Al fondo a la izquierda

El FA no sólo arriesga perder a sus votantes más moderados (que, por lo pronto, son muy críticos del legado de la Concertación), sino que además sale a la caza de los votantes de izquierda. Y nadie va a preferir la copia (el FA) si pueden votar por el original (PC).



Una de las pocas teorías que ha alcanzado un estatus especial en la ciencia política es la que propuso John May en 1972 y que denominó la “Ley Especial de la Disparidad Curvilínea”. Esta teoría plantea que los militantes de un partido político van a ser más ideológicos que sus élites y sus votantes.

Esta estructura curvilínea no es particularmente compleja, cualquier persona con algo de vida partidaria puede encontrar anécdotas para demostrarla. Pero sí plantea una fuente de tensión constante dentro de los partidos, entre una militancia que empuja por posturas más fuertes y, a veces, extremas, y una élite que busca acercarse al electorado con visiones más flexibles. En el fondo, las élites tienen que saber mantener una sana convivencia interna mientras buscan caminos pragmáticos para obtener el poder. Pero cuando las élites no buscan obtener el poder, sino que simplemente tener un partido de nicho, esa disparidad se rompe. Y con ello, la posibilidad de acceder al poder.

Esto es exactamente lo que parece hacerle ocurrido a Revolución Democrática y, en la misma medida, al Frente Amplio. La renuncia de los diputados Vidal y Castillo, sumado a la salida completa del Partido Liberal del bloque, no son más que la demostración que las dirigencias de las colectividades prefirieron un camino testimonial a uno de poder.

En primer lugar, el Frente Amplio nace con una misión autodeclarada de “superar al duopolio” de la derecha y la Concertación. Para ello, lograron una unión de sectores liberales, progresistas, socialdemócratas y de izquierda. El nombre, por ejemplo, evoca al Frente Amplio uruguayo, donde confluyen todas las fuerzas de centro e izquierda y que ha logrado darle gobernabilidad al país. La promesa original del FA no era la de convertirse en una versión del siglo XXI del Juntos Podemos, sino de ser una coalición que superara, tanto ideológicamente como en el discurso, la tercera vía neoliberal que se implantó desde 1990.

Sin embargo, por atractiva que siga siendo esa promesa, y por más declaraciones en prensa que den los dirigentes que aún quedan, la verdad es que su comportamiento electoral ha dicho otra cosa. Juzgando por los hechos, y no sólo por las palabras, el FA (y RD particularmente) optó por un camino que parece agradar a la mayoría de sus militancias, pero que deja huérfanos a parte importante de sus votantes.

Eso me lleva al segundo punto. La estrategia de concentrarse en el mundo de la izquierda clásica – y, por tanto abandonar cualquier pretensión de amplitud – se hace a través de acuerdos con el PC, quién ha sido el referente histórico y casi hegemónico del sector. Como han aprendido duramente los partidos conservadores y la socialdemocracia europea, cuando los sectores más moderados tratan de acercarse a los más extremos, corren el riesgo de perder credibilidad y apoyo. El FA no sólo arriesga perder a sus votantes más moderados (que, por lo pronto, son muy críticos del legado de la Concertación), sino que además sale a la caza de los votantes de izquierda. Y nadie va a preferir la copia (el FA) si pueden votar por el original (PC).

En el fondo, las decisiones de los últimos meses mostraron que el conglomerado decidió abandonar la lucha por una postura común en el proceso constituyente y tomar asiento cerca del baño. Al fondo, a la izquierda.

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