Columna de Gonzalo Cordero: 21 de mayo en cuarentena

29 DE FEBRERO DEL 2020 ACTIVIDAD DE EX FUNCIONARIOS DE LA ARMADA FRENTE AL MONUMENTO A LOS HEROES DE IQUIQUE. FOTO: DEDVI MISSENE



De todas las personalidades notables que ha producido o acogido nuestro país -Andrés Bello es una categoría por sí mismo- es Arturo Prat aquel por el que siento la mayor admiración; por eso, cada mes de mayo, desde que tengo el privilegio de ocupar este espacio, recuerdo su testimonio y ejemplo de vida. Pero año tras año se me acrecienta la duda de si la figura de ese marino y abogado representa algo para esta sociedad vociferante, cargada de agravios, moldeada por matinales y noteros que hacen bastos esfuerzos por construir una épica de justicia social sobre encapuchados que lanzan piedras y bombas incendiarias.

La historia recuerda y destaca al hombre de armas que se lanza al abordaje en un esfuerzo imposible; pero, aunque ese momento es de un heroísmo indudable no es el que, en mi opinión, hace de Prat la figura única y excepcional que es, esa cumbre la alcanza varias horas antes en la soledad y tranquilidad de su camarote, escribiendo a su familia con la certeza del destino fatal, pero con la tranquilidad del que enfrenta su deber sin dudas, ni cuestionamientos. Asume como ordinario lo que es extraordinario, creo que para él sería incomprensible que lo consideremos nuestro máximo héroe naval si solo cumplió con su deber. Prat no es un héroe por la adrenalina, sino por sus convicciones, su valor excepcional se desprende más del previo momento sereno en que empuña su pluma que cuando, después, blande el sable.

Recientemente el director del INDH cometió el “pecado” de hablar de los deberes y provocó el escándalo de todos los que reclaman derechos absolutos que crecen exponencialmente; en tiempos de pandemia se organizan fiestas masivas con desprecio por sus efectos sociales; y también se percibe como, en muchos, la ansiedad por conseguir el fracaso del gobierno pareciera alimentar el deseo de ver más contagios y decesos. Perdónenme, pero esta no es la sociedad por la que murió Prat.

A pesar de todo, también pienso en esas personas humildes que van a los hospitales a hacer aseo, auxiliares de enfermería o anónimos profesionales de la salud que no roban cámaras ni persiguen minutos de matinales, pero se levantan cada mañana para ir con un auténtico sentido del deber a salvar vidas, a un riesgo que no guarda relación con sus remuneraciones, ni con la desidia de esos cuyo individualismo irresponsable nos agrede.

Todavía hay jovenes que ingresan a la Armada, porque quieren seguir el ejemplo de Prat y muchos otros que en su vocación civil cumplen su deber sin estridencia, no van por la vida en actitud de acreedores sociales, ni rumiando amarguras y exigiendo a los demás antes de poner su cuota de esfuerzo personal. Por ellos es que cada año todavía concluyo que vale la pena escribir sobre el heroísmo de Prat.

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