Por Cristina CifuentesChernobyl, el fantasma del desastre nuclear 40 años después
Poco después de la medianoche del 26 de abril de 1986, una prueba de seguridad rutinaria en el reactor cuatro de la central nuclear salió catastróficamente mal, desencadenando el peor desastre nuclear de la historia. Si bien los niveles de radiación en la zona han bajado, para quienes acudieron a realizar tareas de limpieza y mitigación, los recuerdos de esos días aún siguen vivos. Ahora, además, se suma un nuevo peligro: los ataques de drones y misiles rusos.

El 26 de abril de 1986, el sargento ucraniano Serhii Dovhii tenía 20 años y se encontraba cumpliendo el servicio militar obligatorio en las Fuerzas Armadas Soviéticas como jefe de una estación de radio en un vehículo de mando BTR 60PB en la localidad de Zhytomyr, en el noroeste de Ucrania. Esa noche su vida sufrió un vuelco dramático, debido a que una prueba de seguridad rutinaria en el reactor cuatro de la central de Chernobyl (Chornobyl en ucraniano) salió catastróficamente mal, desencadenando el peor desastre nuclear de la historia.
Cinco días después del accidente, su unidad recibió la orden de trasladarse hacia la aldea de Dibrova, en la región de Kiev, ubicada fuera del perímetro de la zona contaminada. Allí establecieron un punto de despliegue temporal. “Realmente no sabíamos mucho. Nos hablaron de un accidente en la central nuclear de Chernobyl y que había radiación, que teníamos que ocuparnos primero del incendio, luego de las consecuencias, pero en realidad no entendíamos del todo qué era la radiación”, dice Serhii Dovhii en conversación con La Tercera.

“Al principio llevábamos nuestros uniformes habituales. Sin embargo, un poco más tarde nos cambiaron la ropa y nos pasaron una especial de protección: se trataba de un uniforme tratado con algún tipo de solución, porque tenía un olor perceptible. No teníamos miedo, porque no habíamos tenido suficiente información y no habíamos comprendido la magnitud en aquellos tiempos. Además, éramos bastante jóvenes para pensar en posibles riesgos”, añade Dovhii, quien aún forma parte de las FF.AA. de Ucrania.
Para entonces, una nube de polvo radiactivo se había elevado a la atmósfera terrestre. El viento dispersó isótopos radiactivos peligrosos hacia el noroeste, que se depositaron en el suelo y contaminaron el agua. Ucrania, entre las antiguas repúblicas soviéticas, fue la más comprometida por el accidente. Bielorrusia recibió aproximadamente el 60% de las emisiones nocivas. Rusia también se vio afectada por la contaminación radiactiva. Un potente ciclón transportó sustancias radiactivas a través de Lituania, Letonia, Polonia, Suecia, Noruega, Austria, Finlandia, Gran Bretaña y, posteriormente, Alemania, los Países Bajos y Bélgica.

Bajo el liderazgo de Mijail Gorbachov (1985-1991), la Unión Soviética proclamaba transparencia y apertura. Sin embargo, durante dos días el mundo no supo de la explosión: toda la información quedó bajo el control del Partido Comunista y el KGB.
Perros hambrientos
A 40 años de la tragedia, un estudio del Instituto Ucraniano de la Memoria Nacional señaló que 30 empleados de la central nuclear murieron a causa de la explosión o de una grave enfermedad por radiación en los meses posteriores al accidente. Según estimaciones independientes, 500.000 personas murieron por la radiación y 8,5 millones de residentes de Ucrania, Bielorrusia y Rusia recibieron dosis de radiación.
A su vez, más de 600.000 personas se convirtieron en liquidadores del accidente: lucharon contra el fuego y retiraron los escombros. Un total de 2.293 ciudades y pueblos ucranianos, con una población aproximada de 2,6 millones de personas, están contaminados con nucleidos radiactivos.
“Uno de los recuerdos más vívidos que tengo es cuando vi las columnas de vehículos y autobuses y a la orilla de la carretera había mucha ropa médica y militar, que pertenecía a personas que habían acompañado convoyes de evacuación. Tras el accidente, la ropa fue retirada tras las revisiones de radiación, por eso estaba tirada. Cuando estábamos de servicio en Prípiat, algunos oficiales me aconsejaron limitar el movimiento, no deambular innecesariamente y evitar la exposición, porque la radiación era extremadamente dañina”, relata.

La localidad de Prípiat se encontraba en la zona de exclusión de Chernobyl, y Dovhii señala que albergaba a personas relativamente acomodadas: ingenieros y trabajadores de la industria nuclear. Su nivel de vida estaba por encima de la media soviética y muchos habían trabajado en proyectos de construcción en el extranjero. Sus departamentos estaban bien amueblados.
“Durante la evacuación, se le dijo a la gente que llevara solo documentos, dinero y artículos esenciales para dos o tres días, ya que se esperaba que regresaran pronto. Como resultado, dejaron casi todo atrás. Se evacuó a la gente, pero muchos animales quedaron abandonados. Había perros salvajes, hambrientos y peligrosos. También había establos cerrados y granjas de cerdos donde se habían dejado animales dentro. Lo que vi fue aterrador: embestimos las puertas de la granja y las abrimos, era alrededor del décimo día después del accidente. Las vacas estaban en un estado terrible, muchas ya estaban muertas y en descomposición”, cuenta.
Un nuevo peligro
A cuatro décadas de las escenas descritas por Dovhii la preocupación ha vuelto a centrarse en Chernobyl producto de la guerra de Rusia en Ucrania. Y aunque desde el 15 de diciembre de 2000 la central nuclear se encuentra clausurada y se han tomado medidas para evitar un colapso del sarcófago, la amenaza sigue latente debido a los ataques rusos.

El fiscal general de Ucrania, Ruslan Kravchenko, advirtió este miércoles que se han detectado 35 misiles Kinzhal en un radio de unos 20 kilómetros de las instalaciones de Chernobyl. “Estos lanzamientos no pueden explicarse por ninguna consideración militar. Es evidente que los vuelos sobre las instalaciones nucleares se realizan únicamente con fines de intimidación y terror”, afirma.
Es más, el 14 de febrero de 2025, un dron de ataque ruso dañó el refugio de la cuarta unidad de potencia de la central nuclear. En este sentido, un informe de mediados de este mes de Greenpeace Ucrania indicó que esa ofensiva aumentó el riesgo de que el sarcófago se derrumbe antes de que pueda ser desmantelado cuidadosamente. Los restos del reactor 4 y el sarcófago se encuentran dentro de lo que se conoce como Centro de Seguridad Nuclear (CSN), instalado desde 2019 y cuyo proceso de desmantelamiento debía comenzar después de 2022.

“Los ataques rusos provocan pérdida de energía eléctrica, limitaciones de personal disponible, múltiples alertas de misiles y drones. El CSN debe ser una instalación confinada sellada con sistemas funcionales: capas de material y aislamiento para mantener baja humedad y temperatura controlada. El impacto con dron y el fuego resultante dañaron todo esto”, explican a La Tercera Shaun Burnie, nuclear campaigner de Greenpeace Ucrania, y Polina Kolodiazhna, líder programática de Greenpeace Ucrania.
Las expertas sostienen que existe material radiactivo dentro de la unidad 4 destruida del reactor, que está dentro del sarcófago.
Reserva natural
Desde el accidente, los 4.500 kilómetros cuadrados de la zona de exclusión ha tenido una transformación en cuanto a la flora y fauna. Las expertas Burnie y Kolodiazhna señalan que el regreso de las especies raras se debe a la ausencia de personas. “Es una de las mayores reservas naturales no declaradas de Europa, pero se formó a partir de una tragedia humana y medioambiental que ha afectado a millones”, indican.
“En cierto nivel, el regreso de animales a la zona, como linces, osos y lobos, es muy importante. Pero, desafortunadamente, este es un entorno fuertemente contaminado por radiación -y que también afecta negativamente a la naturaleza-, incluyendo poblaciones, efectos genéticos, etc. Como no se puede ver la radiación, eso será una amenaza durante cientos o miles de años. Los científicos que investigan Chernobyl y sus efectos de la radiación en la naturaleza están trabajando en cuestiones importantes y complejas, pero también están amenazados por la guerra”, señalan.

La zona actualmente puede ser visitada por turistas. Serhii Myrnyl, que trabajó como liquidador de radiación, es decir, gestionó la limpieza y contención del desastre nuclear dos meses después de la explosión, realiza tours.
“Comparado con lo que medí en los lugares más contaminados, debido a las medidas de mitigación, descontaminación y los procesos naturales, la contaminación disminuyó 1.000 veces. Y comparado con lo que había en los primeros días tras la explosión, es 10.000 veces menos”, cuenta.
“Lo que necesitamos es lo que llamo la gran revolución cultural de la radiación para llegar a nuevos acuerdos. Necesitamos diferentes fuentes de energía. Y la energía nuclear puede ser una, pero debe gestionarse adecuadamente”, concluye Myrnyl.
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Casi nadie tiene claro qué es un modelo generativo. El resto lo leyó en La Tercera
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