Gregoria, hija del fotógrafo Sergio Larraín: "Impedí que mi padre mandara a destruir su obra"

GREGORIA LARRAIN

Gregoria Larraín, retratada en Providencia. Foto: Patricio Fuentes.

Creció en Francia junto a su madre, y estudió arte entre EEUU y Chile. Dedicada a la pintura y a dar clases, este jueves abrirá en el Museo Nacional de Bellas Artes una muestra en la que algunas de sus obras dialogarán junto a las de su padre, fallecido en 2012. Aquí, cuenta que se reconcilió con él previo a su muerte, durante su voluntario retiro espiritual en Tulahuén. Esta es su historia.




"La madrugada del 7 de febrero de 2012, a los 80 años, fallece mi padre, Sergio Larraín Echenique en su cama, durmiendo y sin haber visitado doctores ni hospitales, como él quería. Me acordaré siempre de estos últimos 10 años que pasé cerca de él, y de sus palabras que nos decían que el arte debía ser realizado con gusto, que era la verdadera manera de ser artista. Con gusto le di un último beso y con gusto seguiré el camino del arte sencillo y lleno de cariño".

Una semana después de la muerte del fotógrafo chileno, su hija mayor, Gregoria (1961), recorrió con una filmadora la casa donde su padre había pasado los últimos 30 años, llevando una vida austera y dedicada a la pintura, el yoga y la meditación entre los cerros que arropan el silencioso pueblo de Tulahuén, en la IV Región.

Nada colgaba de esas blancas y desnudas paredes con altos ventanales de marco azul. Había contados libros en el living, piedras sujetando las puertas y hasta un laboratorio fotográfico secreto. Ahí estaban también su habitación, la cama casi a ras de suelo, una repisa vacía y, en su closet, algunas pilchas y una chaqueta de cuero café y grueso por la que se desliza la delgada mano de su hija, quien ahora recuerda a su padre, el único fotógrafo chileno reclutado por la prestigiosa agencia Magnum y autor de ese sombrío y magistral retrato al puerto de Valparaíso.

https://www.youtube.com/watch?v=3IKHR7Q6sx4&t=178s

"Yo tenía prohibido sacarle fotos a él y a todo, pero él ya no estaba ahí. Fue mi despedida más personal", dice Gregoria Larraín. "Él vivía en un ascetismo total. No tenía radio, televisión y por mucho tiempo tampoco tuvo refrigerador ni timbre. Nunca tuvo celular y si tú le llevabas un regalo, un libro, por ejemplo, él lo regalaba al día siguiente a algún amigo, porque no quería tener nada para él. Se deshacía de todo. Era una frugalidad completa, aunque no siempre fue así", agrega.

La casa del fotógrafo es el título del video que la propia artista colgó en YouTube, y que desde este jueves 17 se podrá ver junto a algunas de sus acuarelas en la muestra Kinder/Jardín Planetario, como parte de la exposición El tercer paisaje en el Museo Nacional de Bellas Artes. Organizada para la 14° Bienal de Artes Mediales y curada por su director, Enrique Rivera, exhibirá además una serie de tres cuadros que el fotógrafo pintó en sus últimos años –la mayoría inspirada en la técnica naturalista y contemplativa de Adolfo Couve–, y hojas sueltas de los Kinder planetario, los libros que editó por Lom entre 1996 y 2012.

En ellos, Sergio Larraín esparció un mensaje de resonancias filosóficas. Un manifiesto sobre la conciencia y el cuidado del medioambiente que hizo propio en los 70, tras su paso por el grupo Arica, liderado por el gurú boliviano Oscar Ichazo, quien lo introdujo en el misticismo y la meditación. "La naturaleza degenera sin la dirección del espíritu", se lee en algunas de esas líneas.

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Páginas interiores de los Kinder planetarios, los libros que Sergio Larraín publicó entre 1996 y 2012, y que forman parte de la muestra El tercer paisaje, que abre este jueves.[/caption]

"Yo y sus cercanos recibíamos cada cierto tiempo por correo unos paquetitos blancos con los libros. Ni siquiera venían a mi nombre, decían Poky nomás, como me dicen", cuenta su hija. "Yo no les tomaba mucha importancia, porque él siempre enviaba estos libros, pero ahora vienen a ser relevantes porque lo dan a conocer también como escritor. Él tendría mucho que decir. Mi papá estaría atacado por la crisis climática; una de sus obsesiones en los últimos años era con el agujero en la capa de Ozono y con que algunos países tuvieran bombas atómicas, y seguramente sería una especie de activista. Lo pondría muy contento saber que esta muestra sigue el espíritu de la frase que él escribió en las últimas páginas de esos libros: 'Fotocopiar y distribuir'", agrega.

La muestra El tercer paisaje estará abierta a público hasta el 17 de noviembre.

Mi padre, un mito

Nacida en 1961, en Santiago, fruto de la relación entre el fotógrafo y la artista peruano-francesa Paquita Truel, Gregoria Larraín creció en París, lejos de su padre, quien por entonces vivía años de gloria en la agencia fundada por Henri Cartier-Bresson. "De chica, veía fotos suyas desde Francia y encontraba que las niñitas que él retrataba eran iguales a mí. Le preguntaba a mi mamá si era yo y no, me decía, es una foto que tomó tu papá", recuerda la artista.

En 1979, con 18 años, partió a estudiar arte a EEUU, en el Rhode Island School of Design. Tres años después retornó a Chile, se instaló en Santiago y egresó de la UC, donde obtuvo su licenciatura en 1987. Está casada hace 25 años y, tras pasar más de una década entre La Serena y Ovalle, volvió a la capital en 2016. Hoy se dedica a la pintura y a dar clases, cuenta, y rara vez mantiene contacto con su medio hermano Juan José (45), hijo del fotógrafo con quien fue su segunda esposa, Paz Huneeus.

"Pinté muchos años acuarela, y cuando me fui a vivir al norte, cerca de mi papá, por esas cosas de la vida me metí al hospital de Ovalle y le hice clases a los enfermos mentales de arte terapia. De ahí desarrollé una línea de pintura para mí, inspirada en lo naif, en lo inocente, en la persona que no sabe", cuenta Gregoria Larraín. "Después de eso mi padre, que conocía mi trayectoria, me decía por qué yo no volvía a la acuarela. Me insistió mucho con eso, y estos últimos años en Santiago, después de su muerte, me uní a un grupo de artistas que pintan acuarelas abstractas, y ahí desarrollé unas 30 acuarelas. De ahí seleccionamos unas seis para la muestra, y además tengo otras dos más antiguas, una de la flor del paraíso y otra de un banquito del Parque Forestal. Las hice hace años, pero aún me gustan mucho".

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Cuadro pintado por Sergio Larraín, donde se lee la leyenda: "El bien vence al mal / como el agua al fuego".[/caption]

¿Su padre la apoyaba en su deseo de ser artista?

Él me daba mucho ánimo. Creía en mí. Yo no viví con él de chica, siempre viví con mi madre, que también era artista, pero mi papá me dio un soporte. Siempre sentí su presencia como un apoyo moral y espiritual bien grande. Él fue un padre súper generoso, súper abierto. Si hubiese querido ser astrónoma o lo que sea, él lo hubiese apoyado. Su deseo más honesto era nuestra felicidad, la mía y la de mi hermano. Yo le llevaba la contra en muchas cosas: si mi papá pintaba la realidad, yo pintaba lo imaginario.

¿En qué consisten sus clases?

Primero, en que los alumnos se hagan amigos entre ellos, mucho más que aprendan a pintar bien. El primer ejercicio, que yo estudié en EEUU, fue el de hacer un autorretrato. Yo le doy los materiales, el papel, los lápices, y ellos se van pintando a sí mismos como se sienten. No como se ven, sino como se sienten. Pueden recortar trozos de revistas también. Al final se hace una conversación y se dicen todo lo que piensan, y eso va aumentando la facilidad de amistad entre ellos. Al final es una fiesta, se hace una exposición y todos lo pasan bien. Yo creo en el arte como una terapia de sanación, y de alguna manera tiene que ver con el mensaje de mi padre: él quería sus alumnos y todos salieran de su infierno diario, y que tuvieran un momento de libertad y felicidad.

¿Pintó alguna vez a su padre?

Una vez, para un libro que hice (Mi padre, la pintura y yo, 2013), y después para un documental que está haciendo Sebastián Moreno, para el que yo he colaborado (Sergio Larraín, el instante). Tengo mucha fe en esa película. Toda la historia de mi papá está contada ahí, en imágenes, pues una se queda corta con la palabra intentando explicar quién fue.

¿Por qué cree que su padre se convirtió en mito?

Porque el día en que murió se supo que era un gran artista. Él tenía cerrado ese episodio, no quería que nadie se acercara a su obra. Quería destruirla, lo pidió expresamente y yo escribí una carta a la oficina de Magnum en París y les dije que por favor no lo hicieran, que su obra era importante para mucha gente. Impedí que mi padre mandara a destruir su obra, lo mismo quiso Kafka, y si tú los ves a los dos se parecen bastante; un tipo flaco, de ojos negros y aire misterioso.

En el caso de Kafka, un amigo suyo también impidió que destruyera sus obras…

Mi papá estaba abandonado adentro de una cajita en Magnum, pero Agnés Siré lo sacó a la luz después de muerto. Ella se dedicó a seguirle la pista, a escribirle, a recibir cartas de él y a recibir sus fotos. Siempre estuvo en contacto, no como Magnum sino por sí misma, y aún quedan varios registros de mi papá que no se conocen. Ya habrá tiempo para eso, espero. A mí me da mucha ilusión todo esto y que los jóvenes muestren interés por la obra de mi padre, porque eso le permitirá tener vida en el futuro.

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Sergio Larraín y su hija Gregoria, en Tulahuén, año 2011. Fotografía tomada por Óscar Gatica.[/caption]

¿Usted solía visitarlo?

Poco. Había que tomar una micro hasta Ovalle, luego otra hasta Tulahuén y, como te decía, comunicarse por teléfono o por carta con él era difícil. Una estaba obligada a llegar. A la suerte de la olla. Cuando yo estaba viviendo allá y supe que estaba enfermo, lo visité más seguido.

¿De qué estaba enfermo? Solo se dijo que falleció de una enfermedad coronaria…

Nunca supimos. Nos dijeron los riñones, pero nunca supimos bien qué era…

¿Recuerda la última vez que lo vio?

Fue dos días antes que muriera. Estaba en su cama, lo cuidaba un empleado y mi padre empezó a recordar los paseos que dábamos en bicicleta por Pedro de Valdivia Norte con mi prima, (la arquitecta) Cecilia Puga. De pronto, nos íbamos… Se quedó callado, cerró los ojos, le di un beso y nunca más lo volví a ver.

¿Cómo lo recuerda hoy?

Yo tuve dificultad para ser amiga suya. Nos fuimos amigando cuando llegué a Ovalle, y terminamos íntimos. Éramos como dos profesores conversando. Él era una persona diferente, complejo y muy obsesivo con sus ideas. Mi padre era un eterno adolescente, nunca se conformó con nada. No quería tener ego, y la fotografía se lo producía por montones. Todo esto por estar en la secta del grupo Arica.

¿Qué lo hizo cambiar allí?

Ese es un misterio que nadie sabe, pero cada persona tiene sus misterios y mi padre tenía también los suyos. Probablemente, él me hizo mucha falta en esa época, aunque no más que ahora, pero al final logré entrar en armonía con él. Era una cúpula, una protección que ya no tengo.

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