Revisitando el Wallmapu: la nueva impronta mapuche en la escena local

Cuestionar la historia oficial y visibilizar lo que fue ignorado, es el impulso de un grupo de creadores que hoy muestran sus obras en distintos formatos, del artista Bernardo Oyarzún al coreógrafo Ricardo Curaqueo.

Si el pueblo mapuche hubiese levantado templos u otra clase de espacios sagrados para rendir culto a sus antepasados, es muy probable que lucieran, en más de algún aspecto, como la muestra con que el artista chileno Bernardo Oyarzún (1963) noqueó a la audiencia de la Bienal de Arte de Venecia del año pasado. 1.300 máscaras talladas por artesanos originarios -llamadas kollong- y 6.907 apellidos que corrían uno tras otro en la línea de letreros LED color rojo intenso, como Catrilán y Lauquén, hacían honor al título de la obra, Werken, que en mapudungún significa “mensajero”.

“Parece que estuvieran gritando ‘aquí estamos’. Esta frase fue repetida muchas veces en Venecia”, recuerda Oyarzún, quien tras representar a Chile con su instalación, curada por el paraguayo Ticio Escobar, a partir del 1 de febrero la exhibirá en el Parque Cultural de Valparaíso. “Es una imagen actual de Chile pero también la más oculta, postergada y reprimida. Perdimos toda vinculación con esta parte importante de nuestra identidad y caímos en el abismo de nuestra propia negación”, opina el artista. “Es lúdica la posibilidad de que salte de una ciudad loca y poética como Venecia a otra ciudad loca y poética como Valparaíso. Eso parece un buen augurio y un gesto político relevante”, añade.

Quizá otro gesto significativo sea la reciente itinerancia por Villarrica, Temuco y Concepción de Ñuke, la obra escrita por el dramaturgo David Arancibia bajo la dirección Paula González (1983). Un elenco de 9 actores y 3 músicos da vida a una historia basada en hechos reales y en la que una familia mapuche sufre por el encarcelamiento del hijo mayor, mientras su comunidad es atacada por fuerzas policiales. Mezcla de ficción -una leve inspiración en Bertolt Brecht- y teatro documental, el montaje que hasta mañana se presenta gratuitamente en el Museo de la Memoria transcurre al interior de una ruca de 13 por 9 metros de planta y 4 metros de alto.

“Muchas personas desconocen lo que vive una familia con los allanamientos, y aunque esta historia comenzó a escribirse en el año 2012 por David, no hemos parado de investigar y recopilar testimonios que cada vez la nutren más”, dice González. “El teatro es para nosotros una herramienta artística y política. Somos un medio no oficial que da a conocer la realidad del mal llamado ‘conflicto mapuche’, ya que éste no es un conflicto en sí mismo, sino que es el Estado de Chile quien tiene la responsabilidad de lo que está pasando. Aquí hay un problema histórico del cual nadie se ha hecho cargo”, agrega.

El cineasta chileno-estadounidense Niles Atallah (1978), quien hasta el 31 de enero exhibe su película Rey en el Cine Arte Alameda, va aún más allá: “Así como el teatro y otras disciplinas, el cine tiene una capacidad peligrosa de seguir proponiendo representaciones coloniales. O puede, por el otro lado, subvertirlas”, advierte. Ese fue uno de sus arrojos al filmar la misma cinta, ganadora del Tigre del Festival de Cine de Rotterdam y que narra la ya conocida historia del abogado francés Orélie Antoine de Tounens, quien fue declarado Rey de La Araucanía y Patagonia en 1860.

“Algo que me interesaba hacer con Rey tuvo que ver con la subjetividad del punto de vista no solo de cómo está escrita la historia, sino de quién la mira y quién decide que un episodio y un personaje sean importantes de registrar”, comenta Atallah. “El de Orélie surge de pronto como un relato excéntrico y divertido para comentar sobre copas y reírse de este francés, pero lo cierto es que él llegó a ser un problema realmente grave para la Conquista y su proyecto, y desde luego fue marginado de los relatos oficiales. Por eso la filmé, pues creo que al menos en la ficción y salvo en algunos casos notables, como el de Mala junta -la cinta de Claudia Huaiquimilla-, hay solo un rastro y muy ignorado y marginalizado del tema”, añade.

Malen (“niña” o “mujer joven” en mapudungún), por su parte, la pieza creada y dirigida por el bailarín y coreógrafo Ricardo Curaqueo (1987) que obtuvo el Premio a la Mejor obra de Danza del Círculo de Críticos 2017, explora a partir de 16 cuerpos femeninos de origen mapuche, aunque de distintas edades y ocupaciones, lo que significa ser, pensarse, sentirse y moverse como mapuche en los tiempos que corren. Luego de presentarse en festivales y ciclos locales, entre el 8 y 18 de marzo volverá al GAM, donde debutó el año pasado.

“Sinceramente no me siento revisitando algo, soy mapuche y creo que hago lo que debo hacer como artista mapuche”, dice Curaqueo, quien ve en Malen una justa reconstrucción y reparación de la vida y cultura mapuche, esta vez poniendo al centro la infancia y la vejez: “Es algo que a mí como creador me conmueve profundamente. Hoy veo con más claridad la necesidad de hermandad y cariño dentro del mundo mapuche, así como con el resto del mundo. Creo que sólo así podremos pensar un presente mapuche que construye con amor hacia el futuro, con generaciones que protegerán las aguas, los territorios, exigirán justicia y pondrán en valor la memoria que para muchos estaba extinguida”.

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