Por Bastián DíazPor qué Estados Unidos e Israel atacaron cuando lo hicieron
Los dos países vieron la oportunidad de “deshacerse” rápidamente del principal líder iraní, y dejar así al país más indefenso a la hora de congregar la Guardia Revolucionaria en miras a defenderse.

Pareció una decisión tomada en el último minuto. Hace pocos meses, Donald Trump decía que el programa nuclear de Irán había sido “destrozado”, luego de la guerra de 12 días en 2025, y hasta el última día, le había dicho al Congreso norteamericano que quería “resolver este problema a través de la diplomacia”, refiriéndose a las negociaciones con el país de Medio Oriente.
Incluso el mismo viernes por la noche, pocas horas antes del ataque, el presidente estadounidense dijo a los periodistas en Washington que, aunque “no estaba encantado” con que Irán no cediera a sus demandas, las conversaciones continuarían. Por eso fue sorpresivo que, pasada la medianoche, los aviones de guerra israelíes y norteamericanos bombardearan Teherán un poco después.
Con entre 30 mil y 40 mil tropas norteamericanas agrupadas en Medio Oriente, Trump llevaba semanas juntando armamento y equipo para amenazar a Irán. Pero, según indican los reportes de fuentes cercanas a la toma de decisión, al final la presión israelí fue la que se impuso para aprovechar una “ventana de oportunidad” que se abría este sábado 28.

Según indicó el medio The Guardian, hasta entonces la inteligencia israelí y norteamericana venían siguiendo de cerca los movimientos del líder supremo de Irán, el ayatollah Jamenei, y determinaron que una ventana de oportunidad se habría para matarlo este fin de semana. Fuentes cercanas a la toma de esta decisión encontraron que era un momento ideal para matar, de paso, a otros líderes militares en el mismo lugar.
El razonamiento detrás de decapitar al régimen iraní era la creencia de que, aunque la Guardia Revolucionaria iraní pudiera ser profundamente leal a Jamenei, en caso de su muerte no apoyarían a ninguno de sus sucesores en la misma medida. Otra persona informada sobre los preparativos militares israelíes para la operación añadió que “hubo varias reuniones esa mañana, y todas fueron el objetivo”.
La CIA había llegado a la conclusión de que Jamenei estaría en su complejo el sábado por la mañana, y esa información los israelíes la combinaron con su propia información: de que los principales comandantes iraníes también estarían presentes en las reuniones. En conjunto, la administración concluyó que había una alta probabilidad de poder eliminarlos de un solo golpe.
Al final, la información resultó precisa. La agencia estatal de noticias iraní, IRNA, confirmó la muerte de dos de los principales mandos del país: el jefe del consejo militar, el almirante Ali Shamkhani, y el general Mohammad Pakpour, comandante en jefe de la Guardia Revolucionaria iraní.

Trump se vio impulsado a atacar, según declaró un alto funcionario a la prensa el sábado, porque Estados Unidos había visto “indicadores” de que Irán atacaría objetivos estadounidenses en el extranjero “de forma preventiva”, con misiles y otras armas convencionales. Esa información obligó a Trump a ordenar sus propios ataques, afirmó el funcionario, aunque sin explicar qué indicadores específicos pudo haber tomado en cuenta el presidente.
El análisis estadounidense mostró que “si nos hubiéramos quedado de brazos cruzados esperando a ser atacados primero, la cantidad de víctimas y daños habría sido sustancialmente mayor”, añadió el alto funcionario. En parte esto fue cierto, ya que después de los ataques estadounidenses e israelíes del sábado, Irán contraatacó no solo en instalaciones militares, sino también en edificios civiles en Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos.
Ahora, la voluntad de los ataques preventivos no está del todo probada, y algunos dudan de esta excusa. El senador demócrata Mark R. Warner, vicepresidente del Comité de Inteligencia del Senado, afirmó que la administración nunca describió la urgencia que hizo necesaria la acción militar. “No creo haber recibido una respuesta sobre cuál era la amenaza inminente”, declaró Warner en una entrevista.

Quienes sí estaban seguros de querer el ataque eran los israelíes: se trataba de una oportunidad para atacar a un adversario estratégico, en un momento en que Estados Unidos estaba preparado para ello, y había desarrollado una fuerza naval capaz de defender simultáneamente a Israel. Un oficial militar israelí defendió el ataque ante la prensa, argumentando que Irán no había abandonado su “plan de destrucción de Israel”, basado en tres pilares: el programa nuclear del régimen, su arsenal de misiles y su red regional de milicias subsidiarias.
El oficial afirmó que la inteligencia israelí había observado una “fuerte aceleración” en la producción de misiles, que el apoyo financiero de Teherán a sus aliados seguía vigente y que Irán buscaba “ocultar y fortalecer” su programa nuclear.
Los líderes israelíes llevan años con el temor de que sus vecinos imiten el programa nuclear clandestino que Israel ha construido, por fuera del Tratado de No Proliferación. Los predecesores del primer ministro actual, Menachem Begin y Ehud Olmert, ya habían ordenado antes el bombardeo de un reactor nuclear iraquí en 1981 y de uno presuntamente sirio en 2009, respectivamente.
La preferencia por evitar la diplomacia también es conocida en Netanyahu, que presume de una relación cercana con Trump. Incluso afirmó que ayudó a convencer a Trump de romper el acuerdo nuclear original con Irán de 2015, y le agradeció por enviar bombarderos B-2 estadounidenses para atacar las instalaciones nucleares de Irán en junio.
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