Columna de Alfredo Jocelyn-Holt: El Apruebo sin convicción



Podrá tratarse de un trance para el país que se apruebe la propuesta constitucional, aun así, sorprende lo conjetural, ambiguo y cada vez más sin ganas que resulta su débil defensa. Va desde la liviandad apologética del comentario de Boric, en marzo de este año, “Cualquier resultado será mejor que una Constitución escrita por cuatro generales”, al “No es perfecta, más se acerca a lo que yo siempre soñé” de Bachelet de julio pasado. Es decir, se vienen contentando con poco, con cualquier cosa que surja de la Convención, con tal que no fuese el texto de Lagos del 2005 (para ser exactos), hasta con un desahogo onírico consolador post-clímax (de ser fieles a la canción de Milanés).

Ellos dos, no los únicos con cara de póker que juegan sus cartas según como venga el naipe. El giro decisivo se produjo cuando a alguien se le ocurrió la idea genial, tras la caída en las encuestas, que esta no es una discusión jurídica que compromete el futuro del país, sino una brutal confrontación política, una elección cualquiera. No aprobar significará que gane la derecha de nuevo, por tanto, vamos con el trabajo sucio marcando casas, cancelando, y haciendo sentir el peso del Estado. Si hasta el comando del Apruebo llama a no referirse al articulado específico de la nueva Constitución, al ser impresentable.

Es más, por mucho que sea nuestra primera propuesta constitucional auténticamente democrática, inclusiva, paritaria, plurinacional, en la práctica no cabe esperar nada muy auspicioso. Para imponerla en la Convención se requirió de un “soberanismo” de corte 80%-20% circunstancial, y aún así el ambiente allí adentro se volvió una bolsa de gatos. Al punto que la derecha “evolucionada”, entusiasta al inicio, se desembarcó rápidamente, y puso el grito en el cielo de que era una Constitución indigenista. La verdad es quizá más prosaica. Es tal su sesgo antipartidista que, quienes sean que la hagan suya -cuicos progresistas, concertacionistas por jubilar, o el nuevo liderazgo “moralmente superior” de La Moneda-, puede que terminen suicidándose políticamente intentando implementarla.

Lo que es la piadosa justificación de un conocido lobista de que hay que aprobar, porque él y gente parecida a él nunca comprendieron a la “Tía Pikachu”, y debe uno “contener su propio elitismo”, produce más que nada vergüenza ajena (vergüenza propia, está visto que no). Que, además, tengamos que aceptar que toda nuestra institucionalidad futura gire en torno al resentimiento de esta señora para así aplacar culpas en algunos, es un abuso de confianza. También la estrategia de que aprobemos para luego reformar, para nada un signo de convicción. Al menos los comunistas avisan qué van a hacer, son serios en eso; en cambio en el frenteamplismo y gobierno, capaces de cualquier cosa, día por medio, se desdicen.

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