La búsqueda por los estudiantes perdidos

Las cifras del Mineduc sobre los 50 mil alumnos que desertaron del sistema escolar encendieron las alarmas en algunos establecimientos, donde se propusieron rescatar a los ausentes crónicos. Es el caso de una trabajadora social de un colegio en La Reina. En sus recorridos ha encontrado respuestas para el ausentismo: drogas, salud mental, abandono y padres que nunca estudiaron.


Son las 9.00 del jueves 24 de noviembre y en el Colegio Bicentenario de La Reina, Macarena Castillo (34) tiene que cumplir con una tarea: lograr que los cuatro adolescentes que cursan educación media en ese recinto, y que están en riesgo de deserción, vuelvan a ir a clases.

Con uno de ellos, que iba en tercero medio, ya no hubo caso. Castillo había llamado varias veces a sus padres sin obtener respuesta, hasta que le contestaron y le dijeron que la decisión ya estaba tomada: su hijo, a quien le faltaban dos años para graduarse, no iría más al colegio sin dar mayores razones.

Solo le quedan los otros tres restantes, a quienes hoy sale a buscar. Con una credencial escolar colgada que la identifica como asistente social, un formulario y un mapa dibujado a mano donde ubicó las tres casas que se encuentran en el mismo barrio del colegio -de las que no tiene el número exacto-, parte sin muchas expectativas.

-Ya les he ido a tocar el timbre, pero nadie responde- dice.

Primera parada

Macarena Castillo nunca había trabajado con niños y adolescentes. Ella, una técnico en enfermería de Las Condes y madre de un hijo de 12, llevaba ocho años trabajando en un consultorio de la comuna de La Reina con personas mayores cuando se dio cuenta de que quería estudiar de nuevo. Eso hizo en 2014 y entró a Trabajo Social.

No sabía de porcentajes de deserción escolar y ausentismo crónico hasta que llegó a trabajar en marzo de 2021 a la sede de educación media del colegio municipal de La Reina. No era que este establecimiento se caracterizara por eso, pero lo cierto es que aunque tuviera sello bicentenario -lo que significaba que era un colegio de excelencia y con altas expectativas de desarrollo de sus alumnos- no se salvaba de los números de ausentismo y deserción que de a poco empezaron a escalar a partir de la pandemia.

El primer síntoma fue la disminución en la cantidad de matrículas. Si entre 2017 y 2019 se inscribían alrededor de 950 alumnos, en 2020 ese número bajó a 822, en 2021 fue de 855 y este año fueron 816 los inscritos. Las razones no eran necesariamente deserción. Según explican desde el establecimiento, había cambios de domicilio, extranjeros que volvían a vivir a sus países o cambio de colegio por los niveles de violencia escolar que comenzaron a asomar a la vuelta de las cuarentenas. Pero la idea de tener niños que faltaban por un mes o más comenzó a preocupar a los profesores.

Lo de ellos no era un caso aislado. Los números de ausentismo crónico aumentaron en todo el país y llegaron a una cifra inédita: 50.529 alumnos han salido del sistema escolar entre 2021 y 2022, lo que significa el 1,7% de la matrícula nacional. Esas cifras entregadas por el Centro de Estudios del Ministerio de Educación arrojaron, también, que la mayoría de esos retiros se concentra en zonas urbanas. De hecho, la RM es la región con más personas que abandonaron el sistema. Casi la mitad de los alumnos que desertaron -un 48,7%- viven ahí.

Macarena Castillo cruza la vereda del colegio, avanza 100 metros y da con el portón de una casa sin timbre. Pasan dos minutos desde que toca la puerta y grita desde afuera. Una mujer le abre. Es la madre de una alumna de cuarto medio que no asiste a clases desde principios de septiembre. Castillo sabe que la razón es porque la joven quedó embarazada. El tema es que en el colegio la apoyaron, le dijeron que existía un protocolo específico para las madres y que había recursos y herramientas para que la alumna pudiera terminar con sus estudios.

-No ha querido ir porque dice que le da vergüenza llegar con esa guata. Anda con el pololo ahora en Peñalolén, pero estas semanas ha estado comprando ropa para la hija en Quinta Normal -cuenta la madre.

-Entiendo, señora. Mi invitación, de todas formas, es motivarla para que vaya al colegio. Yo sé que es súper complicado, pero puedo analizar su situación para que pase de curso. Ella cumplió y tuvo buenas notas.

-¿Usted cree que la puedan hacer pasar? Por favor, señorita, déjela pasar para que pueda estudiar, hacer algo en la vida. Imagínese que el pololo no hace nada, está metido en las drogas y ni trabaja.

-Vamos a analizar su situación, pero es importante que termine su educación. Ella sabe que estamos aquí.

Después de 20 minutos de conversación, Castillo se va de la casa y no menciona un detalle hasta alejarse un par de metros: tanto la alumna como su grupo familiar consumen drogas.

-Basta con que una persona entre en consumo para que afecte a toda la familia. No te lo dije antes, pero la semana pasada en esa casa incluso hubo una balacera.

Segunda parada

Pese a que la deserción escolar ha sido un problema histórico en Chile, las cifras recogidas por el Mineduc muestran que ahora hay un componente nuevo: el 54% del total de estudiantes que desertaron son de enseñanza básica. Aylin Gandara, directora de la sede Junior del colegio particular subvencionado de Lo Barnechea Betterland School lo ha visto de cerca. Tanto en enseñanza media como en básica, el porcentaje de ausentismo crónico en ese establecimiento -cuando el alumno falta más de 20 días hábiles al año- es de un 54%. La cifra es peor entre prekínder y cuarto básico: el 60% de los alumnos está en estas condiciones. Para entender la real dimensión del problema, hay que añadir otro elemento: la mayoría de los colegios exige alrededor de un 85% de asistencia para pasar de curso.

-Estamos recién en el proceso de descubrir por qué se da esto, pero el argumento principal que vemos es que las familias ya no nos ven como un espacio educativo. Hoy día somos más una guardería para ellos. Cuando a mí me molesta la guardería no mando al niño, cuando a mí me sirve la guardería mando al niño e, incluso, lo vengo a buscar tarde y nadie me puede decir nada -explica Gandara.

Las clases online y el fácil acceso a la información a través del teléfono, dice la directora, hicieron que los padres dejaran de valorar lo que se les enseñaba en el colegio. El problema es que, para Gandara, las habilidades socioemocionales que desarrollan los niños ahí son algo mucho más importante que las materias académicas.

Mientras reflexiona en su oficina, se acuerda de un caso en particular. Se trata de una alumna de tercero básico que tiene apenas un 28% de asistencia. Su ausencia comenzó con la pandemia, al igual que las de su hermano mayor, que estudia en la sede de media.

-Su mamá es adicta, su papá no existe. Antes de la pandemia funcionábamos para esa mamá, porque traía a los chicos y había una rutina. El 2020 se quedaron en la casa y no pudo con sus niños. Ese año tuvieron un 5% de asistencia. El 2021 fue la misma situación. Hicimos un plan de contención para que participaran y los hicimos pasar de curso, pero este año ha sido lo mismo. Con la más chica, la justificación de la mamá es que tiene que viajar mucho al sur. La niña solo ha venido el primer trimestre, así que durante el segundo colocamos una medida cautelar e hicimos una denuncia por vulneración de derechos. Pero no hemos tenido avances judiciales.

El Centro de Estudios del Ministerio de Educación entregó otro dato. Por lejos el curso con más desertores a nivel nacional es primero medio: en ese nivel hay 6.736 alumnos que en 2022 deberían haberse matriculado, pero no lo hicieron.

Macarena Castillo sigue su recorrido por la manzana de Villa La Reina en búsqueda de dos adolescentes de ese mismo nivel. Luego de caminar cinco minutos, llega a un almacén del barrio donde la recibe una mujer de 85 años. Ella es la bisabuela del alumno de primero medio que Castillo busca, uno que fue a clases por última vez el 30 de agosto.

-Sabe que mi niño está durmiendo y no quiere despertar. Me dice que está muy cansado, porque ayer se acostó a las 2.30 de la mañana repartiendo los pedidos de comida del local de pollos de la esquina.

La mujer cuenta que ella crió a los tres hijos de su nieta. La madre del alumno ha sufrido episodios de violencia intrafamiliar con sus parejas y el padre vive en Talca. Los otros dos hermanos del alumno -aunque se criaron juntos en La Reina- ya no viven con él: uno se casó y se fue a vivir fuera de Santiago y el más pequeño está con su abuelo paterno en el sur. Hoy solo son dos en la casa.

-Pucha, está durmiendo poquitas horas -asiente Castillo-. ¿Ha podido hablar del tema con su bisnieto?

-Sí, yo lo entiendo, señorita. Si él tiene su mochila, sus cuadernos, todo ahí a la mano. Pero este año se quiso dedicar a trabajar. Lo que pasa es que a él siempre le faltan cosas y yo no tengo para vestirlo. Ellos quieren su ropita, sus cosas, y yo estoy enferma, ando apenas- responde.

-Sí, pues. Si logramos que volviera y estuvo un mes, pero después de nuevo se nos perdió. Es importante que termine su educación.

-Sí, yo sé, pero bueno: nosotros nunca estudiamos, porque nos criamos aquí, trabajando, cuando esto era un fundo. Mis hijos estudiaron, pero no terminaron el cuarto medio. Y mis nietos igual, todos se dedicaron a trabajar- concluye la familiar.

Macarena Castillo le pide que anote su nombre y su firma en el formulario, pero la mujer le dice que no sabe escribir, así que solo le deja una firma que usa para facturar las ventas de su almacén.

Rebeca Molina, fundadora de la Fundación Presente, una que trabaja con 23 colegios actualmente para prevenir la deserción escolar, comenta que casos como este significan una pérdida de valoración de la educación y es un patrón que se repite en las familias:

-La escolaridad de los padres es un predictor de vulnerabilidad. Entonces no es solamente una generación que no saca cuarto medio, sino que la siguiente también.

Castillo sale del almacén y mira el mapa dibujado para dirigirse a la próxima casa.

-¿Ves? Si nadie en su familia terminó el colegio, es difícil que el alumno quiera hacerlo.

El negocio de los pollos

La última casa del recorrido en Villa La Reina es la que está más lejos del colegio. Ubicada en un pasaje con el portón abierto, Castillo entra y toca la puerta durante 10 minutos.

-Aquí lo más probable es que no esté ni el niño ni su familia.

Cuando está a punto de irse, aparece una mujer de 80 años. Es la abuela del alumno de primero medio que busca.

La historia es parecida a la última. Según cuenta la asistente social, el joven sufrió el abandono de ambos padres cuando era pequeño, y fue criado por su abuela materna. A medida que ha ido creciendo, la relación se ha quebrado entre los dos.

-Ella en el colegio ha dicho que no tiene por qué hacerse cargo de este niño, que no le hace caso, que se va a ir al sur, porque está cansada. Pero nosotros le hemos dicho que él no puede quedarse solo. Hemos activado las redes externas, como las instituciones de protección a menores, pero nadie da respuesta -cuenta Castillo.

Cuando ya está sentada en el living, el joven de 17 años aparece y se sienta a conversar con la trabajadora social, quien, de manera delicada, comienza a hacerle preguntas.

-¿Por qué no has ido al colegio?

-No sé, tía, no he querido.

-¿Qué has pensado de lo que hablamos la otra vez?

-Lo que pasa es que no tengo ánimo. Empecé a trabajar los fines de semana en el local de los pollos, ahí en la cocina, de 6.00 hasta la 1.30 de la mañana.

El lugar es el mismo donde trabaja el alumno anterior.

-¿Qué más has estado haciendo?

-Ayudando a arreglar motos, me compré una usada.

-¿Y usted sabe que para andar en moto necesita licencia?

-Sí.

-¿Y para tener licencia qué necesita?

- Tener cuarto medio, tía.

La abuela interviene.

-Yo le dije todo eso, señorita, pero no hay caso. Se compró un cacharro de moto, no tiene ni patente. Si te sacan un parte te la van a quitar más encima.

Castillo retoma las preguntas.

-¿Y para qué te compraste la moto?

- Para arreglarla y venderla, es que me salió barata.

-¿Viste? Y más encima te gusta la mecánica, que es justo una de las especialidades técnico-profesional que tenemos en el colegio.

Detrás de la conversación suena el matinal de un canal de TV, donde transmiten una nota sobre los alumnos que han sido primera generación de profesionales en sus familias. Hablan expertos y jóvenes que cuentan su experiencia estudiando carreras técnicas. El alumno de primero medio tiene la mirada pérdida en la nota televisiva mientras Macarena Castillo le hace una oferta:

-Si quieres realmente volver y terminar tu educación, te quedan 11 días de clases. Con que vayas estos 11 días va a ser el primer paso para nosotros decir sí, el alumno está motivado. Pero necesitamos tu actitud.

La abuela vuelve a intervenir.

-No creo que lo cumpla, este niño quiere ser uno más de los que están en la esquina parados. Hay muchos de esos aquí.

-Pero es que quizás él está desmotivado -dice la asistente social-. Usted tiene que apoyarlo, solo se tienen a los dos.

Castillo deja registrado un compromiso, escrito en un papel, que el alumno asistirá al día siguiente a clases y, luego, sale de la casa.

-Llevo unos 11 compromisos firmados por él este año -dice.

Desde la Fundación Presente, Rebeca Molina explica que “pensar que la deserción es una decisión que se toma de un día para otro es un error. Esto es el desenlace de un proceso muy largo, que empieza desde prekínder. Desde ahí se mezclan una serie de factores que te sacan del sistema. La deserción es la etapa final”.

Marcelo Sánchez, gerente general de Fundación San Carlos de Maipo -también dedicada a la educación e infancia- habla incluso de que este problema puede tener un costo económico a nivel nacional.

-La exclusión escolar tiene un costo para la sociedad chilena de 18,2 miles de millones de dólares, lo que corresponde a 6,43% del PIB. Esto es una estimación del beneficio que la sociedad pierde debido a la ocurrencia de exclusión escolar, donde hay costos asociados a menores ingresos laborales, mayor tasa de desempleo, mayores gastos asociados a subsidios monetarios, mayores gastos de salud, menores impuestos recaudados asociados a menores ingresos. En la estimación de los costos que se ahorraría el Estado con la disminución de la prevalencia de la exclusión escolar se incluyen los ahorros en menor desembolso de subvención escolar.

02 Diciembre 2022 Entrevista a Macarena Castillo, asistente social del colegio Complejo Educacional La Reina / Desercion escolar / Sala de clases vacia. Foto: Andres Perez

Al día siguiente, el viernes 25, el único estudiante de Macarena Castillo que volvió a ir a clases fue el último que visitó: el que firmó el compromiso. Ella se alegró. Lo recibió en la entrada del colegio y lo felicitó por haber cumplido el trato. Pero el entusiasmo terminó ahí.

A la semana siguiente, el alumno no regresó.

Comenta

Por favor, inicia sesión en La Tercera para acceder a los comentarios.

Poner en práctica un ritmo pausado a la hora de comer, ayuda al cerebro a asimilar la ingesta de alimento y calmar el apetito.