Carmen Yáñez, viuda de Luis Sepúlveda: “La muerte de mi compañero de vida fue un golpe enorme”

Luis Sepúlveda y Carmen Yáñez en Portugal, en febrero pasado.

A seis meses de la muerte del escritor chileno, quien falleció producto del coronavirus en España, la poeta se refiere a su pérdida en entrevista con el diario italiano Corriere della Sera. Casados dos veces, el escritor y su esposa compartieron ideales literarios y políticos. "Espero aprender a vivir con ello, como ha pasado en el pasado con otros dolores. Sin olvidarlo nunca: la cicatriz quedará como recuerdo”, dice Carmen Yáñez.




A fines del año pasado, la poeta Carmen Yáñez publicó un nuevo libro, Sin regreso. Era su séptimo poemario y lo presentó en la librería La Buena Letra de Gijón, acompañada de su lector más entusiasta, su esposo Luis Sepúlveda. El título del libro hacía referencia al exilio, pero hoy podría encerrar otra lectura, “una dolorosa coincidencia, una suerte de presentimiento de lo que habría sucedido pocos meses después de su creación”, dice la autora.

A seis meses de la muerte del escritor chileno producto del coronavirus, su viuda habla de su pérdida. “La muerte de mi amado compañera de vida fue un golpe enorme, duro y brutal. Es como si hubiéramos tenido un terrible accidente y solo yo hubiera sobrevivido”, dice en entrevista con el diario italiano Corriere della Sera.

Nacido en Ovalle en 1949, Luis Sepúlveda murió el 16 de abril en el Hospital Universitario Central de Asturias, luego de participar en el festival literario Correntes d’Escritas, en Póvoa de Varzim, Portugal, donde se contagió de coronavirus. El autor de El viejo que leía novelas de amor fue internado junto a su esposa, quien también participó del encuentro literario y logró recuperarse.

“Ignorantes de la luz que circundaba la inocencia / éramos tan felices amor mío / con el calor de nuestras manos juntas / cruzando todos los caminos / y riéndonos de los obstáculos de piedra o granizo / que nos intentaban parar esa carrera irresponsable de felicidad”, escribió Carmen Yáñez en un poema que integra la nueva edición de Sin regreso.

El poema, dice, “salió durante la larga espera, mientras Luis estaba hospitalizado: un momento muy doloroso, uno de los más angustiosos de mi vida. Una reacción instintiva, punzante, impulsiva, escrita con la barriga. En nuestro día a día no somos conscientes de lo que podríamos perder, vivimos sin celebrar la vida, pero -el día en que los que tanto amamos y parte de nosotros nos dejen- sufrimos una especie de amputación”.

Carmen Yáñez y Luis Sepúlveda se conocieron en 1968. Entonces él le vaticinó que ella sería poeta. Se casaron en 1971. A su amor por la literatura se unían sus sueños revolucionarios: Sepúlveda era socialista y se integró al GAP, la guardia personal de Salvador Allende, mientras Carmen Yáñez era militante comunista. Las diferencias políticas los separaron. Tras ser detenidos y salir al exilio, se reencontraron en Europa décadas más tarde. Radicados en Gijón desde fines de los 90, volvieron a casarse en el año 2004.

Luis Sepúlveda y Carmen Yáñez en su segundo matrimonio en 2004.

Tras una vida ligada a movimientos y causas colectivas, Sepúlveda murió producto de una pandemia mundial. Y aunque ello no conforma a su viuda, la lleva a preguntarse por su sentido. “No, no hay consuelo posible. Todos hemos sido privados de una persona que, además de ser un gran novelista hasta la médula, fue un ser humano maravilloso, sincero y consecuente en su sed de justicia. ¿Qué significado puede tener tal coincidencia? Yo no sé. Una forma metafórica, quizás, de confraternizar con el drama global que es esta pandemia”, dice.

De un modo imprevisible acaso, la poeta ha encontrado apoyo en los textos y manuscritos del propio Sepúlveda: “Lo que digo les parecerá increíble: los poemas inéditos que voy descubriendo en los manuscritos antiguos y en los que mi Lucho relata en verso su paso a este mundo me han consolado”.

De la misma forma, Carmen Yáñez no duda cuál es el mayor legado del escritor: “La herencia más auténtica y hermosa es la palabra escrita. Siempre me pedirá que me ocupe de eso”.

Cicatrices y poesía

Detenida tras el golpe militar de 1973, Carmen Yáñez estuvo prisionera en Villa Grimaldi, donde sufrió torturas. Salió del país hacia Argentina a inicios de los 80. Vivió en Suecia y se radicó con Gijón con Luis Sepúlveda en 1997. Su poesía gira en torno a la memoria, las heridas y el exilio.

El dolor que siente hoy, dice, es “difícil de superar. Espero aprender a vivir con ello, como ha pasado en el pasado con otros dolores. Sin olvidarlo nunca: la cicatriz quedará como recuerdo”.

Con casi 40 años viviendo fuera del país, afirma que el exilio se transformó en una condición para ella.Nuestro exilio ya no existe. Los exiliados somos parte del mundo en el que hemos tenido que vivir, pero llevamos la marca de no ser, de no pertenecer a ningún lugar y, al mismo tiempo, de pertenecer a todos”.

Luis Sepúlveda tenía 15 años y Carmen Yáñez 13 cuando se conocieron. “Ella era hermosa, pero me llamó la atención sobre todo que no era como las demás, no pensaba en fiestas y baile”, recordó el escritor. “Tenía intereses superiores. Fue en 1968, un período de grandes expectativas. Chile estaba en movimiento, una constante fiesta de pensamiento, una explosión de imaginación”, agregó en una entrevista de 2018.

Hoy ella prepara un libro con su historia de amor, que ha quedado en suspenso mientras procesa el duelo. Mientras se replantea algunos cambios, dice que permanecerá en Gijón. “Por ahora he elegido este lugar como mi hogar. Por supuesto, ha llegado el momento de grandes cambios, incluso en la vida privada. Selecciono cosas y tiro otras; pongo mi pasado y mi presente en cajas y cajas. Tiempo en movimiento”, dice.

¿Saca alguna lección de esta pandemia? “La naturaleza nos ha dado una lección inmensa. Ha cambiado nuestros hábitos, impulsos, la forma en que miramos a los demás y a nosotros mismos", afirma. "Hemos visto la muerte tan de cerca, tan concreta, que nada nos parece eterno ahora: todo se ha vuelto frágil. Si lo escucháramos con atención, podríamos escuchar su grito de auxilio, su agotamiento y, una vez lo sentimos, deberíamos dejar de concebir la existencia como competencia, la felicidad como bien económico. Debemos renunciar al consumismo excesivo y prestar más atención a la solidaridad humana y la defensa del medio ambiente”.

Gracias a la vida, de Violeta Parra, es la canción favorita de Carmen Yáñez. Y aun en este período teñido de dolor, sigue escuchándola. “Repito en mi cabeza las maravillosas líneas de Violeta Parra para levantarme de la cama todos los días”, dice.

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