Columna de León Cohen: Ruiz Restrepo y la destrucción



Podría tratarse de un delincuente? Es lo primero que no es. No es una persona que trata de sobrevivir haciendo algo ilegal, aunque sea violento, como robar celulares, autos, ropa, billeteras, bancos, siguiendo ciertas estrategias, vinculado a un grupo donde debe respetar las reglas y las jerarquías. No, en este caso es un hombre solo. Tampoco este hombre busca una ganancia; la más frecuente, dinero. No roba. Pareciera buscar otra ganancia: el poder de controlar y dominar a otros a través de la amenaza o el impulso homicida. ¿Es entonces una especie de asesino serial, un perverso que desarrolla un ritual sádico y omnipotente sistemático? No, no es esa inteligencia malévola, es más bien la precipitación del impulso, la descarga de un acto obsesivo como si fuera una tarea, la misión de eliminar a seres pobres, de calle, solitarios y abandonados. El mismo lo es, su impulsividad y violencia lo han aislado, el terror de los demás lo aísla. En sus actos asesinos también se mata a sí mismo, quizás a una parte que odia y que necesita ver en otros, en esos seres de la calle.

Los más cercanos tratan de justificarlo; que podría estar enfermo, su cerebro dañado se perturbaría con el alcohol y lo convertiría, temporalmente, en un animal feroz y sin sentido. Sin embargo, además de ello, está su obsesión, quizás por la limpieza de las calles, una especie de delirio paranoico, tal vez promovido por su cerebro dañado. Esta obsesión es tan urgente que deja a los que ayuda, en el incidente con sus compatriotas, para volver a su tarea y matar. ¿Psicótico entonces? Puede ser, pero no esquizofrénico. No está hundido en el limbo del quiebre entre las emociones, las ideas y la acción que deja a los esquizofrénicos sin poder relacionarse, ni siquiera para delinquir.

¿Será de esos sujetos que comparten una ideología, también obsesiva, de la limpieza de las calles, de la raza, de la cultura, y que buscan masacrar lo que estiman es la suciedad contaminante? No parece. Es un ser solitario, casi infantil, tomado por una compulsión que puede transformar unas horas, en su noche de furia asesina. Tal es así que no parece estar preocupado en evitar las cámaras; a algunos vecinos incluso les exhibe su pasado asesino, su impunidad de matón solitario. De hecho, al parecer, rápidamente confiesa los homicidios, aunque no los motivos. ¿Los sabrá?

¿Alguien podría contratarlo de sicario? Difícilmente, pues es considerado loco y no sería confiable para cumplir misiones. Por ello, nadie lo integraría en una banda. Luego de las orgías asesinas parecer caer en un vacío, lo que los cercanos califican como tranquilidad. ¿Estaría planeando algo? Posiblemente no, sus actos tienen algo de catártico y espontáneo, circunstancial. Pobre del que esté en su camino, durmiendo en la calle, apenas cubierto y hundido en el alcohol. ¿Habrá en esto algo sexual, un enfoque en las mujeres? No parece.

Sus víctimas son seres abandonados, que han ido perdiendo sus vínculos, hasta sus propias almas, perdidos en borracheras permanentes, quizás destinadas a no sentir la espantosa melancolía de sus soledades y la intensidad de sus dolores y frustraciones. Van cayendo en el anonimato, se acumulan como muertos que nunca han existido, colaborando con la impunidad del asesino.

Son totalmente desconocidos por el asesino, bultos uniformes en la noche, acuchillados con desesperación. No hay culpa ni temor en él. Solo han sido bultos sucios y lanzados a la calle. La despersonalización del ser humano abre paso al deseo criminal, incluso lo justifica y ayuda a su realización decidida. Esto es universal.

¿Quién será este hombre? La investigación especializada nos dirá algo más certero acerca de este modo de destruirse lo humano, en realidad, para nada extraño a esta altura de nuestra historia.

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