Valentina Verbal: “En la derecha también hay una versión peligrosa de la política identitaria”

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La historiadora, de ideas difíciles de vender a un mismo auditorio, ve a la derecha en una encrucijada: o defiende la libertad “de una manera profunda” o se resigna a imitar la deriva identitaria de la izquierda, con la democracia liberal como víctima. De paso, considera “ridículo” que se propongan cuotas parlamentarias para personas trans.




“Identitaria y posmoderna”. Sabemos a qué tipo de izquierda se refiere un intelectual de derecha cuando invoca, casi de memoria, esos dos adjetivos. La novedad es que Valentina Verbal, militante de Evópoli y autora del libro La derecha perdida (2017), los emplee aquí para definir la corriente política que lidera José Antonio Kast. Vuelta de tuerca tanto más inesperada si proviene de quien también ha ejercido el activismo en defensa del mundo LGTB y en particular de las personas trans, flor y nata, en principio, de las políticas identitarias, y colmo del posmodernismo para el temple conservador.

Vía Zoom desde Miami (estudia un doctorado en la Universidad Internacional de Florida), Verbal sale en defensa de esta tesis, que trae consigo otras tantas –moderadas o radicales según qué tipo de liberal sea usted− acerca de las tensiones que hoy nos ocupan:

“Sí, hasta ahora toda esta discusión se ha centrado en la izquierda. Pero en la derecha también hay una versión peligrosa de la política identitaria. Y a mí esto preocupa por dos lados: el peligro que significa para la propia derecha y el peligro que significa para la democracia. En lo segundo, eso sí, también incluyo a la nueva izquierda”.

Partamos por la derecha.

Lo que creo es que la derecha del Partido Republicano puede hacerle mucho daño a la derecha histórica. De partida, porque representa otra cosa. La derecha siempre tuvo distintas vertientes, pero las dominantes han sido la liberal y la conservadora. La socialcristiana y la nacionalista, que ahora tratan de rescatar algunos intelectuales, han sido menores. Y esta alianza estratégica de liberales y conservadores ha tenido siempre un eje central: defender, frente a la izquierda, la libertad económica. Ese es el mínimo común histórico de la derecha. En cambio esta nueva derecha, que tanto critica el posmodernismo y las políticas de la identidad, se mueve justamente en ese eje. Tú me dirás “cómo va a ser posmoderna, si es antimoderna”. Pero eso no es necesariamente contradictorio, al menos en términos políticos.

¿Qué la haría posmoderna?

Primero, que trata de mezclar el agua y el aceite. Porque quiere hacer confluir tres vertientes un poco incompatibles: el libertarianismo, un conservadurismo fuerte y el nacionalismo. Es un ideario que viene de la Alt Right estadounidense, y de algunos pensadores como Hans-Hermann Hoppe, un filósofo libertario muy conservador y filofascista. Seguramente José Antonio Kast no ha leído a este personaje, pero algunos activistas sí los leen y esas ideas se van traspasando. También ayudó mucho a esto la experiencia de Trump. Y se manejan muy bien en las redes sociales. La principal diferencia es que la Alt Right pone mucho acento en el supremacismo blanco, lo que en Chile no tendría mucho sentido. Entonces reemplazan eso por una suerte de biologicismo sexual, en contra de las diversidades sexuales.

Pero esa mezcla de libertad económica, valores cristianos y nacionalismo, ¿no ha sido también propia de la derecha histórica chilena?

La derecha siempre tuvo un fuerte componente conservador católico, eso está claro. Pero no al punto de creer que lo más importante es defender una identidad moral colectiva. Y tampoco ha tenido el sentido misional que tiene esta derecha cuando habla “salvar la cultura occidental” o ridiculeces de ese tipo. Al contrario, ha sido pragmática. El propio Jaime Guzmán, que tenía un proyecto misional al principio, al final fue pragmático y se alió con los liberales económicos para formar el proyecto que dio lugar a la Constitución del 80. Es decir, abandonó la Declaración de Principios de 1974, que era corporativista. Esta derecha identitaria, en cambio, no es fascista, sería exagerado decir eso, pero se acerca un poco a ese sentido misional del fascismo. Y tiene una concepción de la política que es potencialmente antidemocrática, para decirlo en términos suaves.

¿Por qué?

Porque concibe la política a partir de la relación amigos-enemigos, en lo cual es muy similar a la nueva izquierda, que ha recogido esa idea de Carl Schmitt a través de Chantal Mouffe y otros. Toda esta visión antiacuerdos, que ve en la política institucional un contubernio oligárquico, es producto también de que esa izquierda generó una contracara en el otro lado. O sea, esa derecha es bastante hija de la izquierda. De hecho, yo no digo que fuera un error apoyar a Kast en la segunda vuelta, porque era eso o un gobierno del FA y el PC. Pero sí sería un grave error formalizar una alianza con ellos.

Si la derecha se alía con el Partido Republicano “corre el riesgo de retroceder 40 años”, escribió en la revista Santiago.

Sí. Porque la derecha de Chile Vamos avanzó bastante, desde el año 90 hasta acá, en rechazar la dictadura. Pero creo que, además, esa alianza alejaría a la derecha de la única caja de herramientas que tiene hoy para hacerle frente a la izquierda: defender la libertad de una manera profunda, no por razones económicas, sino morales. Incluido el libre mercado, que para mí es muy defendible por razones morales. Si no logra construir ese relato, claro, la única opción va a ser imitar el camino identitario de la izquierda. Pero eso es apostar a seguir polarizando la sociedad.

¿Qué sería para usted una política no identitaria? ¿Existe eso?

Claro, en un sentido amplio todos los partidos son identitarios. Pero hoy le llamamos “política identitaria” a algo más específico: concebir la política como la defensa de identidades culturales colectivas, con un horizonte de sentido y ciertos valores asociados que deberían prevalecer frente a las reglas de la democracia liberal. Y eso hacen ellos cuando hablan de “defender a Occidente de la ideología de género”, o cuando en Europa hablan de la nueva invasión de los moros que amenaza la identidad nacional. La única diferencia con la izquierda es que reivindican una macroidentidad. Ahora, yo creo que las identidades colectivas existen. La nación chilena existe, por ejemplo. Pero son identidades que se van forjando por sí mismas, con el tiempo, y que no se pueden usar desde la política como un subterfugio para violar libertades ni para atentar contra las legítimas diversidades de una sociedad.

Y si esa es la crítica al identitarismo de derecha, ¿cuál sería la crítica al de izquierda?

El corporativismo, sobre todo. No quiero generalizar, pero creo que el sector más hegemónico de la izquierda cree que una democracia, para ser tal, no se tiene que conformar a partir del voto individual y de los partidos que tienen un proyecto para el conjunto de la sociedad, sino a partir de la confluencia –porque igual intentan darle un sentido armónico− de las demandas de distintos grupos particulares. ¿Y en qué se traduce eso al final? En generar derechos políticos especiales para esos grupos, como lo ha hecho la Convención con la “paridad sin techo” para las mujeres y con una serie de prerrogativas para los pueblos originarios. Lo que pasa es que la izquierda no usa el término “corporaciones”, pero es la misma idea del corporativismo medieval, o del que existió en el Chile colonial: la sociedad no se conforma por individuos, sino por cuerpos colectivos que deben actuar como tales. Y claro, la igualdad del voto y los partidos políticos desarman ese esquema. También el corporativismo de derechas del siglo XX, como la Falange española, oponía el “poder social” al poder político. El parlamento tenían que integrarlo “las fuerzas vivas de la sociedad”, como se decía.

Y en este juego de espejos, ¿es de quienes temen que la derecha de Kast termine pavimentando la campaña del Apruebo?

Totalmente. Porque genera mucho rechazo en las mujeres y en la juventud. Kast perdió la segunda vuelta por esos grupos, de hecho. Así que ojalá aparezcan lo menos posible. Y Chile Vamos debería poner todo el acento en ofrecer un camino para después del Rechazo. Un proyecto para todas las fuerzas políticas que estén dispuestas a trabajar para que la futura Constitución sea un rayado de cancha común y no una carta de triunfo de un sector.

Pensando en lo difícil que va a ser acordar un mecanismo y legitimarlo, ¿no les sale más a cuenta consensuar algunas reformas al texto que salga de la Convención?

No creo, porque a esa Constitución le va a costar demasiado legitimarse. Una Constitución no se legitima por su origen formal, sino cuando las fuerzas políticas –la mayoría, al menos− sienten que ese marco institucional les permite desplegarse. Pero la Convención elaboró una Constitución programática, y que además encarna una concepción particular de la sociedad en contra de otras, que serían las “neoliberales”. Y más encima, exigiendo derechos diferenciados que aquí y en la quebrada del ají se llaman privilegios. Entonces, va a pasar mucho tiempo de inestabilidad antes de que pueda legitimarse vía reformas. Más todavía con el poder concentrado en los diputados, que es un tipo de cámara más partisana que el Senado. Por eso creo que es mejor el Rechazo, para avanzar más rápido hacia una nueva Constitución que pueda ser un marco común. Y hoy no puede negarse que la derecha ha tenido una maduración y se da cuenta de que la Constitución actual también es programática, no una “casa de todos” en los términos de Patricio Zapata.

¿Se dio cuenta a la fuerza?

Reconozco que la derecha, en general, no apoyó el proceso constituyente de Bachelet. Pero en Horizontal participamos activamente en ese proceso, Evópoli apoyó. Y otros centros de estudios apoyaron, el CEP sacó un libro al respecto. Eso sí, yo nunca fui partidaria de una asamblea como la Convención. Perdona que me tire flores, pero en el libro Democracia y poder constituyente (2016), donde también escriben Atria y Renato Cristi, yo era la única que decía que una asamblea de este tipo iba a defender intereses particulares, se iba a oponer a los partidos políticos, etc. Todo esto que ha pasado, yo diría que lo dije. Y la que primero lo dijo fue Sofía Correa.

Decía que la derecha tiene que salir a defender el mercado por razones morales. ¿Cómo sería esa defensa?

Lo que sostengo es que la derecha se quedó sin relato porque no se da cuenta del potencial que tendría defender la libertad más allá de lo económico. Y para eso tendría que defender las libertades políticas y culturales, por supuesto, pero también el mercado más allá de la creación de riqueza. Yo creo que el mercado es un mecanismo, un sistema de reglas del juego, donde se expresa lo mejor de las personas. Es un poco fuerte lo que estoy diciendo…

Original por lo bajo.

¿Pero por qué lo creo? Primero, porque facilita, más que ningún otro sistema, que las personas puedan buscar sus propios fines. Porque tú puedes intercambiar bienes o servicios con otra persona sin necesidad de que sus fines coincidan con los tuyos. O sea, permite la cooperación entre personas sin imponerles fines superiores. Por ejemplo, yo vivo muy a contrapelo en términos económicos, porque la beca de doctorado es baja y no te imaginas lo que cuesta un arriendo acá. Bueno, ¿cómo me las arreglo? Ofreciendo cursos particulares de historia. Y eso me permite seguir haciendo lo que quiero. Cuando la izquierda, o los comunitaristas de derecha, miran el mercado como un mundo de perdición, alienación, egoísmo, etc., nunca se preguntan: ¿por qué a las personas les gusta participar en el mercado? Porque están persiguiendo un proyecto de vida que es importante para ellas. Eso para mí tiene un sentido moral profundo. Obviamente esa libertad necesita un piso material, y por eso yo no soy libertaria, creo en un Estado social. Pero en alianza con el mercado, no en contra.

¿Esas virtudes del mercado no se realizan en una socialdemocracia?

En una socialdemocracia a la europea, tipo escandinava, creo que sí. El problema es que la izquierda chilena no cree en esa socialdemocracia, para nada. Porque esos países se basan en la cooperación público-privada. Incluso en los derechos sociales, porque no es cierto que prohíban los proveedores privados. Si me preguntas a mí, yo prefiero las políticas sociales focalizadas, para que los impuestos sean más bajos y se vaya construyendo una clase media fuerte. Pero ese es mi ideal personal. En términos prácticos, yo feliz si Chile estuviera avanzando hacia una socialdemocracia a la europea.

En algunos de esos países hay proveedores privados de derechos sociales, pero el acceso a ese derecho está mucho menos vinculado al poder de bolsillo que en Chile.

Puede ser, habría que examinarlo, pero eso se sostiene porque va acompañado de políticas de crecimiento e inversión que repercuten en mejores salarios. Y no es eso lo que la izquierda está proponiendo para Chile, sino sacar al mercado de los servicios sociales y atacar la inversión con un discurso antilucro. El problema es que también en la derecha ha calado la idea populista de que la misión de la política es captar las pulsiones populares, para cerrar una supuesta brecha entre la élite y el pueblo. Esa idea ha penetrado mucho en cierta derecha –la misma que promovió los retiros del 10%− y está muy influida por un sector de intelectuales antiliberales, de tradiciones filonacionalistas y también socialcristianas.

Para que se entienda, está hablando de Hugo Herrera o Daniel Mansuy.

Sí. Todos ellos siguen la estela de Mario Góngora, que fue el primero en instalar una crítica radical al “modelo neoliberal” impuesto en dictadura, a partir de una cierta caricaturización del liberalismo y de liberales económicos como Friedman y Hayek. Eso fue seguido por autores de izquierda –Moulian, Renato Cristi− y luego retomado por ellos. Mansuy, por ejemplo, sigue mucho a Cristi y también hace una caricatura del pensamiento de Hayek en algunos escritos. Ahora estoy escribiendo algo para refutarlo un poco.

Cuando ellos plantean que organizar la sociedad desde la lógica individualista de mercado erosionó los vínculos comunitarios, ¿crees que se equivocan?

¿Pero cuáles son los vínculos comunitarios que el mercado erosiona? Ellos hablan de la familia, de que la gente no participa en juntas de vecinos, en asociaciones, etc. Pero desde los años 90 –hay estudios sobre esto− ha habido en Chile una explosión enorme de la asociatividad, de participación en organizaciones sociales y de cooperación. La propia explosión de organizaciones de izquierda que defienden causas particulares es parte de este fenómeno. ¿Cuándo explotó todo el movimiento LGBT? Bajo el modelo neoliberal y con la democracia de estos 30 años. Y hay una cantidad enorme de organizaciones sin fines de lucro. Entonces, sinceramente no sé –y lo he pensado− hasta qué punto es verdad que la gente es egoísta por culpa del mercado. Creo que es una especie de argumento estratégico para imponer una concepción moral desde el Estado.

¿No cree que una sociedad necesita, además de iniciativas individuales, que exista una cierta noción de comunidad, de sentido de lo público?

Absolutamente. Y de hecho, por lo menos hasta el año 2010, creo que eso sí existía en Chile. Existía un concepto cívico de bien común, de que todos formamos parte de una misma comunidad y nos tenemos que respetar. Y creo que eso no se perdió por el mercado, sino por una validación de comportamientos antidemocráticos durante esa década: acoger la violencia como un medio de lucha contra las “violencias estructurales”, no respetar las reglas constitucionales ni siquiera en el Congreso, no respetar la democracia como reglas recíprocas, de tolerancia mutua. En el fondo, Chile vivió un largo proceso de deslegitimación de las reglas básicas, basado en la condena a lo que se llamó neoliberalismo. Un discurso primero intelectual y que luego se fue retroalimentando entre fuerzas políticas, organizaciones sociales, estudiantiles, etc., como en un efecto cascada. Y donde también participaron intelectuales de derecha, apoyando la interpretación del malestar que había construido la izquierda: que aquí hubo un olvido del pueblo por parte de la élite. Creo que el problema es más complejo.

Así como la libertad tiene un valor por sí misma, ¿concederías que las desigualdades económicas sean un problema por sí mismas?

No creo que sean un problema per se. En términos morales, filosóficos, para mí no es un problema que existan ricos, salvo que hayan cometido fraude o atentado contra derechos de otras personas. Lo que me interesa es que no existan pobres. Y en términos políticos más prácticos, creo que la desigualdad no es un problema prioritario cuando hay crecimiento económico, se forma una clase media potente y se va eliminando la pobreza. El economista Pablo Paniagua, en su libro Atrofia, sostiene que el estallido social no se produjo por la “paradoja del bienestar”, como dice Peña, sino por un malestar económico, material, a causa de que Chile dejó casi de crecer a partir del año 2014, se estancaron los sueldos, bajó el acceso al consumo, etc. Por eso en Estados Unidos la desigualdad, aunque se discuta, no llega a ser un tema tan relevante. Yo vivo en un barrio cubano y veo gente que sale adelante y no les importa que existan ricos, mientras tengan oportunidades de progresar.

Se ve que le gusta esa clase media.

Sí, porque me gusta que las personas puedan participar en la mejora de sus condiciones de vida, que no sea puro asistencialismo. Ahora todo eso es mal mirado, todo lo tiene que entregar el Estado, la persona sólo recibe. Por ejemplo, yo no creo que sea malo per se que la gente estudie con un crédito y que después pague por esa educación, sobre todo si terminaste la carrera y puedes pagarla. Yo estudié con crédito y nunca consideré inmoral tener que pagarlo, porque no miro la educación como algo sagrado, sino como un beneficio que va a redundar en mi propio progreso y al que yo también puedo aportar. Me parece justo, pero además, desde el punto de vista moral, para mí tiene un sentido: no estoy recibiendo todo gratis, yo también participé de esa lucha por salir adelante.

Personas trans

No es frecuente escuchar a una persona trans cuestionando las políticas de la identidad, que han favorecido particularmente al mundo LGBT.

Es que yo defiendo la libertad individual. Por ejemplo, defiendo que las personas puedan definir su género y que el Estado no se los imponga, pero no soy partidaria de las cuotas laborales para las personas trans.

El borrador de la nueva Constitución dispone, respecto del Congreso, que “el Estado adoptará medidas para la representación de diversidades y disidencias de género”.

Estoy en desacuerdo con eso. Las identidades de género son, por definición, individuales. Y si eso es así en términos de género, mucho menos dos personas trans o no binarias podrían significar lo mismo en términos políticos, como para que una represente a la otra. Me parece ridículo.

¿También es crítica del lenguaje inclusivo?

No en principio, digamos. Pero si el lenguaje va a ser inclusivo a costa de ser feo y poco comprensible, no me gusta. Ni cuando termina siendo agotador, como también pasa en el borrador constitucional. Normalmente una Constitución enuncia los principios una o dos veces y ya se entiende que eso inspira al resto, no tiene por qué repetirlos a cada rato. Pero más allá de lo formal, de lo que menos soy partidaria es de estarle diciendo a la gente cómo tiene que decir las cosas. Que las diga como quiera, si al final lo importante es que haya inclusividad. Como que ya pasé esa época talibana.

¿Y de qué lado se siente cuando gente de derecha, a veces en público y más veces en privado, aborrece el feminismo o las causas LGBT?

Del lado de esas causas, que no son necesariamente de izquierda. También pueden enfrentarse desde una perspectiva, si no de derecha, al menos liberal. De hecho, el primer feminismo era liberal. Y ahora hay toda una discusión entre el feminismo queer, que acoge a las diversidades sexuales y a las personas trans, y las que se llaman feministas radicales, no por extremas sino porque buscan la verdadera causa de toda dominación en el patriarcado. En España ha habido un debate muy duro a raíz de una ley de derechos trans, porque el feminismo radical está muy en contra. Dicen que las trans han pasado a llevar a las mujeres como sujetos principales del feminismo. Y ellas tienen toda una concepción muy antiliberal en lo económico, generalmente están en contra de la prostitución, de la pornografía, de los vientres de alquiler, etc. En el fondo, el debate profundo ahí es si creemos en la libre elección de las mujeres o si creemos, como dicen las feministas radicales, que la libre elección no existe, que es un mito, porque en una sociedad de mercado las mujeres están dominadas por la publicidad o el poder del capital que reproduce las estructuras patriarcales. Y que entonces no debe existir igualdad ante la ley, punto desde el cual estos discursos, en mi opinión, empiezan a ser peligrosos.

Se critica mucho al progresismo por exagerar la importancia del mundo trans en su agenda política. En Estados Unidos se decía que los demócratas, cuando ganó Trump, estaban más preocupados de los baños para trans que de los problemas sociales.

Creo que es un poco cierto, pero también se exagera el punto. En Estados Unidos nunca han sido los temas principales del debate público. Y es verdad que en una época el Partido Demócrata les dio mucha importancia, pero no a la manera corporativa de la izquierda en Chile. Nunca he leído que pidan escaños reservados para personas trans, ni que eso exista en ningún país del mundo. La izquierda chilena se felicita de que todo lo que está haciendo es inédito, pero si ningún país desarrollado ha hecho estas cosas, es porque tienen consecuencias. Además, la idea original era que las acciones afirmativas fueran un empujón temporal, pero se está estableciendo que sean permanentes. Y eso sí es transitar a una sociedad configurada de manera corporativa.

El término “personas menstruantes”, a propósito del proyecto de ley que aprobó la Cámara, también generó críticas al protagonismo de la población trans, incluso desde feministas que reivindican su derecho a decirse mujeres.

Por eso no es bueno que el Estado se meta en todas esas cosas. Yo entiendo que se usó ese término para incluir a los hombres trans que mantienen sus órganos genitales, que ahora es la tendencia porque la operación tiene efectos secundarios. Y la verdad, no lo encuentro tan grave, pero es predecible que haya reacciones cuando el Estado se mete mucho en detalles de la vida sexual de las personas. Ahora, la pregunta más de fondo sigue siendo qué entendemos por mujeres. Yo creo que el sexo es biológico, pero que el género, el ser mujer o ser hombre, es una categoría más social y cultural que biológica. Y esos reclamos de que “nos están quitando la voz a las mujeres biológicas”, cuando las mujeres trans son menos del 1% de la población, me parece que muchas veces son más bien un discurso antitrans.

Otros debates implican más que palabras, como el caso de esa nadadora que era mediocre entre los hombres y ahora como mujer les gana a todas.

Sí, pero es un caso entre miles. Muchas personas trans compiten en deportes y no existe ese problema, porque las asociaciones deportivas lo han resuelto reglamentando los parámetros hormonales. Porque también hay casos de mujeres biológicas que tienen testosterona, por tener un grado de intersexualidad, y eso las beneficia. Un caso famoso es la atleta Caster Semenya. Pero no por el caso excepcional de una nadadora vamos a concluir que en general las personas trans “se cambian de sexo para conseguir ventajas”, que es un poco el discurso detrás de esa crítica. Se hace mucho esto de recoger casos de laboratorio para decir “imaginen lo que podría pasar”. Los baños trans prácticamente no existen, yo nunca los he visto en Estados Unidos y he andado por muchos lados.

También se le critica al activismo trans, y a otros afines, haber impuesto un cambio cultural muy profundo de manera más agresiva que dialogante, como diciendo “esta es la nueva verdad y punto”.

No creo que haya sido así. De partida, voy a decir una obviedad, pero que no es tan obvia para mucha gente: los trans existen. No son una criatura ideológica, fue al revés: existían las personas trans y por eso se empezó a estudiar esta realidad. Y ya en los años 50-60 se empezó a estudiar desde la medicina. De hecho, el término género surgió entre los endocrinólogos que empezaron a tratar a personas trans, después lo incorporó el feminismo. Y en Chile, los tratamientos médicos y las cirugías comenzaron a principios de los 70. Lo que no se permitía era que las personas cambiaran su sexo legal si no se operaban. Y se producía un círculo vicioso: no tenían dinero para operarse, pero ya tenían una expresión de género trans y por lo tanto no podían encontrar trabajo. ¿Y por qué ahora se permitió cambiar el sexo legal? Porque se consideró que la identidad de género es parte de la autonomía individual, y que además no todas las personas trans quieren llegar al máximo de la operación. Por ejemplo, hoy los hombres trans no se ponen un pene, como se estiló un tiempo, porque se terminó descubriendo que eso no funcionaba y además producía efectos médicos. Entonces, generalmente, se dejan su órgano genital y se sacan los pechos. Todo esto ha ido avanzando por un proceso de ensayo-error.

Pero quizás las resistencias más masivas no pasan por el cambio legal sino por temores más elementales, digamos. Cuando alguien dice “yo no quiero que a mi hija le digan en el colegio que podría ser hombre”, ¿le parece un temor legítimo?

Me parece totalmente legítimo, porque no se le debería decir eso a una persona. Ser trans no es una cuestión arbitraria. Decidir hacer el tránsito es un acto de libertad, lo mismo que ser gay y salir del clóset. Pero no es un acto de libertad ser trans en cuanto tal. Entonces, que tú le digas a un niño “oye, tú podrías ser mujer”, por supuesto que está mal. Pero distinto es que se les diga a los niños que hay distintas identidades tanto sexuales como de género, así como hay distintas identidades étnicas o nacionales. ¿Por qué se les va a ocultar esa parte de la realidad?

En el fondo, es un temor a la inducción en una edad muy permeable a las fluctuaciones identitarias.

Bueno, pero la inducción siempre ha existido, sólo que en el sentido contrario. Es lo que dice Simone de Beauvoir, “no se nace mujer, se llega a serlo”, porque a las niñas les enseñan desde muy chicas a ser mujeres. Eso también es una inducción. Lo mismo si tú enseñas que una familia es un padre, una madre, un hijo y el perro. Esa es una realidad, no la realidad. Y creo que nunca es malo mostrar las distintas posibilidades de la realidad. No a un niño gay o trans, sino a cualquier niño.

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