Columna de Ascanio Cavallo: Hambre

Chile está en las antípodas: el clima de desconfianza es uno de los peores del mundo. Este pudo ser un dato positivo para la oposición, siempre que confíe en que su función sea debilitar por todos los medios al gobierno que la venció en las urnas. Quizás se haya pasado de rosca, porque la desconfianza es un aire tóxico que tiende a envolverlo todo, incluyendo a sus propios promotores. Pero si la desconfianza es el signo con que el país enfrenta un retroceso fuerte hacia la pobreza, la pendiente será mucho más inclinada y larga que la duración de este gobierno. Pobreza llama a pobreza.



En el famoso grabado de Durero Los cuatro jinetes del Apocalipsis, el caballo más oscuro ocupa el centro. Su jinete lleva una balanza, que según algunos representa el precio de los alimentos y, según otros, la medición entre precios e ingresos. Este jinete es el hambre. Lo flanquean el caballo famélico de la muerte y el corcel brioso de la guerra. La peste no está, pero hay un cuarto caballo que desde el texto del apóstol San Juan ha sido objeto de todas las interpretaciones posibles. La cultura occidental lleva muchos siglos asociando a estos jinetes fatídicos, y por eso ahora, que ha renacido la imaginación apocalíptica, no es raro que hasta las autoridades los vuelvan a juntar.

Lo menos dicho de la crisis del Covid-19 es que por su centro, en efecto, galopa el espectro del hambre. El infantilismo de oponer la salud con la economía se estrella con una amenaza que puede dejar de ser imaginaria. Para no ir demasiado lejos, el informe sobre crisis alimentaria de la ONU del año pasado cifraba el “hambre aguda” en América Latina en 4,2 millones de personas, de las cuales poco más de la mitad estaba en Haití, 1,6 millones en el “corredor seco” de Centroamérica, medio millón entre los emigrantes de Venezuela y el resto en bolsones de extrema pobreza de diversos países.

Las estimaciones para lo que seguirá del Covid-19 llegan hasta el triple de esa cifra.

No hay ningún gobernante de la región que ignore este peligro. En Chile, el Presidente Sebastián Piñera se enfrenta a la sombría perspectiva de tener que ir con ayuda alimentaria a unos dos millones de hogares. Ya no bonos, ni subsidios, ni gratuidades -esos parecen lujos de segunda generación-, sino directamente alimentos, canastas de raciones alimentarias. ¿Realmente puede ocurrir esto?

El producto interno de los países de América Latina se contraerá, según cuánto se extienda la paralización de las economías, entre cuatro y ocho puntos. Eso significa saltar a desempleos de dos dígitos (probablemente sobre 12%), es decir, varios millones de personas, la mayoría de las cuales podría quedar en situación de escasez alimentaria, que es una de las formas de la extrema pobreza. Para Chile, la caída más grande supondría un retroceso de unos 15 años, cuando la extrema pobreza se situaba en un 12,6%. Hace dos años, con un 2,3%, la secretaria ejecutiva de la Cepal, Alicia Bárcena, declaraba que Chile casi la estaba superando. Los 15 años que pasaron remontaron esa oscura hondonada, pero nadie ha parecido dispuesto a recordarlo. Lo que está ocurriendo tiene también el aire de un siniestro memorando acerca de muchas cosas.

Esta perspectiva vuelve algo irrisorios unos cuantos de los debates de estos días y pone en cuestión la insistencia de numerosos alcaldes (con las excepciones de mérito) en encerrar a sus comunas y dejar a sus ciudadanos sin más ingresos que los subsidios fiscales. El gobierno no ha sido capaz de comunicar con eficacia el sacrificio extremo que es una medida como la cuarentena colectiva. No percibió que su ansiedad por un pronto “retorno seguro” sería vista como un ataque a la sanidad pública ni que muchos llegarían al oxímoron de creer que paralizando el trabajo se favorece a los empresarios. Prefirió, en cierto modo, alentarse con el paradigma de los países de la Ocde.

No hay tal paradigma. China y Singapur -dos dictaduras- terminaron el confinamiento al llegar a cero muertes diarias. Holanda abre algunas actividades con algo más de 50 muertes por día, y Alemania, con 100, además de unos 800 contagios nuevos. España empieza a liberar cautelosamente sus trabajos, pero aún registra más de 150 muertes y más de 800 contagios por jornada. A la mayoría de ellos no los acicatea el caballo del hambre, pero sí el de la reciente recuperación de unas economías sumamente heridas por la recesión del 2008. Suecia, el único que no ha impuesto restricciones (sólo recomendaciones), es también el país con mayor confianza interpersonal e institucional.

Chile está en las antípodas: el clima de desconfianza es uno de los peores del mundo. Este pudo ser un dato positivo para la oposición, siempre que confíe en que su función sea debilitar por todos los medios al gobierno que la venció en las urnas. Quizás se haya pasado de rosca, porque la desconfianza es un aire tóxico que tiende a envolverlo todo, incluyendo a sus propios promotores. Pero si la desconfianza es el signo con que el país enfrenta un retroceso fuerte hacia la pobreza, la pendiente será mucho más inclinada y larga que la duración de este gobierno. Pobreza llama a pobreza.

Los políticos parecen haber percibido este cambio sustantivo respecto de lo que se creía hasta hace un par de semanas. La recesión mundial ya es un hecho y nadie duda de que la economía chilena se hundirá, por lo menos y con optimismo, hasta octubre de este año. Que a fines de ese mes estén previstas las elecciones municipales y el plebiscito constitucional parece una mueca sardónica. No es lo mismo hacer campaña en situación de normalidad -sanitaria, laboral, política- que con millones de personas dependiendo de los alimentos del gobierno.

La cuarentena, el confinamiento y la distancia social tienen efectos más insidiosos de lo que la arquiatría deja ver y de los que la política de facciones alcanza a vislumbrar. Mientras sean las únicas medidas para combatir el contagio, las sociedades dependen de su capacidad de aguante y solidaridad. La pregunta es la misma de siempre: ¿Cómo andamos por casa?

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