Editorial

Quiebre en el proceso de traspaso de mando

La decisión del presidente electo de suspender las reuniones entre sus equipos y el actual gobierno, no sólo empaña la tradición ejemplar de los cambios de mando, sino sobre todo compromete la necesaria coordinación entre ambos equipos para asegurar la adecuada continuidad operativa del Estado.

Quiebre en el proceso de traspaso de mando

Los menos de 25 minutos que duró el martes pasado la reunión entre el Presidente de la República, Gabriel Boric, y el mandatario electo, José Antonio Kast, interrumpida abruptamente por este último, marca sin duda un episodio inédito y lamentable en nuestra historia republicana. Desde el regreso a la democracia los procesos de traspaso del poder se habían dado de manera fluida y coordinada, independiente de si se tratara de cambios de mando entre figuras ideológicamente afines o entre mandatarios de signo contrario. Una práctica, que comienza con la primera llamada telefónica tras la elección presidencial, y que contrasta con los procesos de traspaso presidencial en varios países vecinos, donde la actitud republicana observada en Chile ha sido siempre destacada.

En 2014, por ejemplo, cuando el Presidente Sebastián Piñera se aprestaba a entregar la banda presidencial a Michelle Bachelet el periodo de transición coincidió con la entrega del fallo sobre la delimitación marítima entre Chile y Perú por parte de la Corte de La Haya. Por ello, el entonces mandatario invitó a su sucesora a La Moneda para analizar el veredicto, mientras la futura Presidenta valoró el trabajo “transparente, cordial y positivo” que marcó la reunión. Pero incluso en procesos más tensos, como cuando en 2022 Sebastián Piñera entregó la banda presidencial al actual Presidente Gabriel Boric, quien en la campaña había criticado duramente al entonces mandatario, siempre se cuidaron las formas republicanas y el cambio de mando se realizó de manera ejemplar.

Por ello, lo sucedido a comienzos de semana empaña, sin duda, una tradición que enorgullece a los chilenos. Pero por valioso que sea y la importancia de cuidar las formas, lo más grave son las consecuencias que ello tiene para el adecuado funcionamiento del aparato estatal. El cambio de una administración a otra, más aún cuando se trata de sectores políticos distintos, implica un ajuste. Es responsabilidad tanto de las autoridades salientes como de las entrantes que ello se lleve a cabo de la manera más fluida e informada posible. Cortar el diálogo entre quienes están y estarán a cargo de dirigir el Estado y, más grave aún, suspender las reuniones entre los distintos equipos sectoriales tiene un efecto inevitable para la continuidad operativa del Estado.

El presidente electo había tenido durante las primeras semanas tras su elección una mirada de Estado, dando señales de querer recuperar un estilo presidencial más tradicional, que contrasta con la actual administración, insistiendo en la necesidad de preservar las formas republicanas y la dignidad del cargo. La oposición ha criticado en varias ocasiones al actual mandatario por considerar que no cuida la investidura presidencial y por tomar decisiones llevado más por sus emociones que por el cuidado de los intereses superiores del país. En el ámbito de la política exterior esto ha sido especialmente evidente. Por ello, con su actitud del martes pasado en La Moneda, el presidente electo termina olvidando el rol que ocupa y cometiendo los mismos errores que se le atribuyen al actual mandatario.

Pueden existir razones válidas para explicar la molestia del futuro mandatario, por la falta de claridad, desprolijidad y ocultamiento de información de parte de las actuales autoridades durante el proceso de traspaso de mando. El caso más evidente es lo sucedido con el proyecto del cable submarino chino impulsado por la empresa China Mobile y cuyos detalles se han ido conociendo a cuenta gotas luego de informarse de la sanción de Estados Unidos a tres funcionarios del gobierno chileno, incluido el ministro de Transportes. Pero como futuro jefe de Estado, el presidente electo debe siempre medir los efectos de sus decisiones y velar primero por los intereses superiores del país, dejando de lado sus sentimientos personales, con el fin de cuidar el buen funcionamiento del proceso. Los alcances de la reacción del presidente electo podrían, incluso, haberse limitado al encuentro, dejando claro que hay actitudes que él no tolera, pero no extenderse a la suspensión del trabajo que llevaban a cabo sus equipos, porque ello afecta la necesaria coordinación que debe haber entre gobierno saliente y entrante.

Es un hecho que la llamada telefónica del actual mandatario el 18 de febrero pasado, donde le comentó por primera vez a su sucesor la existencia del cable chino y la inquietud de Estados Unidos fue tardía; sólo dos días después se conocieron las sanciones del Departamento de Estado. También es cierto que enunciar un tema, como plantea José Antonio Kast, no es lo mismo que informar sobre él y que, en un asunto de especial relevancia como ese, donde están involucrados los dos principales socios comerciales de Chile, hubo evidentemente desprolijidad y falta de transparencia por parte del actual Ejecutivo. Sin embargo, el camino para responder a ello no puede ser una coreográfica manifestación de molestia, sino un actuar más acorde con la posición que se ostenta, velando siempre porque la coordinación se haga adecuadamente, por el bien del país.

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