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Viajes largos en verano: consejos prácticos para cuidar la salud

Pasar muchas horas sentado, exponerse al calor y descuidar la hidratación puede afectar seriamente al organismo durante los viajes largos, sea en avión o en auto. La académica UNAB Karen Yáñez advierte que la combinación de inmovilidad, deshidratación y fatiga aumenta el riesgo de trastornos circulatorios, descompensaciones y accidentes, especialmente durante esta temporada y en grupos de riesgo.

El verano en Chile es sinónimo de movimiento. Sólo desde el aeropuerto de Santiago, la principal puerta de entrada y salida del país, miles de personas inician cada día viajes que pueden durar hasta seis horas dentro del territorio o extenderse por más de 14 horas hacia destinos como Europa o Australia.

Para dimensionar, se registran más de 236 vuelos diarios hacia 63 destinos (16 domésticos y 47 internacionales), operados por alrededor de 20 aerolíneas. La alta conectividad aérea, con decenas de rutas nacionales e internacionales directas, y un flujo récord de pasajeros durante la temporada estival, con más de 26,5 millones de pasajeros movilizados en 2025, lo transformaron en el terminal aéreo “más puntual” del mundo.

Pero ninguna moderna infraestructura aeroportuaria o trayectos más rápidos harán que el cuerpo humano no se canse. Permanecer muchas horas sentado, exponerse al calor, al aire seco de las cabinas o a la fatiga acumulada del viaje transforma estos desplazamientos en un desafío silencioso para la salud.

LT Board reunió consejos de especialistas, que advierten que la combinación de inmovilidad prolongada, deshidratación y cansancio puede desencadenar diferentes problemas, riesgos que aumentan durante el verano y que afectan especialmente a grupos particulares que ya abordaremos.

“No se trata de decir que viajar sea peligroso en sí mismo, sino de entender que el cuerpo humano no está diseñado para permanecer tantas horas sentado y quieto”, explica Karen Yáñez, académica del área de la Facultad de Enfermería en la Universidad Andrés Bello sede Concepción y especialista en cuidados de salud.

A su juicio, los viajes largos durante el verano concentran varios factores de riesgo que tienden a subestimarse. “Deshidratación, fatiga extrema, trastornos circulatorios y descompensación de enfermedades crónicas son problemas que vemos con frecuencia después de trayectos prolongados”, explica.

Uno de los principales riesgos asociados a los viajes extensos es el efecto de permanecer muchas horas sentado. Según Yáñez, la inmovilidad afecta directamente la circulación sanguínea. Cuando las piernas no se mueven, dice, disminuye el retorno venoso hacia el corazón y esa sangre se estanca, lo que favorece la hinchazón, el dolor y, en situaciones más graves, la trombosis venosa profunda.

En los vuelos, el aire seco de la cabina favorece la pérdida de líquidos, por lo que es importante evitar la ingesta de alcohol.

Este riesgo aumenta en vuelos largos, donde el espacio reducido dificulta cambiar de postura, y se vuelve especialmente relevante en trayectos superiores a cuatro o seis horas sin movimiento. “No todas las personas tienen el mismo riesgo, pero hay grupos que deben extremar las precauciones”, añade, mencionando como prioridad a adultos mayores, embarazadas, personas con obesidad, usuarios de anticonceptivos hormonales, pacientes con cáncer, cirugías recientes o antecedentes de trombosis.

Desde el ámbito del movimiento corporal, Daniela Donoso, gerente técnica y de experiencia de Sportlife, coincide en que el problema no es el viaje en sí, sino la falta de movilidad.

“Estar demasiadas horas sentado hace que los músculos, sobre todo los de las piernas, trabajen menos. Eso provoca rigidez, sensación de pesadez y molestias que también se trasladan a la espalda y el cuello”, explica. En vuelos de larga duración, agrega, el efecto se acentúa: “El espacio reducido y la presión de la altura influyen. Muchas personas bajan del avión sintiendo el cuerpo lento, rígido, como si costara volver a moverse”.

La edad y la condición física sí importan

Las consecuencias de la inmovilidad no son iguales para todos. Donoso subraya que la edad y el nivel de actividad física marcan diferencias claras. En personas jóvenes estas molestias suelen ser más leves, pero a medida que aumenta la edad, dice la especialista, se suma “rigidez articular, menor estabilidad y mayor riesgo de calambres o caídas al llegar a destino”.

Por eso, el mensaje preventivo apunta a la anticipación. “Llegar al viaje con el cuerpo mínimamente activado marca una gran diferencia. No hablamos de entrenamientos intensos, sino de caminar más, subir escaleras, mover tobillos y caderas durante las semanas previas”, señala.

Durante el verano, el riesgo de deshidratación aumenta de forma significativa. En los vuelos, el aire seco de la cabina favorece la pérdida de líquidos, mientras que en los viajes por carretera el calor incrementa las necesidades del organismo. Así lo explica Camila Rojas, parte de Next to Flight, escuela para aspirantes de tripulantes de cabina, quien detalla que entre las molestias más comunes que observan a bordo están “la hinchazón de pies y piernas, el cansancio excesivo, dolores musculares, somnolencia irregular e incluso mareos o malestar digestivo por cambios de presión o comidas pesadas”.

“La fatiga y el calor disminuyen la concentración, enlentecen los reflejos y aumentan la somnolencia”, señala Karen Yáñez. Por eso, para un viaje por carretera es indispensable el descanso de quien conduce.

A esto se suma la sequedad ambiental. “Es habitual ver irritación de la piel y los labios, especialmente en vuelos de más de seis horas”, comenta. En niños pequeños, además, el descenso del avión suele generar dolor de oídos, particularmente bajo los 10 mil pies.

Uno de los errores más comunes es beber poca agua o reemplazarla por alcohol, café o bebidas energéticas, advierte Karen Yáñez, académica UNAB. Evitar líquidos para no ir al baño, para evitar levantarse del asiento o incomodar a la fila, es otra conducta frecuente que termina afectando la circulación y la regulación térmica.

En los viajes largos por carretera, el impacto no es solo físico, sino también cognitivo. “La fatiga y el calor disminuyen la concentración, enlentecen los reflejos y aumentan la somnolencia”, señala Yáñez. Esto eleva significativamente el riesgo de accidentes, incluso en personas que no han consumido alcohol.

Planificar pausas cada dos horas, hidratarse de forma constante y evitar conducir cansado son medidas básicas que pueden marcar la diferencia entre un viaje seguro y uno riesgoso.

Señales de alerta que no se deben ignorar

Existen síntomas que requieren atención médica inmediata durante o después de un viaje largo. Entre ellos, Karen Yáñez menciona el dolor o hinchazón persistente en piernas, especialmente si es solo en una; enrojecimiento o calor local en la pantorrilla; falta de aire repentina; dolor en el pecho; mareos o desmayos.

Desde la experiencia a bordo, Camila Rojas, de Next to Flight, añade que cualquier molestia intensa debe comunicarse de inmediato. “Los tripulantes estamos entrenados para actuar rápido frente a cualquier malestar”, explica, y agrega que siempre “es mejor avisar a tiempo y no minimizar los síntomas”. Mareos fuertes, dificultad para respirar, calambres severos, náuseas persistentes o cambios visibles en la coloración de la piel o los labios no deben esperar a que el vuelo termine.

La prevención, recalcan las expertas, no requiere rutinas complejas. “El concepto es moverse poco, pero seguido”, resume Daniela Donoso. Durante el viaje, incluso desde el asiento, se pueden hacer movimientos simples. Ejercicios como levantar y bajar los talones, rotar los tobillos, flexionar rodillas o contraer los glúteos por algunos segundos, son prácticas fáciles y efectivas.

Cuando se viaja en avión se se recomienda el siguiente ejercicio: abrir el pecho, levantar el mentón y hacer movimientos suaves de cuello y hombros para liberar la tensión acumulada.

Para el tren superior, se recomienda abrir el pecho, levantar el mentón y hacer movimientos suaves de cuello y hombros para liberar la tensión acumulada, aconsejan desde Sportlife. Idealmente, estas activaciones deberían repetirse cada 30 a 60 minutos.

Al llegar a destino, el consejo es no estirar de inmediato. “Primero caminar entre cinco y diez minutos para reactivar la circulación, luego movilizar y recién después estirar suavemente, sin rebotes ni dolor”, detalla.

Preparación previa y planificación del viaje

En personas con dolor lumbar, problemas de rodilla o sobrepeso, la anticipación es clave. Donoso sugiere viajar con ropa cómoda, usar soporte lumbar si es necesario y elegir asientos que faciliten el movimiento frecuente.

Desde la industria aérea, LATAM Airlines Group recuerda que la temporada alta del verano austral incrementa considerablemente el flujo de pasajeros en aeropuertos. Por ello, recomienda llegar con anticipación, revisar requisitos migratorios, preferir la aplicación móvil para mantenerse informado y reservar con tiempo servicios de asistencia especial.

Los viajes largos en verano no tienen por qué transformarse en una experiencia negativa. La idea es que prevalezca la aventura y el descanso por sobre todo. Con planificación, hidratación adecuada, movimiento regular y atención a las señales del cuerpo, es posible reducir significativamente las molestias y prevenir complicaciones graves. “Reconocer los síntomas de alerta puede literalmente salvar vidas”, concluye Karen Yáñez, de la UNAB.

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