Talleres de risoterapia y liberación del estrés: Los duros últimos once meses de los asesores del Presidente tras el 18-O

16 Abril 2020 Fachada la Moneda Foto : Andres Perez

En el último mes se han realizado al menos 3 talleres para liberación del estrés y trabajo en equipo para quienes laboran en la Presidencia. ¿Qué sucede? Se habla de un "estrés postraumático" post 18 de octubre y todo lo que ha venido después, pero también de diferencias de criterio entre los equipos respecto de cuánto y cómo tiene que salir el Presidente públicamente.




“Estrés postraumático”.

Es una de las descripciones a la que echan mano -y que más se repite- en las distintas dependencias de Presidencia para resumir parte del ambiente bajo el cual han tenido que trabajar y convivir desde el 18 de octubre del año pasado. El mandatario ha admitido varias veces que le ha tocado gobernar en “en tiempos muy, muy duros”, pero que eso no lo ha quebrado (La Tercera, 23 de agosto) y que “muchas veces lloro por dentro” aunque “no me derrumbo” (Icare TV, 23 de agosto). A un mes de que se cumpla un año de esa fecha -mañana se enteran once meses-, es cosa de levantar una piedra para que algunas y algunos de quienes trabajan para él sinceren que el desgaste derivado de todo lo que ha pasado ha hecho mella en sus equipos.

Aunque el clima hoy no sea igual de crítico que a fines del año pasado, sobre los colaboradores de Sebastián Piñera ha caído la presión de la crisis derivada del estallido social, que su jefe siga acusando baja popularidad y alto rechazo, y el constante entrecruce de visiones sobre si conviene o no que él aparezca en público y en qué medida. Esos y otros factores han desembocado en roces internos -conflictos, para algunos-, tensión para otros, mientras algunos no se sienten representados por todo lo que ha obrado el gobierno.

El aparato de comunicaciones del Presidente ya ha pasado por tres jefaturas y bajo esta crisis ha habido bajas, fichajes que no resultaron, traslados, renuncias, y -coincidencia o no- él ha terminado rodeándose de gente de extrema confianza con la que ya ha trabajado.

En estas condiciones, durante los últimos meses parte de los directivos y funcionarios de la Presidencia han participado de una serie de talleres especializados, dirigidos a mejorar la convivencia laboral. Algunos de estos cursos contratados y pagados por Presidencia han sido literalmente orientados a aliviar el estrés.

Registros de estos talleres hay tanto vía testimonios fuera de comillas de quienes han asistido como en las órdenes de compra, resoluciones exentas y demás documentación disponible en Mercado Público. Ya antes, en noviembre de 2019, Presidencia había contratado cursos organizacionales y "jornadas de integración”, incluso un estudio sobre la cultura organizacional, pero este programa ha sido más específico.

En agosto, contrataron a Freddy Vicuña Gallardo, representante de la productora Happydays, la realización de 14 talleres “de trabajo en equipo, colaboración y liberación del estrés” para sus funcionarios. Fueron presenciales, duraron entre 45 minutos y una hora, y costaron $945.882. Volvieron a comprarle un taller más a fines de mes por unos $100 mil. Este último se fijó para el pasado 2 de septiembre, se realizó en dependencias de La Moneda, y se contrató porque lo pidió una unidad específica de Presidencia: el Subdepartamento de Bienestar y Calidad de Vida.

Entre los servicios que prestó Vicuña a Presidencia estuvo al menos una sesión de risoterapia presencial -que se realizó en La Moneda-, técnica usada para combatir el estrés. Eso sí, algunas fuentes dicen que fue un taller de “buenas prácticas laborales y de trabajo colaborativo”. Lo concreto es que fue una jornada en que se impartió así, según consta en los papeles y confirman sus participantes.

“Se podría definir como la terapia grupal o individual que, a través de distintas actividades, nos induce a la risa con fines curativos. Se conoce que la acción de reír aporta muchos beneficios a todo ser humano”, se lee en la documentación asociada a la orden de compra. La risoterapia -dice ahí- responde a que “el descontento, la frustración, el estrés, la mala relación entre trabajadores o bien el poco conocimiento entre trabajadores, son motivos que llevan al ausentismo laboral y las bajas por estrés o depresión”.

Y que “poco a poco las empresas e instituciones se van dando cuenta de que un trabajador contento y motivado, aumenta su productividad y está más dispuesto a involucrare en nuevos proyectos afrontando con una actitud positiva a su relación con la empresa e institución y su grupo de trabajo”. Entre sus beneficios lista “favorecer el trabajo en equipo”, “cohesión grupal”, “resolución de conflictos”, y otros. Agrega: “Aunque no puedas elegir el trabajo que te gustaría hacer, siempre puedes elegir cómo lo harás”.

Hace muy poco, el 9 de septiembre, se contrató otro taller. Éste fue “de trabajo en equipo y colaboración a través del uso de instrumentos”, el que se contrató con la sicóloga Lorena Escobar Núñez y se pagó en Unidades de Fomento (47,05888, cerca de $1.350.000).

Este contrato incluyó una larga cláusula de confidencialidad o no divulgación que obligó a la proveedora a “mantener estricta reserva y confidencialidad de la información, en cualquiera de sus formatos, a los que tuviese acceso con ocasión o a propósito de los servicios”. Y a “no utilizar en beneficio propio o de terceros los activos de información que la Presidencia de la República le proporcione para el ejercicio de sus actividades”.

¿Han servido? Según a quien se le pregunte. Algunos de quienes fueron convocados no los han tomado. Entre quienes los han hecho relatan que de “algo” ha servido, aunque tampoco crean que es la panacea para el impacto (hay voces que lo describen como “brutal”) de lo que han vivido. Algunas sesiones han incluido, cuenta una versión, que los participantes relaten testimonios de lo que les pasa.

En todo caso, hay también versiones de Presidencia que sostienen que estos talleres forman parte de un “plan de buenas prácticas laborales” liderado por la dirección administrativa de la Presidencia, que se remonta a antes del 18/0, que es permanente, y que fue socializado con las asociaciones de funcionarios.

Bajas y fichajes fallidos

Presidencia agrupa a distintas unidades que trabajan directamente para Piñera. Está su gabinete, comandado por su jefa Magdalena Díaz; Prensa, al mando de Carla Munizaga; Programación, dirigida por María José Torrealba, y Producción, a cargo de Rigo Cornejo.

Cada uno de estos nombres encabeza equipos ejecutivos reducidos que van de las dos, tres y hasta cinco personas. Pero bajo ellos hay más gente, incluyendo técnicos. Si sumamos al personal administrativo y que cumple otras funciones, en total Presidencia agrupa -estiman algunos- unas 461 almas. Este último grupo ha pasado parte del confinamiento bajo teletrabajo; los equipos descritos antes, los que trabajan más estrechamente con el gobernante, han seguido en muchos casos presencialmente. Prensa, por ejemplo -dicen- nunca llegó a tener más del 10% en modo remoto.

Hoy se calcula que el 75% de todo el personal ha regresado a sus puestos laborales, incluyendo a casos que están en grupo de riesgo. Si la tensión derivada del estallido no se agravó más en marzo -como se temía durante el verano- porque llegó el confinamiento, el coronavirus revolvió de nuevo planes y agendas. Y obligó a adecuarse: el mes pasado Presidencia contrató un curso de capacitación por algo más de $17 millones para el plan de retorno de 360 funcionarios.

El círculo que agrupa al gabinete, Prensa, Programación y Producción está poblado tanto por profesionales que ya sabían qué implicaba trabajar para el Presidente (ya sea en su primer gobierno o en sus campañas), como por aquellos que no. Hay piñeristas, claro, pero no todas y todos piensan exactamente igual y provienen de diferentes “culturas” de la derecha; algunos son más ajenos. Hay militantes y no. Los hay de distintas edades, algunos más experimentados que otros. Hay gente con el don de la resiliencia más marcado. Como todo grupo humano que trabaja bajo presión, dicen.

Han tenido desacuerdos que algunos tildan de “roces” y otros de “conflictos” puntuales. Otras voces hablan de que el ambiente no es tan dramático como a fines del 2019, pero que en las últimas semanas han notado más tensión. También están quienes aseguran que nada de eso ocurre, que no hay mal ambiente. Recalcan que entre algunos se cruzan amistades -Munizaga y Díaz, por ejemplo, que comparten oficina, no eran amigas antes de este gobierno, pero han estrechado vínculos-, pero advierten que la Presidencia tampoco es un club de amigos ni nada parecido.

En estos meses los equipos han vivido sucesivos cambios en el reparto. El Presidente comenzó su segundo gobierno con Juan José Bruna como su jefe de prensa; una serie de circunstancias le pasaron factura y en enero pasado su posición fue reemplazada e ingresó como director de Comunicaciones el periodista Alfonso Peró, que venía de El Mercurio. Duró cerca de un par de meses: en Palacio recuerdan que él y Piñera no lograron congeniar ni en el estilo ni el ritmo (el del Presidente es altamente demandante). Peró se reubicó en el Segundo Piso, con Cristián Larroulet, pero eso tampoco resultó y a comienzos de abril abandonó La Moneda.

Bruna, a su vez, se relocalizó -luego de una pausa laboral- en la Secretaría de Comunicaciones (Secom, dependiente de la Segegob), cuando ésta era dirigida por el también periodista Christian Rendic (ex La Tercera, ex Canal 13). Ambos figuran ahora en el staff del ministro vocero Jaime Bellolio.

Munizaga, que no estaba trabajando en el gobierno para el 18/0, se incorporó en abril, regresando a la plaza que ocupó entre el 2010-2014 y retomando una larga historia laboral y de confianza estrecha con Piñera. Su regreso ocurrió en medio de una curva crítica para la Presidencia. Tras el estallido, el gobernante tuvo que bajar al mínimo sus visitas a regiones y sus actividades fuera de la seguridad de las murallas de Palacio (las retomó después). A la fecha solo ha salido del país una vez, para el cambio de mando en Uruguay (1 de marzo) y apenas por pocas horas.

A esas alturas, los distintos círculos de asesores del mandatario -que incluyen a consejeros que no tienen oficina permanente en la Casa de Gobierno, como Fernanda Otero- encaraban un dilema que ya es un clásico del piñerismo dado su carácter y personalidad: cuánto exponer o no al Presidente en público (en su peor momento, el CEP tasó en 6% su apoyo).

Se cruzaban visiones que postulaban que debía replegarse a una segunda línea y delegar presencia en sus ministros con las que pujaban en sentido contrario, de que debía seguir presente y al frente, y las que apuntaban que no había que ceder en su rol de “comandante en jefe” del gobierno. Su ahora jefa de prensa, recalcan casi por unanimidad las voces consultadas, estaba en contra de esconder al mandatario y aterrizó en La Moneda con la idea de sacarlo de Palacio.

En paralelo a este ir y venir de nombres, el acumulativo de estos onces meses acusó efectos en parte del personal. La Tercera PM recogió testimonios que afirman que hubo pasajes en que algunos no se sintieron interpretados por todo lo que hacía el gobierno. El punto es rebatido por quienes aseguran tajantemente que nunca han escuchado una crítica ni disenso.

Fotos a solas y atajando penales

Once meses después, el recuento puertas adentro de Palacio describe que también ha habido desacuerdos y discusiones puntuales ante decisiones, que, precisamente, impactan en cómo se expone el Presidente. Citan casos en que los equipos de Munizaga y de Torrealba (Programación) no han estado de acuerdo en hacer actividades. Generalmente ocurre -ejemplifican- que una pauta de comunicaciones encara la opinión contraria de Programación porque a veces el equipo de Avanzada (dependiente de ésta, que vela para evitar incidentes o agresiones) calibra que hay riesgos de por medio.

Eso, sin considerar el impredecible estilo presidencial. Piñera ha reconocido -como se lo dijo a Cristián Warnken en Icare TV- que “una cosa del carácter contra la cual lucho, es la impaciencia, y ese es un defecto, porque a veces la impaciencia lleva a cometer errores”. Cuando levantó polémica al fotografiarse en la Plaza Baquedano recién pintada y sin manifestantes durante el inicio de la pandemia dicen que no hubo diferencias entre sus equipos porque esa vez fue decisión suya y que nadie alcanzó a intervenir.

Entre las pautas o actividades que no concitaron unanimidad -según algunas versiones- está esa vez en que el Presidente se hizo fotografiar a solas en un salón conferenciando por zoom con los dirigentes de Chile Vamos antes de la serie de derrotas por el 10% en el Congreso, cuando él mismo intentaba conseguir votos de su propia coalición. La foto fue enviada por Presidencia a los medios, imagen que se volvió en contra cuando el gobierno fue derrotado, agravando una crisis que forzó el último cambio de gabinete. Claro que acá también hay versiones que dicen que eso no provocó conflictos entre Prensa y Programación.

También, relatan versiones, fue debatida la pertinencia de la actividad de mediados de agosto, cuando para anunciar el regreso del fútbol profesional el Presidente terminó al arco atajando penales.

En Palacio no niegan que estos meses han sido duros y “muy desafiantes”. Pero también hay cercanos a Piñera que aseguran que esa fase quedó atrás, que ahora no perciben a colaboradores afectados en lo personal, que no han detectado señales ni de estrés postraumático ni nada, que hay un “equipo comprometido y jugado de capitán a paje”, y que siguen trabajando con ahínco y motivos (más ahora que retomaron las salidas a terreno).

También describen que la gente está “empoderada”, y que el escenario ha requerido de “nuevos talentos”, y que han fomentado el “trabajo colaborativo, generar unidad entre los equipos, disciplina y proyección”. Y que, por encima de todo -insiste esta versión- “nos une mucho la figura del Presidente y de su liderazgo”.

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