urrutia, académica: “La gente que ve películas chilenas es más de la que creemos”

FOTO: Juan Farías

La docente de la UC, que acaba de editar con Iván Pinto el libro Estéticas del desajuste. Cine chileno, 2010-2020, aborda temas, problemas e hitos de la producción local.



Carolina Urrutia Neno es licenciada y doctorada en Estética. Lleva ya unos años ejerciendo la docencia y la investigación en la Facultad de Comunicaciones de la U. Católica, donde lo suyo es el audiovisual de estos tiempos, en particular la producción fílmica chilena del nuevo siglo, que ha abordado en libros como Un cine centrífugo (2013) y Bordes de lo real en la ficción. Cine chileno contemporáneo (2020, en coautoría con Ana Fernández).

Pero especialización académica no implica, al menos en su caso, estacionarse en el lenguaje erudito, la divagación teórica y/o la hiperespecialización. Urrutia, que alguna vez comentó películas de estreno para Las Últimas Noticias, es consciente de la variedad de abordajes posibles al fenómeno que estudia; también, de la amplitud de este último. Así las cosas, le pega como viene.

De ahí que se allane a dar una mirada al cine local en los tiempos que corren, más aún si hay una buena excusa para ello: la publicación de Estéticas del desajuste. Cine chileno, 2010-2020, volumen que reúne los trabajos de una quincena de autores en torno a temas muy diversos (de los debates en torno al Novísimo cine chileno a la circulación del los filmes locales en el circuito festivalero o la interpretación de la historia en la obra de Pablo Larraín), todos ellos editados por la investigadora y por su colega Iván Pinto, también editor general de la publicación especializada La Fuga, que tiene a Urrutia como directora.

Decía Héctor Soto a fines de los 70 que un cine chileno que desentienda de lo que somos y de lo que tenemos tiene “un destino incierto y una muy dudosa justificación”. ¿Cómo interpretaría lo que está pasando en el cine chileno con esa afirmación en mente?

Me pregunto, por el contrario, cuándo el cine chileno se ha desentendido de lo que somos, de quiénes somos, de cómo somos. Creo que, salvo en contadas ocasiones (cuando se importan fórmulas de géneros comerciales, por ejemplo), el cine siempre habla desde un lugar muy determinado: explora contextos sociales, espacios geográficos, modos afectivos, lenguajes y modos de habla. Eso está muy presente en la producción de los diversos momentos y modalidades del cine de los últimos 60 años. Es cosa de ver las películas de Cristián Sánchez durante la dictadura, las películas paradigmáticas de la transición de los 90 o las diversas exploraciones que emprende el cine de los 2000. En cada momento hay una mirada reflexiva a Chile, una problematización o imaginación del presente propio.

¿Qué tan fructíferas le parecen estas exploraciones? ¿Qué tan capaces han sido de dar cuenta de cuestiones significativas respecto de lo que somos y lo que tenemos?

No sé si el cine debe ser fructífero en ese sentido: para mí lo es en cuanto nos permite ingresar a otros mundos, recorrer otros espacios que, en el caso del cine nacional, están “a la vuelta de la esquina”, pero a veces son inaccesibles para el espectador común y corriente. Ahí aparece una suerte de huella de este tiempo, de la mano de la mirada del cineasta que articula y figura esos mundos. En mis investigaciones me he enfocado especialmente en el cine de ficción, pero generalmente lo que prevalece son ficciones ancladas en una perspectiva documentalizadora. Lo que se va tejiendo es una suerte de historia del presente, aunque la mayoría de las veces ese tejido se realice con hilos que son difusos y opacos.

Por años se viene hablando, como en otros países, de un cine reconocido internacionalmente y más bien desconocido en casa. ¿Qué subyace a ese contraste? ¿Cómo ve la relación con públicos fragmentados?

Más que del cine chileno, el problema es de los espacios de circulación. No es un tema nuevo y se da en todos los cines nacionales. Creo que la pandemia y ciertas instancias en streaming (Ondamedia, para comenzar) fueron muy relevantes en permitir una circulación y un mayor conocimiento del cine chileno. Eso generó cierto entusiasmo en el público, cosa que veo tanto en estudiantes como en generaciones mayores. Los festivales parecieran tener menos impacto en la taquilla, aunque sí lo tienen los premios Oscar, que generan muchísima prensa, interés, difusión, estrenos en televisión abierta, etc. El solo recuento de tickets no permite establecer cuánta gente ve efectivamente las películas chilenas: el número es, sin duda, mayor del que creemos.

La ópera prima de Claudia Huaiquimilla, Mala junta (2016), es a juicio de Urrutia una de las películas chilenas recientes que “miran la contingencia de modo directo”.

Mirar la convulsión

Interrogada por el devenir de las vocaciones autorales en el cine chileno, así como por viejas y nuevas prácticas, la académica observa que “las tendencias son muchas”. Que sólo en el cine de ficción “hay gran número de películas que giran en torno a situaciones reales” y que, “como nunca antes, aparecen varias películas dedicadas a abordar la historia reciente: Araña, Pacto de fuga, Matar a Pinochet, La mirada incendiada”.

Otra tendencia, a su juicio emergente, apela a lo sensorial y a la experiencia subjetiva, más allá de la historia que se cuenta. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, así como Tarde para morir joven, ejemplifican un cine “que gira en torno a un cierto hiperrealismo, que apela a lo sonoro, a lo sensible, y que funciona de modo muy interesante desde ese lugar”.

¿Qué ha quedado del Novísimo cine chileno?

Tanto en Bordes de lo real en la ficción como en Estéticas del desajuste se aborda este tema: los desvíos, las transformaciones que se producen a partir de esa categorización algo artificiosa que nos sirvió a todos para pensar en un momento de cambio en el cine chileno. Ya en la segunda década del siglo esas definiciones que los críticos e investigadores fuimos proponiendo no fueron suficientes para pensar un cine que miraba la contingencia de modo directo.

Desde 2012-2014, con películas como El año del tigre, Volantín cortao o Matar a un hombre, la mirada a ciertos acontecimientos urgentes aparece de modo evidente, no ya del modo latente de las películas novísimas, donde lo que aparecía era una sensación de malestar encapsulado en un ámbito doméstico, privado, íntimo. Ese malestar se reemplaza en el cine de la segunda década por la misma indignación que se ve en las calles. Los temas que aparecen en el cine son aquellos que están en las pancartas y en las consignas: son tópicos que sobrevuelan directamente el cine chileno contemporáneo. Lo vemos en Mala junta, en Rara, en Jesús y en Nunca vas a estar solo. Son tópicos que, además, asoman en el discurso de Boric cuando asume la Presidencia: el Sename, la deuda del Estado con el pueblo mapuche, las disidencias sexuales, la educación, etc.

¿En qué ha mutado el “cine centrífugo” que observaba hace ya más de una década?

En términos argumentales, hay una diferencia sustancial entre La sagrada familia, Turistas o Huacho y Mala junta, Jesús o Rara, donde hay una mirada directa a ciertos temas y hechos que han llamado la atención de la opinión pública y en redes sociales. Contamos más de una treintena de películas inspiradas en acontecimientos contemporáneos realizadas en la última década. Eso es algo que no vimos en el período iniciado en 2005.

Ahora, los cineastas novísimos siguen dirigiendo, a la vez que aparecen muchísimos nuevos (entre ellos muchas mujeres, cosa que no era común a inicios del milenio).

La interpretación del cine chileno reciente, a la luz del 18-O, ¿permite ver propuestas más políticas que las de años anteriores? ¿No se corre el riesgo de reinterpretar con el diario del lunes en la mano?

Hay un diagnóstico previo al estallido. Hay películas inspiradas en casos con nombre y apellido (Rara, Jesús, Mala junta, Aquí no ha pasado nada) en las que encontramos síntomas del malestar que nos lleva al estallido (exigencia de una educación pública, discriminación hacia los grupos LGBTQ+, igualdad de género). Son, además, eventos comentados por los lectores de los diarios y viralizados por los tuiteros, y ese desajuste entre realidad y relato de esa realidad también forma parte de las películas. No es la realidad, literalmente, lo que se quiere abrazar, sino un relato una y mil veces comentado, tergiversado. Ese correlato con la crónica periodística ya tiene un tiempo desarrollándose. En esa mirada urgente hay un compromiso político muy fuerte.

Fuera de casos insignes, como los de Matar a un hombre, El otro día o Crónica de un comité, no es fácil encontrar películas que tensionen el mundo social que describen, que saquen a la audiencia de cierta zona de confort en su relación con los personajes.

El rol del cine o del cineasta, a mi juicio, no es “hacerse cargo”, y sin embargo lo que me llama la atención del período actual es lo que hacen muchas películas que exploran estéticamente el mundo que hemos construido. En Gloria (2013), efectivamente, las movilizaciones de los estudiantes aparecían en un segundo plano, se oían a lo lejos, cumplían el rol de contextualizar el mundo de la protagonista. Lo que observo es que en estos últimos siete u ocho años una buena parte de las películas se vuelcan a mirar ese espacio convulsionado, a revisar los efectos que tienen las malas prácticas sociales en los mundos cotidianos de muchas personas. A proponer hipótesis en torno a quiénes somos, cómo es la sociedad que hemos construido.

Yo creo que hay una tensión ahí: un interés por dar a conocer, y del espectador por saber más de lo que estamos viendo, entendiendo que el registro o la representación de la realidad que tenemos a través de los medios de comunicación (formales e informales) es muy parcial. El cine permite darle una segunda vuelta, una nueva lectura.

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