Culto

(Casi) todo es música

Steve Reich, Philip Glass, Pauline Oliveros, La Monte Young; los nombres y sus obras se multiplican a la hora de demostrar que la música contemporánea, elitista e impenetrable para muchos, dejó un sustrato inapelable y necesario en la cultura pop.

(Casi) todo es música

El libro Everything we do is music (2025, Faber & Faber), de la inglesa Elizabeth Alker, propone una serie de puentes audaces, pero no improbables, entre la música contemporánea y el pop. Apelando a estudios académicos, entrevistas y anécdotas sabrosas, la autora logra enlazar a Donna Summer con Stockhausen, a la ingeniería nazi con el sampleo de cintas y a la KGB con el desarrollo del sintetizador, entre otras extravagancias. No todas las historias son así de rocambolescas: Alker también logra descifrar cómo hombres y mujeres entrenados en conservatorios lograron torcer la línea evolutiva y desacralizar la llamada “música clásica” mientras convertían sonidos mundanos, texturas y silencios en arte.

El Magnetophon, desarrollado por técnicos alemanes y usado luego para grabar y difundir discursos de Hitler, terminó en manos aliadas al final de la guerra. Los británicos aplicaron ingeniería inversa y desarrollaron su propia grabadora, que llegó a los estudios de la BBC y a las manos de la talentosa Delia Derbyshire, que musicalizó la serie Doctor Who. A ella acudió Paul McCartney para comprender cómo manipular cintas, seccionarlas y realizar bucles interminables. Combinando esas técnicas con los experimentos aleatorios de John Cage y su “Radio Music”, McCartney perpetró sus propios devaneos vanguardistas, como el inédito Carnival of light -un modelo para armar junto a los Beatles que, paradójicamente, nunca ha visto la luz.

La tecnología pulverizó la barrera entre el hombre y la máquina y cambió para siempre la música. El theremin, un instrumento que permite manipular el sonido sin contacto físico, nació de un experimento fallido del físico y espía soviético Leon Theremin. Con el tiempo, pasaría a ser una pieza ineludible en películas de terror futurista y encontraría su camino hacia el pop a través de los Beach Boys, Rolling Stones y Led Zeppelin. El ingeniero Robert Moog, que financió sus estudios armando y vendiendo theremins en su casa, se inspiró en el artefacto para construir el sintetizador más célebre de todos los tiempos. El Moog, que salió al mundo de la mano de Stevie Wonder y Keith Emerson, terminaría impulsando la onda disco a través de I feel love, el éxito de Donna Summer ensamblado por Giorgio Moroder y Pete Bellotte. Elizabeth Alker se aventura con una osada analogía entre ese himno disco y la estructura de Gesang der Jünglinge, una de las obras maestras del alemán Karlheinz Stockhausen. En ambas se presenta una voz etérea y vulnerable con un fondo sintético materializado por máquinas: un contraste que marca el futuro tal como lo conocemos hoy.

La cartografía sonora que ofrece Alker es contundente y requiere pausas obligadas para revisar las obras que ella cita con desparpajo. El ruido y la disonancia aparece representada por el francoestadounidense Edgard Varèse, pionero del “sonido organizado” que incorporó ruidos industriales y sirenas (y, de paso, pifias de una audiencia atónita) para capturar el paroxismo de la metrópolis moderna. Charlie Parker, quien quería llevar el bebop a los límites de la vanguardia, le rogó a Varèse que le enseñara composición estructural pero no alcanzó a tener una sola clase: los excesos fulminaron al saxofonista a los 34 años. Frank Zappa, en cambio, logró establecer una relación fructífera con Varèse y lo convirtió en su compositor de cabecera.

John Cage y su piano preparado (con tornillos y otros objetos) también dejó su impronta en géneros como el No Wave neoyorkino, que terminó influyendo a Sonic Youth y su poco ortodoxo uso de las guitarras. El sonorismo y la armonía microtonal de Krzysztof Penderecki impregnaron la obra de Jonny Greenwood (Radiohead), que injertó en canciones como How to disappear completely y Climbing Up the Walls. Y Erik Satie, con su filosofía de la música como un mueble que se camufla con su entorno, inspiró el ambient de Brian Eno y el movimiento japonés del “auge silencioso” que lideró Ryuichi Sakamoto y su Yellow Magic Orchestra. Steve Reich, Philip Glass, Pauline Oliveros, La Monte Young; los nombres y sus obras se multiplican a la hora de demostrar que la música contemporánea, elitista e impenetrable para muchos, dejó un sustrato inapelable y necesario en la cultura pop.

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