Diario Impreso

Borneo, la isla incógnita del sudeste asiático

La región de Sarawak, en Malasia, permanece casi oculta en medio de zonas altamente turísticas. Con un ecosistema único en el mundo, que alberga gran cantidad de vida salvaje, también ofrece bellas playas solitarias, culturas ancestrales y una ciudad con identidad gatuna, que avanza tan rápido y ágil como un felino.

La música suena fuerte afuera de la habitación. A pocas cuadras del hotel, en calle Carpenter de la ciudad de Kuching, en la región malaya de Borneo, se vive una verdadera fiesta. Miles de personas bailan al ritmo de una música chillona pero pegajosa, en tanto algunos disfrutan de la danza del dragón y otros de unas demostraciones de artes marciales. Al mismo tiempo, se despliega una importante muestra gastronómica en pequeños puestos callejeros perfectamente distribuidos, lo que es aprovechado por un enjambre de hambrientos consumidores. Es que sólo la festividad del Equinoccio Otoñal, popularmente conocida como Mooncake Festival, puede romper la tranquilidad de este lugar.

Este 2012, la celebración multicultural -participan chinos, malayos, musulmanes y turistas- se extiende entre el 26 y el 30 de septiembre en su versión XI, por lo que ya se adornan las calles y casas con coloridos faroles de papel, en lo que es una de las fiestas más importantes del calendario chino. Quien viene, no debe dejar de probar los famosos mooncakes, un producto de panadería cocinado con porotos rojos, pasta de semilla de loto y yema de huevo. Vale la pena mezclarse -y perderse- entre la multitud durante estas noches.

Más allá del jolgorio de estos cinco días, Kuching, la capital administrativa del estado de Sarawak, es ajena al bullicio. Su nombre significa "gato" en malayo, por lo que no extraña que se identifique gracias a tres tiernos monumentos que representan a este felino, aunque no existe claridad con respecto al origen. El entorno invita a caminar por la prominente ribera del río Sarawak, un recorrido de un kilómetro amable con el peatón y que permite buenas vistas de algunos íconos de la ciudad, como el palacio de La Astana, hogar del gobernador, o el ostentoso edificio del Parlamento, construcción con una llamativa cúpula dorada en forma de paraguas. Llama la atención el contraste entre el lado sur, que destaca por un desarrollo urbano gracias a hoteles, centros comerciales y modernas zonas residenciales, y el costado opuesto, donde existen rústicos campamentos malayos. Lo cierto es que se puede cruzar de un lado a otro en pequeñas embarcaciones, permitiendo disfrutar de ambas realidades.

No se puede ir de esta ciudad sin antes visitar también el templo chino Tua Pek Kong, el más antiguo de este lugar, no olvide tomar fotos de manera respetuosa. Cerca de allí encontramos la calle Main Bazaar, con construcciones del siglo XIX y locales que venden chucherías. Al otro extremo de la zona céntrica, vale la pena ver la pintoresca Mezquita de Kuching, cercana al mercado. Pero el gran tesoro de Sarawak está en los alrededores, como Bako, un encantador parque nacional.

El escurridizo mono proboscis

Dejamos atrás el muelle en una blanca y pequeña lancha. Nos internamos en aguas cafesosas y en una bella geografía de selva espesa que bien podría ser el Amazonas. Previamente, en tierra nos ponemos de acuerdo entre los viajeros para compartir los gastos del transporte hacia el Parque Nacional Bako, pues aquí se paga por tramo, no por pasajero. En 45 minutos llegamos a este santuario natural, el más antiguo de Sarawak y uno de los más pequeños, con apenas 2.700 hectáreas.

Bako es un lugar mágico, cuyo principal atractivo es la presencia del extraño mono proboscis, una especie de inconfundible nariz alargada y gruesa, cuyo aspecto físico lo hace parecer lento y torpe. Se calcula que puede haber 250 ejemplares y solo viven en Borneo. Para ingresar, nos inscribimos en la oficina de recepción y reservamos allí una noche de alojamiento en unas cabañas de infraestructura básica. Recibimos un mapa con información sobre los 16 senderos que existen.

En Bako es posible apreciar siete ecosistemas distintos, donde destacan las vegetaciones costeras, de acantilado, bosques de manglares y selva tropical, entre otros. Es tarea de uno aventurarse y descubrir los contrastes de estos paisajes, que albergan también otras formas de vida tales como lagartijas, víboras, plantas carnívoras (pitcher plants), macacos y jabalíes, además de 150 especies de aves.

No es todo. Existe un puñado de playas prístinas y solitarias en medio de impresionantes acantilados y rocas erosionadas, además de bellas cascadas que bien valen la pena un trekking para acceder a ellas. Por último, una recomendación: es un error creer que mientras más lejos se camina, más fauna se observa. Un grueso de animales pasean cerca de la oficina de recepción, las cabañas y principalmente el área de manglares de Telok Assam, cercano a los recintos turísticos.

Los habitantes de la selva

Un nuevo tour nos saca nuevamente de Kuching hacia la espesa selva tropical, que esta vez viene acompañada de una densa lluvia y una humedad intensa. Tras media hora, llegamos al primer destino: el centro de rehabilitación Semenggoh, donde hay una veintena de orangutanes que son protegidos y alimentados y que han sido rescatados de cazadores ilegales o contrabandistas. Aunque no son su única amenaza: la deforestación también los está matando.

Un guía nos lleva hasta un puente. Un solo silbido del guardaparques basta para provocar una seguidilla de ruidos que provienen de las ramas que hay sobre nuestras cabezas. Primero es Nora, le siguen Edwin y George. Cada orangután con su propia personalidad. Unos más tímidos que otros, pequeños y grandes, se columpian rápido y es difícil fotografiarlos, aunque pronto rompen el hielo y llegan a curiosear cerca de nosotros, donde los alimentan con plátanos.

A Semenggoh se llega temprano, antes de las 9 am. A esa hora alimenta -brevemente- a los animales y hay más opciones de verlos. Tras este primer espectáculo, caminamos raudamente por el feeding trail hacia una galería, donde tenemos panorámica de una plataforma de madera a unos 50 m de distancia, donde hay un balde con plátanos, naranjas y papayas. En eso, un estruendo en las copas de los árboles y aparece Ritchie, el macho dominante, una verdadera bestia cubierta de largos pelos color cobre y vistosos pómulos. Su presencia intimida.

Cuando se cansa de ser observado y su hambre ha sido saciada, se va tan rápido como cuando llegó.

Seguimos rumbo para conocer a los bidayuh, indígenas de Borneo que viven en un "longhouse", un hogar comunal de carácter arcaico construido en madera.

El tour nos trae hasta aquí para recorrerlo durante tres horas e interactuar con una población que vive gracias a la agricultura. Aunque tímida, esta etnia de creencias animistas, nos permite visitar algunas habitaciones y su historia, que está marcada por sangrientas batallas en el pasado con otras tribus (aún guardan los cráneos de aquellos que no tuvieron suerte en combate).

Un recorrido hacia las entrañas de Borneo que vale la pena y deja huella. Más aún en un lugar como el Sudeste Asiático, donde el turismo en masa destruye como Atila. Por suerte, el caudillo no se ha asomado -aún- por Sarawak.

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