Por Pablo Retamal N.Cuando Dinamarca vendió su territorio caribeño a Estados Unidos: la historia detrás de una transacción olvidada
En 1917, tras más de medio siglo de negociaciones, Dinamarca cedió las Indias Occidentales Danesas —hoy conocidas como las Islas Vírgenes de EE. UU.— a Estados Unidos por 25 millones de dólares en oro. Un acuerdo forjado en tiempos de guerra y estratégicamente clave para la proyección del poder norteamericano en el Caribe.

La historia de la venta de las Indias Occidentales Danesas a Estados Unidos es un capítulo singular en la dinámica de transferencias territoriales entre naciones, que ilustra cómo intereses económicos, estratégicos y geopolíticos pueden converger en un mismo desenlace. Algo que hoy parece impensado debido a las tensas relaciones entre ambos países debido al interés del gobierno del presidente Donald Trump en anexar el territorio danés de Groenlandia para los EE.UU.
Ocurre que el reino de Dinamarca se había incorporado tarde a la carrera colonial iniciada por España y Portugal en el siglo XV, tras el descubrimiento de América. En 1670, el rey Cristián V accedió al trono danés y un año después se fundó la Compañía Danesa de las Indias Occidentales y Guinea. Esto con el fin de colonizar una isla que parecía abandonada en el Caribe: la de Santo Tomás, por la que ni España, ni los Países Bajos, ni Francia o Inglaterra, habían mostrado mayor interés. Entre todas esas potencias ya habían tomado posesión de la mayoría de las islas del Caribe.

Así, dadas las noticias de las riquezas que se podrían obtener, la Compañía danesa de las Indias Occidentales y Guinea se estableció en la isla de Santo Tomás en 1672. Luego, expandió su dominio a la vecina San Juan, en 1683 (aunque en disputa con los británicos hasta 1718) y posteriormente obtuvieron la cercana Santa Cruz de la Compañía Francesa de las Indias Occidentales, en 1733. Esta pasó a ser dominio danés efectivo a partir de su venta a Dinamarca, en 1754. Las tres conformaron las Indias Occidentales Danesas.
Desde entonces, la colonia se dedicó básicamente al comercio de la esclavitud y las plantaciones. Sin embargo, a mediados del XIX la actividad económica de las islas comenzaron a sufrir un marcado declive y la colonia se transformó en un problema para Dinamarca. Entonces surgió una idea.
Un largo proceso de negociaciones
La idea de que Estados Unidos adquiriera estas islas se remonta a mediados del siglo XIX, cuando el interés estadounidense por una presencia más consolidada en el Caribe comenzó a tomar forma. Ya en 1867 se celebró un referéndum en la colonia danesa para transferir dos de las islas —Saint Thomas y Saint John— a Estados Unidos, con un amplio apoyo popular, pero el Senado norteamericano finalmente no ratificó el acuerdo. Las negociaciones continuaron de manera intermitente durante décadas sin llegar a un resultado definitivo.
Pero todo cambió a inicios del siglo XX. La Primera Guerra Mundial se había desatado en Europa, y aunque Estados Unidos todavía no participaba directamente en el conflicto, su liderazgo político estaba cada vez más preocupado por la posibilidad de que potencias europeas como Alemania aprovecharan el dominio danés sobre estas islas para establecer bases que pudieran amenazar los intereses estratégicos estadounidenses, particularmente la recién inaugurada ruta marítima del Canal de Panamá.
El punto de inflexión llegó el 4 de agosto de 1916, cuando representantes de ambos gobiernos firmaron la Convención entre Estados Unidos (entonces bajo la presidencia de Woodrow Wilson) y Dinamarca para la cesión de las Indias Occidentales Danesas, conocida en inglés como Treaty of the Danish West Indies. El tratado estipulaba que Dinamarca transferiría la soberanía sobre las islas a cambio de 25 millones de dólares en oro, una fortuna para la época (hoy, unos 2.500 millones de dólares según los cálculos de Gemini).
Poco después de la firma, el tratado fue aprobado por los parlamentos de ambos países y también por un referéndum en las islas en agosto de 1916, donde casi todos los votantes apoyaron la cesión. La ratificación final del acuerdo se completó en enero de 1917, y el pago se realizó justo antes de la ceremonia de transferencia: el Secretario de Estado estadounidense, Robert Lansing, entregó un cheque por la suma acordada al ministro danés Constantin Brun en Washington.
El momento crucial se produjo el 31 de marzo de 1917, conocido desde entonces como “Transfer Day”, cuando la administración danesa terminó formalmente su gobierno colonial y las islas comenzaron a ser administradas por Estados Unidos. Ese mismo día la bandera danesa fue arriada y la bandera estadounidense izada, simbolizando un cambio profundo en el control político de la región. Así pasaron a ser las Islas Vírgenes de los Estados Unidos.

Motivaciones clave: estrategia y economía
Las motivaciones que llevaron a Dinamarca a aceptar la oferta estadounidense fueron tanto económicas como estratégicas. Para principios del siglo XX, las Indias Occidentales Danesas ya no eran tan rentables como habían sido anteriormente; la producción de azúcar —que había dependido de la mano de obra esclava hasta 1848— estaba en declive y los costos de administración de la colonia representaban un peso importante para el pequeño reino europeo.
Por su parte, Estados Unidos veía en esta adquisición una pieza clave para asegurar su influencia en el Caribe y proteger sus rutas marítimas. La ubicación de las islas, relativamente cercana al canal interoceánico, las convertía en puntos valiosos tanto para el comercio como para fines militares. Era la época en que la doctrina de expansión regional impulsaba a Washington a asegurar posiciones estratégicas frente a posibles amenazas, sobre todo en un escenario global convulsionado por la guerra.

Tras la transferencia, la situación legal y política de los habitantes de las nuevas posesiones estadounidenses fue objeto de transformación gradual. Inicialmente, en 1920 se les reconoció como “nacionales estadounidenses”, un estatus que no confería automáticamente todos los derechos civiles de ciudadanía. No fue hasta 1932 que los residentes de las Islas Vírgenes obtuvieron ciudadanía estadounidense plena, aunque con ciertas limitaciones, como la ausencia de representación con voto en el Congreso y la imposibilidad de participar en elecciones presidenciales generales, características comunes a otros territorios no incorporados de Estados Unidos.
La incorporación de estas islas también se tradujo en cambios administrativos internos: el gobierno civil bajo la autoridad de Estados Unidos se fue consolidando con el tiempo, aunque con el control y la supervisión de las estructuras federales. El nombramiento de administradores y gobernadores se ajustó a los intereses del gobierno norteamericano, y con ello empezó una nueva era en la historia de Saint Thomas, Saint John y Saint Croix.
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