Supergrass en Chile: cómo ser encantador
El debut de Supergrass en Chile anoche en Santiago tuvo una carga especial: saldaba una deuda britpop con la audiencia local que perfectamente pudo nunca haber ocurrido, pero no desde el despliegue fanfarrón de una superproducida gira de reunión, sino desde la frescura de una banda sin grandes planes.

Tomas el catálogo de lo mejor de la canción rock de tu país (dos o tres décadas será suficiente). Lo estudias a fondo, ensayas, y luego eliges: puedes comenzar con los remedos, las citas melódicas, los riffs copiados que al final adornarás con una letra banal y un canto desganado, y presentarás como “homenaje”.
O puedes ser Supergrass.

Casi todo en la banda nacida en Oxford remite a influencias reconocibles. Están ahí las melodías de los Beatles, la electricidad del Bowie-glam, la síntesis del power-pop de The Jam o Buzzcocks; en fin. Pero, a la vez, son partes ensambladas con frescura y fuerza propias; de energía en extremo cautivadora. Es un poder de seducción auténtico, convincente en sus discos (han sido cinco entre 1995 y 2008), pero, y ahora lo sabemos, también irresistible en vivo.
Al tenerlos al frente, dándolo todo —incluso en un espacio sin lujos ni convocatoria multitudinaria, como el de la discoteca Blondie—, repara uno en el cuidado que todo el cancionero de los ingleses muestra por esquivar las derivas predecibles, pues incluso dentro del formato breve de una composición de tres minutos, Supergrass consigue hacer calzar múltiples ideas: quiebres, marchas de aceleración ascendente, proyectos de baladas que más bien son estampas de sobria melancolía.

La primera visita de la banda a Chile tenía la excusa de celebrar los treinta años del álbum-debut que nos instaló a Supergrass en los oídos. Y, sí, el repertorio incorporó todas las trece canciones de I Should Coco (1995), donde la famosísima Alright no opacará jamás a singles tanto o más atractivos, como Caught by the fuzz, Mansize rooster o I’d like to know (con esa partieron), en los los que el sostén fundacional básico Gaz-Danny-Mick engancha con gran talento la fuerza de un frontman cautivante –las cejas más famosas de Gran Bretaña—, con una base rítmica aplicada y firme, pero además los fundamentales teclados (varios) que nunca dejó de tocar Rob Coombes (el hermano mayor del cantante). Solo hay dos canciones en los que el baterista baja y se cuelga una guitarra (también hay otra en la que se suma su roadie), pero el esquema en general es claro: compacto, eléctrico y contundente en su no dejarse flaquear con relleno ni fórmulas.
Además del tributo esperado, Supergrass cita grandes éxitos de otros momentos de su trayectoria: hubo tres canciones del estupendo In It For the Money (1997), tres de Supergrass (1999) y una de Road to Rouen (2005). Eso les permite abrir muy arriba, pero terminar ídem, con un bis que incluyó los muy radiables Sun hits the sky y Pumping up your stereo. Saltitos, baile, coreo; cómo no. Consigue olvidar uno que al frente hay una banda de continuidad en duda, cuya última publicación de estudio fue hace ya 18 años (no hubo nada anoche de ese Diamond Hoo Ha), y que aviva hoy una gira internacional luego de haber organizado ya dos conciertos de supuesto adiós definitivo, en 2010 y 2022.

Quizás por eso, el debut de Supergrass en Chile haya tenido anoche en Santiago una carga especial: saldaba una deuda britpop con la audiencia local que perfectamente pudo nunca haber ocurrido, pero no desde el despliegue fanfarrón de una superproducida gira de reunión, sino desde la frescura de una banda sin grandes planes, que parece a gusto con tocatas pequeñas, que sonríe mientras toca y se salta las baladas épicas para estadios a favor de armas de seducción de distancia corta. Hay conquistadores de los que sospechar. En los encantos de Supergrass, en cambio, confiemos.
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