Sobrepeso y sedentarismo: Los riesgos de una pandemia silenciosa

Con un 34% por ciento de la población obesa y un 3% de ella en estado mórbido, Chile lidera los rankings internacionales con un terremoto profundo que nos tiene llenos de comorbilidades como diabetes o hipertensión. Expertos nos entregan una radiografía y nos hablan de una pandemia acallada por el COVID-19. Mientras, un proyecto de ley busca establecer la obesidad como una enfermedad crónica.




Mientras las autoridades hacen campañas públicas para concientizar en el mes de la diabetes, los casi dos años de encierro producto del COVID-19 han pasado la cuenta en una de las enfermedades crónicas más “normalizadas” por nuestra población: la obesidad y su amigo querido, el sedentarismo.

En ese contexto, el 12 de noviembre se presentó la iniciativa que permitirá acciones paulatinas para garantizar diagnóstico, tratamiento y acompañamiento multidisciplinario de la obesidad. Impulsada por los diputados Gonzalo Fuenzalida y José Miguel Castro, busca establecer la Política Nacional de Alimentación Saludable y la Prevención de la Obesidad, la cual deberá ser elaborada e implementada por el Ministerio de Salud y que buscará la promoción y regulación de alimentos procesados saludables; la promoción de una dieta saludable; la prevención y control de sobrepeso y obesidad; la vigilancia epidemiológica del sobrepeso y obesidad; y estrategias de cobertura y financiamiento para el tratamiento de la obesidad.

El ministro Enrique Paris explicó que “al ser considerada la obesidad como una enfermedad crónica significa un cambio de paradigma: Se incorpora en el GES y en las mallas curriculares del área de la salud para que todos los estudiantes entiendan que es una enfermedad”, planteó Paris.

EL EFECTO COVID-19

Yasna Muñoz, docente de la escuela de nutrición y dietética, área clínica UNAB, plantea que la obesidad es una enfermedad crónica y que, durante la pandemia, en los Cesfam no se controló tan rigurosamente a los pacientes crónicos. “La pandemia generó mucho miedo de salir a la calle y eso bajó la atención y pagar telemedicina no es asequible para todos”.

El empeoramiento en la calidad de la alimentación de los chilenos es síntoma y consecuencia de nuestro estilo de vida, con jornadas largas y cansancio que “generan una alimentación rápida, con no todos los nutrientes necesarios. No se come tanta fruta o verdura. Los horarios también influyen. En Chile no se hace la cena. Deberíamos hacer las cuatro comidas principales: desayuno, almuerzo, once y cena. Tendríamos que consumir más legumbres. Hemos perdido esa costumbre, por menos tiempo, para dedicarle a la cocina”, planeta Muñoz.

¿Pero qué tan grave es la situación? Las cifras obtenidas por la “Encuesta de percepción a personas que viven con obesidad en Chile”, realizada en abril pasado por Lenz Consultores son aplastantes. El 34,4% de la población chilena sufre de obesidad. Es decir, tiene un índice de masa corporal IMC mayor a 30. Esta cifra es 15 puntos porcentuales más alta que el 19,4% del promedio de los países de la OECD (2015), lo que ubica a Chile como uno de los países más obesos de la OECD.

La encuesta de obesidad elaborada por Rony Lenz, economista, ex director de Fonasa, director de postgrado y director MBA con especialización en salud del Instituto de Salud Pública de la UNAB, indica que en 2021 un 83% de la muestra ahora está en condición de obesidad y un 17% fue diagnosticado en el pasado. La crisis sanitaria que acarrea estos números se mantiene silenciosa, mientras todas las miradas se centran en el COVID-19 y las atenciones de urgencia que fueron postergadas durante casi dos años de cuarentenas.

COMBATIR EL SEDENTARISMO

La doctora Cecilia Troncoso, médico cirujano Universidad de Chile, con especialidad en Obesidad y síndrome metabólico, explica que hay un empeoramiento en el estilo de vida de las personas en su salud metabólica. “El hecho de recluirse en pandemia, con incertidumbre mundial, hizo que las personas dejaran los controles, medicar sus enfermedades y se produjo un descontrol de la parte metabólica”.

Con gimnasios cerrados, clases y trabajo online, el sedentarismo se petrificó en rutina. Troncoso plantea que los pacientes se sentaron mucho más de lo que lo hacían normalmente y la incertidumbre generó un estado de ansiedad. “De 10 pacientes con portación de sobrepeso u obesidad, 8 o 9 tienen trastornos ansiosos y esa ansiedad se vació en el tema de la comida, de controlar su angustia con carbohidratos, grasas dulces y además les daba flojera cocinar, entonces era más fácil comprar un delivery. Hubo muchos factores que encadenaron un deterioro del estado de salud en todo el mundo. Tengo pacientes que en un año subieron 15 kilos. Hubo un descontrol tremendo. Los prediabéticos ahora son diabéticos, y así”, plantea.

La subsecretaría de salud pública indica que la prevalencia de obesidad en nuestro país alcanza un 31,4% en población mayor o igual a 15 años (Encuesta Nacional de Salud ENS 2016-2017), en tanto que la malnutrición por exceso, es decir, sobrepeso, obesidad y obesidad severa, asciende a 75%. “Esta última cifra en comparación a los países de la OCDE nos posiciona en 2° lugar, es decir, dentro de las economías con peores índices en esta materia, superando a EE. UU (OCDE, 2021)”, apuntan.

Este escenario no es diferente en el grupo de niños y niñas menores de 6 años pertenecientes sistemas públicos de salud, cuya prevalencia de obesidad al año 2020 alcanzó un 12,42% y 23,24% de sobrepeso. (DEIS MINSAL, 2021). Respecto al estado nutricional en el grupo de gestantes, el 38,14% presenta obesidad y 31,44% sobrepeso, es decir, 69.58% presentan malnutrición por exceso, informa la subsecretaría de salud pública.

LAS ALERTAS DE LA OBESIDAD

Con la pandemia todavía rondando el mundo, la nutricionista UNAB Yasna Muñoz explica que los pacientes con comorbilidades (diabetes, hipertensión, sobrepeso) “tienen más prevalencia a estar más tiempo hospitalizados y mayores complicaciones frente al virus. La obesidad es una enfermedad inflamatoria y todas las enfermedades crónicas tienen una carga de radicales libres, de estrés oxidativo a nivel del cuerpo. Esas dos condiciones se potencian cuando estás siendo atacado por el COVID-19″, sostiene.

En esa línea, la doctora Cecilia Troncoso, con especialidad en obesidad y síndrome metabólico, señala que “los pacientes obesos ya tienen descontrol de los niveles de azúcar, presión, problemas de ventilación, en general tienen reflujo, apnea de sueño, entonces esa persona, con COVID-19, es una ruleta rusa hacia las complicaciones”.

Para la doctora Troncoso portar exceso de peso es una enfermedad crónica. “El diagnostico no es por el peso, porque la balanza no discrimina agua, grasa, músculo y huesos. El síndrome metabólico se desarrolla cuando se juntan variables como aumento de peso, presión alta, hígado graso, resistencia a la insulina, aumento del perímetro del abdomen (102 hombres, 88 mujeres). Si se tiene 3 o 4 de estas variables, tienes síndrome metabólico”.

Dentro de las señales, indica, el paciente ve dos cosas: deterioro de su salud mental y metabólica. “Hay personas que suben tres kilos y los pueden manejar, pero hay otros a los que les angustia y no quieren salir, sacarse una foto o asistir a un evento. Ahí hay un deterioro en salud mental”. Troncoso agrega que si ve grasa visceral prominente, eso es muy maligno. Además de traer diabetes, hipertensión e infarto, acarrea cáncer.

EL DRAMA DE LA OBESIDAD COMO ENFERMEDAD CRÓNICA

Rony Lenz, economista, ex director de Fonasa, director de postgrado y director MBA con especialización en salud del Instituto de Salud Pública de la UNAB, sostiene que el sistema público está tratando las comorbilidades derivadas de la obesidad, pero prácticamente no aborda la obesidad como un problema de salud. “El sistema está diseñado para atender la diabetes, hipertensión, depresión, que derivan de la obesidad, pero no actúan sobre el problema de fondo. Hasta el momento, la obesidad ha sido considerada como un factor de riesgo y no como una patología en sí misma. Es por eso que no tiene cobertura en el GES o que no existen programas propiamente tales para manejar la obesidad”.

El experto en salud pública apunta a que el sistema ha adoptado la visión de que la obesidad es un factor de riesgo y frente a eso desarrolla campañas de salud pública que son importantes y que hay que seguir reforzando, como por ejemplo el etiquetado de alimentos o el impuesto a bebidas azucaradas. “Eso está bien, pero se les denomina medidas de prevención primarias, dirigidas a población que está sana para que no caigan en el problema de la obesidad. Cuando ya tienes población obesa, esas medidas no son suficientes y tienes que entrar a medidas de prevención secundarias, que son atenciones para que la enfermedad no progrese. Ahí tenemos un vacío muy grande”.

La consultora que dirige el académico de la UNAB desarrolló un Mapa de obesidad en Chile, que toma la encuesta nacional de salud y la analiza desde la perspectiva de la obesidad. Lo que se encuentra es que todas las patologías están disparadas en la población obesa. “Por ejemplo, la probabilidad de que una persona tenga un infarto agudo al miocardio, en población con obesidad, es alrededor de tres veces más alta que en una persona que no tiene obesidad. La misma relación sucede con la hipertensión y diabetes”.

Adicionalmente, la encuesta de obesidad indica que la gente obesa tiene consumos de frutas y verduras y sedentarismo que no son muy distintos de la población normo peso. “Eso es interesante, pues está instalada la creencia de que el obeso podría tener conductas distintas al resto de las personas, pero lo que está pasando es que los problemas metabólicos de las personas con obesidad terminan generando mayor volumen corporal”, explica.

Según la encuesta, un 93% de la muestra ha intentado bajar de peso por iniciativa propia. “La mayoría de las personas con obesidad están activamente tratando de bajar de peso, pero como no tienen apoyo de del sistema de salud, no lo logran, entonces rebotan, vuelven a ganar peso o sencillamente no lo bajan”, indica Lenz, quien agrega que un 40%, sobre todo mujeres, se siente estigmatizada por los profesionales de la salud, debido a su enfermedad.

El mismo estudio indica que en el país la obesidad está repartida de manera muy heterogénea entre sexo, edad y regiones. Del 34% de obesidad, hay zonas donde está concentrada, como en las regiones del sur del país, con mayor prevalencia; las mujeres adultas mayores también tienen mayores concentraciones y es preocupante la obesidad que se está comenzando a visualizar en mujeres en edad fértil. “La maternidad hace que la mujer vaya acumulando tejido graso adiposo y cada embarazo eleva los niveles de obesidad. Lo que estamos recomendando como política pública es prestarles atención a las madres primigestas para llevarlas a controlar su obesidad, pues o si no se produce el efecto transmitirla a la generación siguiente, que son sus hijos”, indica Lenz.

La obesidad está atacando a casi un tercio de la población chilena. Los datos también indican que la diabetes afecta a un 12%. “La obesidad ataca a tres veces esa población. Entonces se hacen planes para mantener compensados a los diabéticos, pero no se hace nada con la obesidad. La gente está pidiendo que se la incorpore al GES, que es la herramienta de política pública en salud, y que da acceso a una atención oportuna. Ser obeso es una condición que te acompaña el resto de tu vida por el desorden que se produce a nivel metabólico, no se escoge”, agrega el director MBA con especialización en salud del instituto de salud pública de la UNAB.

CÓMO SE ATACA EL PROBLEMA

Desde la Subsecretaría de salud pública apuntan que “un rol fundamental de la promoción de la salud es aumentar el acceso a que la población mantenga un estilo de vida saludable, lo que impacta positivamente en su sistema inmune. Comer dietas saludables, mantenerse físicamente activo, dejar de fumar, limitar o evitar el consumo de alcohol y dormir lo suficiente son componentes clave de un estilo de vida saludable durante el tiempo de cuarentena y aislamiento”.

Lenz plantea que a nivel internacional se recomiendan cuatro estrategias para atacar el problema de la obesidad: primero la nutrición, donde un profesional debe ayudar a armar tu dieta. Después la actividad física, donde otro profesional tiene que ayudar a hacer ejercicios adecuados a tu anatomía. También debe haber un manejo psicológico de apoyo, porque la obesidad viene acompañada de problemas de salud mental o se origina por ellos, como depresión o ansiedad y estas terapias tienen que ir acompañadas de fármacos. Los medicamentos refuerzan los otros tres pilares.

Respecto a la población donde la obesidad ha progresado a un nivel alarmante, que es el 3% de personas con obesidad mórbida, ese grupo debe ser acompañado con cirugía bariátrica. “En Chile tenemos una cobertura de cirugía bariátrica que es bajísima en el sector público. Hay cerca de 300 mil personas con obesidad mórbida y se está atendiendo unas mil cirugías en el sistema público, hay una brecha terrible. No hay cobertura de fármacos y en nutrición la cobertura es muy exigua, porque está orientada a los que tienen diabetes, que es una fracción de las personas que tienen obesidad”, indica Lenz.

El mote de pandemia silenciosa no es exagerado. Los expertos esperan que para el 2030, el gasto en tratamientos de obesidad y sus comorbilidades se duplique en Chile. Lenz es categórico en este punto: “El componente más fuerte de la obesidad no es en gastos médicos, sino cómo incide en la economía: hay ausentismo, que se traduce en presentismo laboral, que es la condición de estar enfermo y trabajando. La productividad es mala y además lo más problemático es la condición de pérdida de años de vida”.

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