El año de duelo de la profesora del Saint George’s

Ximena Miranda era educadora de párvulos en el colegio, ubicado en Vitacura, cuando contrajo Covid en el primer brote escolar detectado en el país en marzo de 2020. A los pocos días contagió a su esposo, quien finalmente murió. A un año de esta tragedia personal decidió dejar el recinto, ya que le pidieron volver al trabajo de forma presencial: “La pandemia no se ha acabado y no me puedo morir, no puedo dejar solos a mis hijos”.




Pedro Fernández Olavarría (47) quería celebrar de forma anticipada su aniversario de 22 años de matrimonio. Así, el 12 de marzo de 2020 invitó al teatro a su mujer, Ximena Miranda (48), con quien tuvo dos hijos: Ignacio (20) y Tomás (13). Sin saberlo, ese sería el último recuerdo de un festejo que ella registraría con el amor de su vida. Ambos se conocieron cuando eran muy jóvenes, ella tenía 13 años y él 14. Desde entonces nunca más se separaron.

Al día siguiente de la celebración la mujer volvió a su trabajo como educadora de párvulos en el colegio Saint George’s, ubicado en Vitacura. A las pocas horas comenzó a sentirse mal, como afiebrada. Diez días antes, el 3 de marzo de 2020 se había identificado en Talca el primer caso de Covid-19 en el país, y esos eran los síntomas que se detallaban en la televisión de una pandemia que en ese entonces era desconocida.

Le comentó a su jefa que no se sentía bien y llamó a su esposo quien en ese minuto estaba en el Fondo de Solidaridad e Inversión Social (Fosis) donde era jefe de auditoría. “¿Estás bien, vamos a la clínica?”, le dijo él cuando la pasó a buscar en el auto. “En el colegio me dijeron que mejor vaya a la Asociación Chilena de Seguridad (ACHS)”, contestó la profesora. A poco más de un año de ese episodio, Ximena Miranda se arrepiente. “Fue lo peor que pudimos haber hecho. De ahí partió la angustia y la pesadilla”, dice. Ese día Ximena contagió a Pedro de un coronavirus mortal que terminaría con su vida.

22 años estuvieron casados Pedro y Ximena.

El caso de esta parvularia fue el primero de Covid-19 que se detectó en el colegio Saint George’s. Se convirtió también en el primer brote escolar en Chile, obligando al establecimiento a suspender sus actividades presenciales y a decretar cuarentena para la comunidad entera. De acuerdo a cifras del gobierno, afectó a 73 personas. El viernes pasado se conmemoró un año de la muerte del contador auditor. Hoy en Chile han fallecido por coronavirus 24.213 personas, según cifras oficiales de casos confirmados.

PCR

De su paso por la ACHS, Ximena guarda los peores recuerdos. “El trato que recibí fue horrible. Me tuvieron encerrada con fiebre en una pieza desde las 11.30 hasta las 19.00. Supuestamente me iban a hacer un examen, pero eso nunca pasó. No me dieron ni un vaso de agua. Me tenían como un bicho extraño, contagioso”, relata. Y es que por esos días poco se sabía en Chile de una enfermedad que a la fecha ha cobrado la vida de 2,9 millones en todo el mundo.

Explica que luego la trasladaron en ambulancia a otro recinto de la ACH y que ahí empezó con crisis de pánico. Finalmente, firmó unos papeles, que le pidió el establecimiento, y declinó de seguir en espera en ese lugar y se fue junto a su marido a la Clínica Santa María. “Yo terminé superdañada no solamente por la muerte de Pedro, también por el maltrato que sufrí y por eso no quise dar entrevistas. Porque cuando cuento la historia siento la culpa de que Pedro, mi esposo, el padre de mis hijos, se contagió por mí”, dice.

Un recuerdo familiar.

Ese día llegaron cerca de las 22.00 al recinto asistencial privado. “No se demoraron ni cinco minutos en llamar a la Seremi y frente a nosotros dieron la autorización para hacerme el examen”, detalla. Al día siguiente, el sábado 14 de marzo, ya en su departamento, a eso del mediodía le notificaron lo peor: estaba contagiada de coronavirus. “Preguntamos a la Seremi qué iba a pasar con el colegio en el que trabajaba y dónde además iban mis hijos (el Saint George’s) y nos dijeron que ellos iban a avisar”, recuerda. Sin embargo, después de unas horas se percataron de que nadie había informado nada, así que ellos mismos decidieron llamar al profesor jefe para contarle lo que estaba ocurriendo y se tomaran las protecciones del caso.

A las horas su esposo y uno de sus hijos también empezaron con síntomas. En el caso de Pedro fueron empeorando y al día siguiente, el domingo 15 de marzo, cuando ya los malestares eran insostenibles decidió acudir a la clínica. “Me contó que pasó toda la noche con fiebre en el hall donde te recibían en urgencias. La persona que lo atendió le dijo que todos los que estaban ahí estaban igual que él, así que tenía que sentarse y esperar”, detalla Ximena. Una vez hecho el PCR, el contador volvió a casa. Nunca ella, ni su hijo presentaron un cuadro tan severo como el del funcionario del Fosis que mantenía alta su temperatura y un malestar generalizado. Los resultados del test no llegaban, así que comenzaron a insistir. Recién el martes 17 de marzo la autoridad sanitaria le informó que el test del funcionario del Fosis era negativo. La familia no entendía nada. Ximena recuerda que su esposo le confidenció que tenía miedo. Sintieron desprotección, ya que la situación haría que pese a los síntomas que él tenía debiera volver a trabajar, ya que no contaba con licencia. “Yo le dije que no, no podíamos tener miedo a esta enfermedad, si no nos iba a ganar”, relata. Al igual que cientos de otros exámenes, el de Pedro resultó ser “un falso negativo”. Esto se comprobó cuando su cuadro clínico se agravó y fue hospitalizado por neumonía. Ella estaba aislada, no podía salir de casa. Fue entonces cuando Pedro se despidió y la paradoja de haber festejado una semana antes su aniversario de matrimonio cobró sentido. Ese 21 de marzo, el día en que cumplían 22 años casados, fue el último día de Pedro en su hogar, el que forjó junto a la parvularia y sus dos hijos.

Hospitalizados

Ximena, al día siguiente, sintió que su estado de salud empeoraba y decidió hacer lo mismo que su esposo y acudir a la clínica. Cuenta que despertó a su hijo y juntos llamaron a un conductor de Uber, pidiéndole que por favor la llevara. Le contó que tenía Covid y este le dijo que lo sentía mucho pero que tenía hijos y no podía llevarla. Un segundo vehículo la aceptó. “Yo iba forrada entera. Se fue a toda velocidad con todas las ventanas abajo, yo no hablé nada para no contagiarlo”, relata.

Ya en la Santa María, también le diagnosticaron neumonía y la hospitalizaron.

Luego de un día internada, a Ximena le dieron de alta. Su marido no corrió la misma suerte: el lunes lo trasladaron a la UTI para que los doctores pudieran tenerlo en observación. Esa fue la última vez que pudo hablar con él porque a esa parte de la clínica no se podía ingresar con teléfono celular. “Me dijo que nos quedáramos tranquilos”, recuerda Ximena.

Despedida

El 26 de marzo a Ximena lo llamó un doctor y le dijo que su marido no estaba bien y que probablemente ese día lo iban a tener que intubar. A las 2.00 la llamaron de nuevo para avisarles que ya lo habían hecho. “Todo era una pesadilla. Nos hablaban tres doctores. Uno me dijo: tu esposo está supergrave, en cualquier momento le da un paro y se muere.”, recuerda.

Ya no podía enfrentar la situación, así que le pidió a su cuñado que recibiera los llamados en que le informaban el estado de su cónyuge.

Pedro le pidió a Ximena adelantar su festejo de aniversario de matrimonio, como una premonición de lo que luego pasaría. Una semana después cayó hospitalizado y no sobrevivió al Covid.

El sábado 4 de abril, dos días después de lo que ella cree ha sido el peor de sus cumpleaños, tocaron el timbre de su departamento. Era su hermana junto a su cuñado vestidos con unos trajes blancos. Entre los dos le contaron que Pedro estaba muy mal y le dijeron que el doctor les había dicho que fueran a despedirse de él.

Ximena fue en auto junto a sus hijos, pero solo ella entró a la clínica. Ahí una vez más tuvo que lidiar con un personal de salud que a esa altura ya estaba estresado y que le decían que no podía estar ahí, pese a que ella explicaba que el médico tratante de su marido le había permitido verlo por última vez. Cuando entró a la UTI, recuerda, un doctor la retó porque estaba llorando y limpiándose la nariz. “Me dijo que no podía tocar y que podía mirar a mi marido desde un vidrio”, cuenta. Cinco días después Pedro falleció y se convirtió en una de las primeras víctimas fatales de una pandemia que sigue presente.

Enseñanzas

Ximena tenía la esperanza de que cuando se cumpliera un año de la muerte de su marido iba a poder despedirlo como corresponde, con una misa con todos quienes lo querían. El viernes 9 de abril se conmemoró el primer aniversario de su partida y, lejos de sus pretensiones de poder homenajear a quien fue su compañero durante más de dos décadas, se encuentra al igual que el año pasado, aislada, junto a sus hijos, viviendo su duelo en Los Molles. “El caminar que uno hace después es muy superdoloroso. Yo me siento en deuda con Pedro, tengo que darle una despedida como corresponde, porque se lo merece, porque su paso por la vida fue hermoso. Amaba a sus hijos y se sentía tan orgulloso de ellos siempre”, dice Ximena.

Entre las enseñanzas que le dejó la pandemia, cree que una es que ya no se debe proyectar tanto: “Voy día a día y que tengo que honrarlo de distinta forma. Y nosotros lo honramos todos los días, levantándome en la mañana, viendo la belleza de por qué tenemos que vivir, mirando a mis hijos y sintiendo el orgullo que él tenía por ellos también”.

Pero este año en medio de la pandemia no ha sido fácil. “Cada vez que veo en la televisión a una persona intubada, veo a Pedro. Y por eso que es tan difícil superar este duelo, tengo que ver todos los días las razones porque mi marido murió”, dice. Aún le apena pensar lo que provocó todo esto: “Lo único que hice fue haber ido a trabajar. Hacer reuniones de apoderado con gente que viajaba mucho”.

Pedro Fernández junto a sus hijos Ignacio y Tomás.

Por eso hoy Ximena busca generar conciencia en las personas. “En muchas ocasiones escucho a papás que dicen que es terrible que sus hijos no pueden sociabilizar, que están superdeprimidos, que ellos necesitan ver a sus amigos. Mis hijos necesitaban estar con su papá. No es tiempo de mirarse el ombligo, no es tiempo de decir que necesito ir a una fiesta”.

Hace unos días la educadora de párvulos renunció al Saint George’s luego de siete años. “Tenía que ir presencial, no me dieron otra posibilidad. La pandemia no se ha acabado y no me puedo morir, no puedo dejar a mis hijos solos, ni correr el riesgo de decir ‘veamos si es que contagio o no’, yo sé cuáles son las consecuencias, sé que mi marido no está y eso no puedo permitirlo. Si tengo que amarrarme el cinturón y cambiar mi forma de vida lo voy a hacer, pero quiero que mis hijos tengan a su mamá”.

Ahora su plan es encontrar un trabajo telemático: “Me tengo que reinventar y lo voy a hacer y mis niños también, porque Pedro nos da fuerza todos los días”.

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