Columna de Daniel Matamala: El terremoto y el arcoíris



Es la muletilla más obvia para describir un resultado electoral como este: “Es un terremoto político”, se repite sin pensarlo demasiado. Pero esta vez, la expresión es perfecta. Lo que ha ocurrido es precisamente un terremoto. Un movimiento brusco de la corteza terrestre, que libera la energía acumulada debido al lento y constante acomodo de placas tectónicas.

Un movimiento subterráneo imperceptible, que va almacenando una gran cantidad de energía. Hasta que ella se libera de pronto para reestablecer el equilibrio perdido.

La energía se acumuló por tres décadas. Hace una generación, Chile votó por un arcoíris. El colorido del No representó la alineación entre política y sociedad. Los chilenos querían construir un país libre, y la política institucional encarnó esa promesa.

Como sabemos, el arcoíris se destiñó. De los 17 partidos que formaban la Concertación, en un amplio arco que iba desde la centroderecha hasta la izquierda, pronto quedaron sólo cuatro. Se nos notificó que la política era un asunto demasiado complejo como para ser hecho junto a la gente. La transición no fue colorida sino gris: hombres, lo más homogéneos posibles, decidiendo en nombre de otros.

Mientras la política vivía su mundo de consensos, éxitos y desarrollo, se iba incubando un malestar invisible. Sí, Chile crecía. Sí, la pobreza se reducía. Sí, las puertas del consumo se abrían. Pero algo no cuadraba. Como advirtió hace largo tiempo la socióloga Kathya Araujo, “la ficción de un país moderno se cargó sobre los hombros de los propios individuos”, a quienes se exigía esfuerzo a cambio de un paraíso de meritocracia, mientras la sociedad mantenía “su carácter verticalista, autoritario y elitista”.

Desde 2011, ese malestar individual fue tomando expresión colectiva. Las placas comenzaron a moverse y la energía acumulada provocó una larga seguidilla de temblores: la protesta estudiantil, los proto-estallidos en Magallanes, Aysén, Chiloé y Calama; las luchas medioambientales de Freirina y Petorca; el No a Hidroaysén; la marcha de No+AFP; el gran movimiento feminista, y tantos otros.

Esos sismos, sin embargo, no lograron mover la estructura política. La élite siguió leyendo la realidad a través de los lentes empañados de centros de estudios que no son más que máquinas de lobby, y analistas complacientes que les decían exactamente lo que ellos querían escuchar (y les cobraban jugosos cheques por tan convenientes “servicios”).

Inventaron un país de ficción y se lo terminaron creyendo.

Mientras, sin un cauce político ni electoral para disiparla, la energía se acumulaba.

Hasta que llegó el terremoto, que estalló en octubre de 2019. Y ahora, en mayo de 2021, ha tenido al fin su expresión electoral. Esa fuerza ha llegado a la superficie abriendo grietas y derribando todo a su paso. No fue difícil: los que alguna vez fueron sólidos edificios, con profundos cimientos en la sociedad, ya no eran más que fachadas huecas con el logo de un partido político.

Mirar la Convención que escribirá la nueva Constitución es ver, de nuevo, un arcoíris. Los colores del hemiciclo, con múltiples listas, partidos e independientes, muestran la irrupción electoral de un Chile diverso, más parecido a la sociedad real que a los homogéneos pasillos de la élite.

El colapso de la transición binominal ha sido estruendoso. Los dos bloques que monopolizaron la política por tres décadas apenas suman, entre ambos, el 40% de la Convención.

Algunos siguen reaccionando desde el miedo o el desprecio. Y se siguen equivocando. La derecha cometió un suicidio al plantearse como una minoría de bloqueo, primero atrincherándose en el Rechazo, y luego en un tercio con poder de veto. La exConcertación quedó aun más jibarizada. Es la cuarta fuerza de la Convención. La Democracia Cristiana, el partido eje del último medio siglo en Chile, tendrá apenas 1 de los 155 constituyentes. El orgulloso partido de Frei y Aylwin no tendrá influencia alguna en el debate político más importante de nuestra generación.

Una vez más, no lo vieron venir. Hace algunos días La Segunda resumía en un cuadro “las proyecciones que manejan los empresarios”. En las seis estimaciones más escuchadas, los independientes promediaban 9 escaños, y la derecha, 54. Los números reales fueron 48 y 37, respectivamente. El Mercurio anunciaba 2 asientos para la Lista del Pueblo: lograron 27.

¿De dónde vienen estos nuevos constituyentes? No son alienígenas. Son el producto de esos pequeños sismos que el poder no tomó como advertencia. Esto no partió en octubre, sino mucho antes, en los movimientos regionalistas, ambientalistas, de igualdad de género y de diversidad sexual, donde los futuros constituyentes se convirtieron en líderes de sus comunidades.

Aún después de los resultados, el ninguneo continúa. Natalia González, de Libertad y Desarrollo, dice que Chile, “gobernado por los matinales y las emociones”, va “al precipicio”. En verdad la farándula, tanto de derecha como de izquierda, fue la gran perdedora, con las resonantes derrotas de Kathy Barriga y Pamela Jiles (a través de Pablo Maltés). Muchos que se postularon como “famosos de la tele”, sin trayectoria en los grandes debates públicos, terminaron con la cola entre las piernas.

Ahora que ya nos vemos, que ya no podemos ignorarnos, tenemos que empezar a conversar. Hay miedos y desconfianzas. Pero al menos desde hoy política y sociedad, instituciones y ciudadanía, ya no son dos mundos aparte.

Es un buen punto de partida para la tarea que sigue a todo terremoto: la reconstrucción.

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