Los costos de ser superdotado

Diego y Tomás Rojas son dos hermanos con capacidades estudiantiles por encima del promedio. Eso les ha abierto puertas académicas, como convertirse en alumnos universitarios a pesar de ser adolescentes, y cerrado otras: ninguno logra encajar con jóvenes de su edad. Esa, han aprendido, es la prueba más difícil que tendrán que superar.




Diego Rojas (19) cursaba quinto básico cuando entendió que su condición académica no les hacía gracia a sus compañeros. El momento lo recuerda con claridad: había ganado un torneo de ajedrez, el primero que jugaba en su corta vida, y apenas lo nombraron ganador fue corriendo a contarles a sus pares. Nadie lo tomó en cuenta, dice, ni siquiera uno solo lo felicitó. Eso lo frustraba, pues observaba que cuando esos mismos compañeros ganaban un partido de fútbol eran el centro de atención y les celebraban su logro. “Yo solo quería compartir mi felicidad, pero era mal visto hablar algo relacionado con mi inteligencia”, dice.

Su hermano, Tomás Rojas (17), también tiene esos recuerdos de infancia: mientras sus compañeros de primero básico recién aprendían a sumar, él ya podía resolver multiplicaciones de hasta tres dígitos. Ir más rápido que el resto lo aburría, pero además lo angustiaba. De alguna manera, sentía que no encajaba en ese mundo.

Los hermanos Rojas son dos estudiantes de Concón y alumnos de la Universidad Católica de Valparaíso. Diego -el mayor-, tras sacar su Licenciatura en Matemáticas, a sus 19 años acaba de ingresar a un doctorado en la misma materia en la Universidad de Wisconsin-Madison, Estados Unidos. Tomás, en tanto, con 17 ya va en quinto año de la carrera de Ingeniería Civil Informática. La condición de ambos, en simple, es una alta capacidad intelectual que está por sobre el promedio de sus pares. Pero, al contrario de lo que se piensa, esa habilidad varias veces no les ha hecho la vida fácil.

Tomás (17) y Diego Rojas (19).

Bien lo saben sus padres. Cuando a Pablo Rojas (48) le alertaron de la condición de sus hijos, sintió más bien una responsabilidad. A pesar de que siempre notó que sus hijos aprendían rápido, no fue hasta que una psicóloga en el Colegio Saint Paul’s de Viña del Mar, donde estudiaban, les explicó que existía una posibilidad de que ambos tuvieran un talento académico por sobre la media, que lo entendió. Porque ese motivo, les contó la profesional, explicaba que ambos avanzaran más rápido que el resto de sus compañeros. “Sentimos una responsabilidad de que se pudieran criar felices en un entorno difícil para las personas que tienen diferencias. Nos dimos cuenta de que no había un camino hecho y entendimos desde un principio que tendríamos que ser nosotros quienes debíamos forjarlo”, dice Pablo Rojas.

Sobre todo porque, al comienzo, ambos hermanos sabían que eran distintos. El problema era encajar en su entorno social: “Nunca interactué mucho con los compañeros. Eventualmente aprendí a hacerlo, pero no los entendía. No podía entender lo que estaban pensando. Me frustraba mucho eso. Tenía que inventar juegos para que me tomaran en cuenta”, relata Diego Rojas.

Los hermanos Rojas Diego, Tomás y José Pablo cuando estudiaban en el Colegio Science College de Viña del Mar.

Tomás recuerda que la sensación era como la de sentirse aislado. No solo porque cada vez que se hacía una actividad académica él siempre era el primero en terminar y tenía que esperar al resto. Sino que también porque sus compañeros lo molestaban. Este era el problema de fondo que lo angustiaba: “Que te catalogaran como distinto a pesar de que tú sentías que podías ser como el resto. Te alejaban y te hacían sentir como que no pertenecías. Estabas por tu propia cuenta, pero no tenías nada que hacer”, recuerda Tomás.

Tras pasar del St Paul’s al colegio San Patricio, y de ahí al colegio Science College, ambos en Viña del Mar, los papás de los hermanos Rojas tomaron una decisión que ya habían conversado con psicólogos. Lo mejor, pensó Pablo Rojas, era que sus hijos estudiaran en la casa a través de un programa especial y el ámbito social lo cubrieran en otros espacios. “No podías forzar una sociabilización donde no estaban trabajando en proteger su salud mental. Muchos psicólogos nos decían que había niños que empezaban a responder mal en matemáticas porque socialmente no calzaban. La inteligencia los llevaba a adaptarse al entorno, porque era vergonzoso decir que sabían más”.

Fue entonces que cuando Diego tenía 10 años y Tomás ocho, dejaron de ir al colegio.

Tomás Rojas desde el colegio que se interesó por la programación. A sus 17 años hoy cursa su quinto año de Ingeniería Civil Informática en la PUCV.

Salir de la normalidad

Para el psicólogo Ricardo Rosas, académico de la Escuela de Psicología de la UC, el concepto de superdotados es algo arcaico. La mejor manera de describir esta condición, dice, es hablar de altas capacidades o talento académico. Aunque a nivel neuronal no está claro por qué ocurre, Rosas explica que pueden ser varias cosas: una es que esta sobrehabilidad se dé porque existe un trastorno del espectro autista. Otra, que sean personas que desarrollaron esto tras algún accidente, como ataques epilépticos, que generaron una reorganización cerebral. La última tesis es que simplemente se deba a una sobreestimulación del aprendizaje en la infancia. “No existe un fenómeno biológico que explique esto. Evidentemente que la educación intensiva cambia tu cerebro, porque hace que tengas muchas más conexiones neuronales entre tus áreas cerebrales. Por lo tanto, un niño más estimulado, necesariamente va a ser más inteligente, porque va a tener más interconexiones en su cerebro”, explica Rosas.

Lo cierto es que ni siquiera Pablo Rojas se explica por qué dos de sus tres hijos son así. Aunque sí hay algo de lo que está seguro: al menos en lo académico, una vez que decidieron dejarlos estudiando en la casa sus conocimientos se dispararon. Lo hicieron a través de Beta, un programa propiciado por la Universidad Católica de Valparaíso que entrega un contexto educativo que favorece el desarrollo integral, las habilidades de orden superior y comportamientos prosociales de estudiantes con altas capacidades cognitivas.

La modalidad era extraprogramática: clases particulares a cada uno durante la semana y de viernes a sábado asistían a talleres presenciales. Tenía una estructura parecida a la de la universidad, pues ambos podían escoger sus ramos. En términos académicos, era lo que los Rojas siempre habían querido. “Todos los días partíamos a las 8.00 leyendo un libro, el que nos diera la gana. Después había distintos horarios, pero no era como estar todo el día estudiando. Teníamos Biología, Lenguaje, Programación, pero todo era más didáctico”, recuerda Tomás.

Los hermanos Rojas tienen un vínculo especial. “Con él nos entendemos y no me siento juzgado”, dice Tomás.

En este programa participaban más niños como ellos y eso los hacía sentirse menos aislados. Pero los Rojas seguían pensando que eran diferentes, sobre todo porque la interacción con sus pares se hacía aún más difícil estudiando solos la mayor parte del tiempo. Ese mismo año decidieron buscar un lugar que les cubriera esa necesidad. Fue entonces que empezaron a asistir a una iglesia anglicana en Viña del Mar. “Mi interacción ahí no estaba orientada a una edad ni tampoco a algo académico. Ahí yo era un igual, no un bicho raro”, dice Diego Rojas.

Mientras participaba de esa comunidad y avanzaba en su aprendizaje con el programa Beta, apareció otra posibilidad. Un profesor lo invitó a unas olimpíadas de matemáticas que involucraban competencias en varios países. Diego participó en Rumania, Brasil y Ecuador sacando buenos resultados. Tras esa experiencia, el mismo profesor le sugirió que probara un ramo teórico de la Facultad de Matemáticas de la Universidad Católica de Valparaíso. El desafío era ver si lo aprobaba: Diego Rojas pasó esa clase con promedio siete.

A todas las olimpiadas de matemáticas en las que Diego Rojas ha participado ha sido premiado: ha tenido mención honrosa, medallas de plata y de oro.

El segundo semestre de 2017, con 15 años, estaba entrando a estudiar Matemáticas en esa universidad. Más allá del éxito académico, para Diego Rojas lo importante era otra cosa: ver si en este mundo, a diferencia de los anteriores, sí podría encajar.

Separarse

Actualmente no existe un estudio que establezca realmente cuántos estudiantes con talento académico hay en Chile. Según el Mineduc, el consenso internacional es que estos alumnos son los que se encontrarían en el 10% superior de la curva de aprendizajes. Eso, de acuerdo con la matrícula actual de la población escolar nacional, abarcaría a alrededor de 330 mil estudiantes. Para ellos hay varias opciones. El programa de Promoción de Talentos en Escuelas y Liceos, creado en 2007, es el más importante. Ahí se otorgan becas para niños de 5° básico a 4° año medio, de manera de poder participar en programas de talento académico desarrollados por universidades que tienen convenios con el Mineduc, como el programa Beta de Valparaíso. Este año, 1.990 estudiantes cuentan con esta beca y más de 10 mil han sido beneficiados desde que partió la iniciativa. “A estos estudiantes se les desafía en un contexto de aprendizaje que favorezca su bienestar y el desarrollo de sus talentos, lo que no se da en general en la educación formal de nuestro país. Por tanto, quedan un poco fuera de este sistema”, explica Carolina Vidal, directora de Programas de Inclusión PUCV.

Con este tipo de programas, los estudiantes con altas capacidades pueden avanzar en sus aprendizajes. Eso sí, en paralelo al plan regular educacional. En Chile no está permitido adelantar a los alumnos de curso, tampoco sacar una licenciatura sin tener completa la enseñanza media. Ingresar a una carrera en la educación superior dependerá de cada universidad. Pero la norma es que, al momento de titularse, el colegio esté completo.

Por eso que los hermanos Rojas siguieron avanzando paralelamente en sus cursos, sin asistir a clases, pero rindiendo todas las pruebas necesarias para pasar de nivel. “Dos semanas antes de los exámenes libres me ponía a estudiar la materia, eran pruebas bien simples”, dice Tomás, que ahora se encuentra terminando cuarto medio mientras estudia su carrera. Entró también a los 15, casi dos años después de que Diego ingresara a Matemáticas.

No sentirse parte del sistema, según la psiquiatra infanto-juvenil de la Red de Salud UC Christus, Elisa Cohelo, es esperable en casos como el de Diego y Tomás Rojas. Precisamente porque, explica, ante habilidades sobredesarrolladas pueden existir otras más deficitarias. Todo tendría que ver con el manejo ambiental de la familia y del colegio. “No hay que enfocar todos los esfuerzos en un solo dominio del desarrollo, que es lo cognitivo. Sino también vivir de una manera más armónica, con contacto con niños de su edad, con una vida social. Sobre todo para niños más chicos, donde lo que importa es lo lúdico”, dice ella.

Los dos pensaban que la universidad sería el lugar donde, finalmente, podrían conectar con el resto de sus pares. Pero ser menores que todos sus compañeros hacía que siguieran sintiéndose distintos: “En la universidad nunca conecté completamente, la diferencia de etapas de vida era notoria. Y, por otro lado, cuando intentaba conectar con los de mi edad, tanto en el colegio como en la iglesia, tampoco entendían que yo estuviera en la universidad. Nunca he encontrado a nadie al que le calcen esas dos cosas”, dice Diego Rojas. A él, después de obtener su licenciatura, le ofrecieron hacer el doctorado en Estados Unidos. Apenas lleva una semana de clases ahí, también con compañeros extranjeros que tienen su edad y que están adelantados. Por eso siente que, por fin, llegó al lugar donde tiene que estar.

Varias veces Tomás Rojas se ha cuestionado si tener esta habilidad vale la pena: “Me he dicho a mí mismo que quiero ser normal, como el resto. Yo creo que es algo que le tiende a suceder demasiado a la gente con talento académico”, comenta. Su pasión por la programación es una de las cosas que, dice, lo impulsa a seguir este camino y, al mismo tiempo, buscar espacios para reconectar con personas. Uno de ellos lo ha encontrado traspasando sus conocimientos a otros. Actualmente hace clases en Concón, enseñando a programar en distintas plataformas a niños más pequeños.

Después de titularse de Ingeniería, su siguiente paso es un doctorado: igual que su hermano, que es la única persona con la que ha logrado establecer un vínculo más fuerte. “Con él nos entendemos y no me siento juzgado”, dice. Aún así, Tomás Rojas sabe que eso no es suficiente. Aunque es optimista: “Eventualmente -dice- encontraré un lugar en donde encaje”.

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