Eduardo Valenzuela, presidente de la comisión UC sobre la crisis de la Iglesia católica: “El caso Karadima no es sólo un caso de abusos, es una deriva sectaria dentro de la Iglesia”

Eduardo Valenzuela, exdecano de la Facultad de Ciencias Sociales, UC.

Para el sociólogo y exdecano de la Facultad de Ciencias Sociales de la U. Católica, que analizó la crisis de la Iglesia Católica chilena, el escándalo de los abusos en Chile favoreció la comprensión actual del problema a nivel global y alimentó la tesis de que sus causas estaban en la estructura interna de la propia Iglesia.




Para Eduardo Valenzuela, la Iglesia católica chilena ha avanzado mucho en investigación y prevención de abusos desde la crisis desatada por el caso Karadima. Sin embargo, “lo que está pendiente es la reconciliación con las víctimas” y sin eso es imposible “dar vuelta la página”, advierte. Algo que se ha hecho en muchas partes del mundo, pero que en Chile ha costado concretar por una “responsabilidad de la propia Iglesia”, según el sociólogo y exdecano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Católica.

Su evaluación, que comparte en esta entrevista, es fruto del extenso trabajo realizado como presidente de la comisión creada por la Universidad Católica en 2018 para analizar la crisis de la Iglesia Católica chilena. Una labor en la que participaron 16 académicos de distintas disciplinas y que, entre otras cosas, evaluó el caso Karadima y la situación de los abusos en la iglesia local. El “caso chileno” le dio “un calibre mundial” al problema, sostiene el informe.

¿Cuál fue la verdadera dimensión del caso Karadima en la crisis de la Iglesia Católica chilena?

En todas las Iglesias ha habido un caso saliente, emblemático, y Karadima fue el caso más importante de la Iglesia chilena. Lo de Karadima es lo que se llama una deriva sectaria, es decir un grupo que es cautivado por un liderazgo absorbente que se enquista dentro de la Iglesia y se cierra incluso dentro de ella misma en una pretensión de ser distinto, exclusivo moralmente, religiosamente puro. El caso Karadima compromete a una parte de la Iglesia, a un grupo significativo dentro de ella, vocacionalmente exitoso, bien conectado en los círculos tanto eclesiales como no eclesiales. Para la Iglesia chilena fue un desafío enorme encontrarse con una deriva sectaria al interior de la Iglesia diocesana, es decir, de la estructura regular de la Iglesia. Muchas de estas derivas sectarias se han producido dentro de movimientos apostólicos que operan al margen de la estructura diocesana, como los Legionarios de Cristo o la comunidad de San Juan en Francia. Pero ésta estaba instalada dentro de la propia Iglesia.

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¿Hay factores propios de la sociedad chilena que favorecieron que esto se produjera?

La gran característica del caso es que se produce en el seno de la élite, la élite católica del país. Gran parte de las personas que frecuentaban El Bosque pertenecían a esa élite, estaban conectadas con el mundo empresarial, con el mundo cultural, institucional, político. Entonces, además, tenemos ese componente adicional. Es un caso que afecta y que golpea arriba, en la parte alta de la pirámide de la estratificación social. Pero lo importante es darse cuenta que Karadima no es sólo un caso de abuso sexual, como han ocurrido por doquier en otras partes, en otras situaciones, sino que es una deriva sectaria que incluye de manera muy especial el abuso de conciencia, el abuso espiritual. Gran parte de las víctimas o muchas de ellas, no fueron abusadas sexualmente, sino que fueron abusadas en su libertad de conciencia y utilizando los recursos espirituales que ofrece la religión para ejercer esa coacción indebida. Entonces, es un caso que escapa de la norma habitual de los casos de abusos de menores en que han caído muchos otros sacerdotes. También eso lo hace diferente. No es solo un sacerdote que se pervirtió sexualmente, sino que creó una organización sectaria dentro de su propia Iglesia y lo hizo, como sucede en todas las sectas destructivas, a través de recursos religiosos que implicaban un abuso de poder.

¿Qué factores facilitaron que durara tanto tiempo y no se hiciera nada?

En general los grupos sectarios tienen sus técnicas de acomodación, de invisibilización, motivan mucho engaño. En muchos sentidos la parroquia de El Bosque se ofrecía a sí misma como modelo de conducta religiosa, de pureza y de corrección moral. Y visto desde fuera era muy poco probable que alguien se diera cuenta realmente de lo que sucedía dentro. Hubo efectivamente una cierta dificultad para entender lo que realmente estaba pasando.

Uno de los puntos que destacan en el informe sobre la crisis de la Iglesia es que ésta fue incapaz en una primera etapa de responder en forma adecuada. ¿Por qué sucedió eso? ¿Influyó el peso que tenía Karadima dentro de la Iglesia?

La Iglesia es una institución moral y a las instituciones morales les cuesta reconocer que existe inmoralidad en su seno. La reticencia a ver, a reconocer y a actuar decisivamente es bien característica de las Iglesias en general, de las instituciones morales. Al comienzo acreditar denuncias contra Karadima y contra sacerdotes de ese peso y de esa influencia religiosa era muy difícil. Más aún investigarlas seriamente y, todavía más, sancionarlas. La Iglesia como en todas partes del mundo activó muy tarde los procedimientos de acreditación de denuncias, de investigación eficaz y de sanción ejemplar. También es cierto que las Iglesias han aprendido y algunas aprenden más velozmente que otras. Es verdad, como dice el informe, que no se sacaron todas las conclusiones que había que sacar del caso Karadima y no se activaron tan eficazmente y oportunamente todos los procedimientos que había que activar. La Iglesia chilena perdió la década que va desde 2010 a 2020 al seguir manejando los casos de una manera que podríamos llamar insuficiente. Con dificultades para acreditar denuncias, con dificultades para investigarlas con imparcialidad y con dificultades para sancionar. Y aquí la influencia de Karadima juega un rol sin duda. El papel que tuvo en la formación de una buena parte del clero diocesano fue decisiva.

Considerando ese último punto, ¿en qué medida la cultura de Karadima impregnó al clero, contaminó a la Iglesia en Chile? ¿Cuánto cuesta limpiar eso?

Hay cosas que han mejorado claramente. Hoy una denuncia de abuso, sexual o no sexual, se acredita con mucha mayor facilidad, se investigan con más diligencia las denuncias e, incluso, un sacerdote arriesga su condición de tal cuando hace estas cosas. La dimisión del estado clerical se está usando como una sanción normal para casos grave como estos. Entonces, en materia de investigación y de alerta se ha avanzado mucho. En prevención también. Lo que le ha faltado a la Iglesia chilena, lo que está pendiente, es la reconciliación con las víctimas. Todavía el grueso, la mayor parte de las víctimas se encuentra al otro lado de la vereda, en una actitud completamente contraria a lo que ha hecho la Iglesia respecto de ellos. Y ese proceso de reconciliación con las víctimas requiere reparaciones efectivas, requiere de un trabajo largo y paciente de reconocimiento, de acogida. Incluso en muchos países las víctimas son parte del proceso mismo de prevención y de alerta de este tipo de cosas. Se las incorpora en el propio proceso de rectificación que hay que hacer. Todo eso está pendiente.

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Andrés Murillo, Juan Carlos Cruz y James Hamilton durante una conferencia de prensa tras la visita del Papa en 2018.

Y ¿por qué cree ha sido difícil avanzar en eso?

Es una responsabilidad de la propia Iglesia. Cuando el Papa se da cuenta que comete un error de apreciación respecto de lo que sucede en Chile lo primero que hace es llamar a las víctimas y acogerlas en su propia casa y escucharlas. Ese es el primer gesto. Y es el gesto básico y fundamental. Eso no se ha hecho aquí. Hay una carga de actitudes clericales, de una inercia institucional muy pesada respecto de esto y la falsa convicción de que basta con pedir perdón o que basta con activar procesos de corrección institucionales. No se comprende cabalmente que éste es un proceso que solo se cierra cuando las víctimas, o un número significativo de ellas logra reconcialiarse con la misma Iglesia que los ha dañado. Yo sé que cuesta que las víctimas se acerquen y perdonen, que cooperen y colaboren, pero es un proceso indispensable si queremos dar vuelta la página.

¿Cree que el caso Karadima es un factor decisivo en la caída en el número de fieles que ha experimentado la Iglesia católica o ese fenómeno responde a otras variables?

La caída de los católicos y en general de la asistencia a la Iglesia tiene un trasfondo más amplio que es un cambio cultural que apunta en todas partes del mundo hacia una creciente secularización. Pero también es cierto que esta crisis ha tenido repercusiones sobre el mundo católico y consecuencias graves sobre la confianza de los católicos en su propia Iglesia, sobre lo que nosotros llamamos la mediación sacerdotal de su propia experiencia religiosa. Sobre incluso, en algunos casos, la identificación de la gente como católica. Y también en este punto la Iglesia no ha sabido hacerse cargo de que los abusos tienen consecuencias mucho más allá de las víctimas directas, sobre todos sus fieles, respecto de los cuales ella tiene una responsabilidad. Eso continua pendiente, hacerse cargo del desconcierto, de la desazón, de la indignación que los propios católicos sienten respecto de lo que sucedió.

En el informe ustedes plantean tres puntos de inflexión en la crisis de la Iglesia católica chilena, el primero es el caso del cura Tato, luego Karadima y finalmente la visita del Papa…

Sí, esos son los tres hitos. El cura Tato da la primera campanada de alerta de que los sacerdotes podían estar abusando de niños y de niñas, el caso Karadima que tiene esta connotación especial, que es mucho más que un caso de abuso sexual, y luego la crisis que desencadena la visita del Papa y que se corona, hay que decirlo, con un segundo caso igualmente emblemático o tan emblemático como el de Karadima, que es el del cura Poblete. Este también tiene muchas repercusiones y convierte el año 2019 en el peor año de la confianza en la Iglesia. Renato Poblete era una figura emblemática del catolicismo social, más conocida popularmente que Karadima, entonces su caso fue muy impactante.

Hoy la Iglesia Católica tiene una presencia en el debate público mucho menor que en el pasado y la caída de católicos ha sido muy marcada. A la luz de eso ¿podemos decir todavía que Chile es un país católico?

Tenemos un proceso de desafección religiosa muy fuerte, estimado en torno al 30% de la población que ya está marcando ninguna religión a la hora que se le pregunte por esto, especialmente jóvenes. Tenemos una situación preocupante desde el punto de vista de la lealtad religiosa de la gente. Lo que es característico de nuestro patrón de secularización es que no hay desplazamiento desde el catolicismo al evangelismo. Los evangélicos no crecen demasiado, sino que lo que crece es este bolsón de personas que te dice que ya no tiene ninguna religión. Sin embargo, muchas de ellas siguen siendo creyentes. Y muchas de ellas tienen creencias convencionales, convencionalmente católicas. Entonces, efectivamente hay un retroceso significativo del catolicismo en el país, estadísticamente los católicos deben estar hoy en torno al 50%, en circunstancias que estuvieron en torno al 75% hace 25 años. Es un proceso muy rápido, muy acelerado de desafiliación religiosa, probablemente de los más acelerados del mundo que yo conozca, pero claro todo eso todavía inmerso en una cultura que permanece católica. Las culturas no cambian de la noche a la mañana, ni de una encuesta a otra. No hay que menospreciar la influencia cultural del catolicismo, aunque sin duda su influencia política decrece rápidamente.

El caso Karadima y la situación de los abusos repercutieron mucho más allá de Chile. ¿Por qué cree que el caso chileno tiene tanto impacto global en la Iglesia?

Originalmente se pensó que este era un problema norteamericano y que estaba asociado a la liberalización de la cultura estadounidense, al liberalismo de la cultura incluso religiosa de ese país. Ese fue como el modelo de comprensión al comienzo del problema de los abusos sacerdotales. Después esto se extendió a Europa. La Iglesia irlandesa, la Iglesia alemana empezaron a encontrar casos que tenían un formato idéntico al de Estados Unidos. Se convirtió entonces, por decirlo así, en un problema de las sociedades secularizadas del mundo moderno. El caso chileno muestra que este es un problema mundial, que también puede suceder en una iglesia periférica del cono sur de América, en un país que a la sazón seguía compactamente católico, en proporciones muy altas. En una Iglesia que tenía un prestigio social enorme, cuando todo esto comenzó. Chile en cierto modo es el que ofrece la comprensión actual del problema, en el sentido de que este es un problema que puede afectar a cualquier Iglesia en cualquier parte del mundo, cualquiera sea el contexto cultural en el que se sitúe y, por ende, es un problema que tiene que ver con sus propias estructuras internas, con la forma como la propia Iglesia está organizada. Y eso es lo que ha alimentado la tesis de que el origen más profundo de todo esto es el clericalismo, que es una constante en todas las Iglesias católicas cualquiera sea el contexto en que se desenvuelven. En vez de mirar hacia los factores de contexto, se empezó a mirar a los factores internos del problema. Chile tiene esta importancia.

Papa francisco Egipto

¿Eso explica, cree usted, que el Papa haya enviado una misión especial a Chile y el tema haya generado tanto interés en el Vaticano?

Claro. Adicionalmente al Papa le preocupaba que, a raíz de la situación chilena, no se repitieran las dificultades que hubo en la Iglesia norteamericana y en la iglesia europea para enfrentar el problema. Esto es una secuencia. Empieza con la Iglesia norteamericana, ahí hay aprendizajes efectivos de cómo hay que abordar esta cuestión, después viene la iglesia europea, se cometen los mismos errores que hemos mencionado, pero ya hay aprendizajes sobre cómo hay que enfrenta el problema y ahora aparece en América Latina, el mismo problema, las mismas limitaciones, las mismas dificultades. Las Iglesias tienen que aprender de lo que ha sucedido en otras partes y tienen que saber afrontar el problema de manera mucho más eficaz, porque ya tienen la experiencia de cómo han sido los problemas en otras partes. Chile muestra el mismo patrón, como si no se hubiera aprendido nada de lo que sucedió en EEUU y en Europa. Para el Papa es muy importante que los obispos de todas partes del mundo y también de la periferia, donde él pone las mayores esperanzas, actúen diligentemente y no cometan los mismos errores del comienzo.

Al contrario de otras partes del mundo, sin embargo, en Chile no hubo una comisión independiente que investigó el tema y propuso reparaciones. ¿Por qué no sucedió eso?

Sí, ese es otro aspecto importante de nuestra crisis. Estamos amparados en una religión mayoritaria, con mucha influencia social y cultural. La prensa es más rectada, los tribunales de justicia y el Parlamento son mucho más recatados que en países donde la influencia cultural y política de la iglesia es menor. En Chile asombra la completa inacción de los poderes públicos en relación a un problema como este. En muchos países han sido los parlamentos los que han creado una comisión investigadora. Y eso tiene su origen en la deferencia que hay en las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Aquí, el Estado no se mete con la Iglesia y la Iglesia tampoco cuestiona los actos del Estado. Hay una vieja tradición de no interferencia, de respeto por la autonomía jurisdiccional de la Iglesia. Es cierto que en nuestro país, salvo los medios de comunicación que han sido muy incisivos y a veces decisivos en el develamiento de casos de abusos, eso hay que admitirlo, los poderes públicos han dejado este problema de lado a pesar de que el problema de abuso de niños en la sociedad es un problema público de primera importancia.

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