Columna de Leonidas Montes: Alex Galetovic, persona y mente de excepción

De izquierda a derecha, Rodrigo Vergara, Alex Galetovic, Harald Beyer y Salvador Valdés.

Sus aportes a la libre competencia y a la provisión de infraestructura pública son señeros. Pero la economía no era suficiente. Sus intereses e inquietudes iban mucho más allá. Lo movía una especie de ética por el interés público. Alex transpiraba una genuina pasión por los problemas del país.



Es difícil hablar de un colega y amigo que ya no está y que echaremos muchísimo de menos. La verdad es que solo el cariño y la admiración abren el camino a las palabras.

Alexander Galetovic (1965-2022) fue uno de esos economistas que no son solo economistas. Aunque pensaba como un economista, en su mente se agitaba el ingeniero atento al proceso y despertaba el historiador y filósofo que llevaba adentro. Alex fue un hombre y un académico de principios. Un liberal muy comprometido con las ideas y con nuestro país. También fue un profesor excepcional. Muchos jóvenes recuerdan sus clases. Era exigente con sus alumnos y mucho más consigo mismo. La claridad de sus presentaciones inspiraba. Y también marcaba.

Pertenece a esa generación de las becas Presidente de la República, a esa época en la que pocos chilenos tenían la oportunidad de estudiar afuera con financiamiento del Estado. El primer curso de Introducción a la Economía en ingeniería comercial en la Universidad Católica lo cautivó para siempre. Una vez graduado, partió becado a la Universidad de Princeton. Fue ayudante de Ben Bernanke y con orgullo contaba que el expresidente de la Fed (Reserva Federal) estuvo en su comité de doctorado.

Alex regresó al Centro de Economía Aplicada (CEA) de Ingeniería de la Universidad de Chile. Su mirada profunda e incisiva solía reflejarse en sus preguntas cortas y certeras. Sus colegas del CEA también recuerdan su generosidad intelectual. Leía, comentaba y criticaba lo que le pasaran. Y trabajaba con una intensidad que lo llevaba a olvidar el espacio y el tiempo. Alex pensaba una y otra vez. Masticaba cada palabra. Y remataba cada frase con precisión literaria. Fue perfeccionista como pocos. Riguroso hasta decir basta. Y muy prolijo con los detalles.

Su carácter académico dio frutos. Realizó importantes y reconocidas publicaciones junto a Eduardo Engel y Ronnie Fischer. Pocos economistas pueden decir que han publicado en el American Economic Review y en el Journal of Political Economy. Alex es uno de ellos. Y el libro “The Economics of Public-Private Partnerships: A Basic Guide” (Cambridge University Press, 2014) es una referencia obligada. No en vano participó en más de 10 proyectos Fondecyt y nos deja unos 60 artículos y capítulos de libros publicados en el extranjero. Esta trayectoria le permitió pasar temporadas como Research Fellow en la Hoover Institution de la Universidad de Stanford y ser profesor visitante en varias universidades extranjeras.

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    Sus aportes a la libre competencia y a la provisión de infraestructura pública son señeros. Pero la economía no era suficiente. Sus intereses e inquietudes iban mucho más allá. Lo movía una especie de ética por el interés público. Alex transpiraba una genuina pasión por los problemas del país. Siempre había algo que se podía mejorar. Y Chile era el protagonista.

    Si se metía en un tema, la curiosidad comenzaba a afilar su mente. Y el asombro lo llevaba a sumergirse. Recuerdo cuando en el CEP lideró el proyecto “Santiago. Dónde estamos y hacia dónde vamos” (2006). Tomaba aire. Y una y otra vez volvía a las profundidades. Cada cifra, cada hallazgo era una alegre sorpresa. Ese libro cambió nuestra forma de ver la ciudad. Fue otra obsesión de Alex que gatilló cambios. También recuerdo algunos debates y cruzadas conjuntas para mejorar nuestro sistema de becas y el accountability en las empresas públicas. De hecho, a partir de unas columnas críticas, juntos tuvimos que enfrentar una demanda por injurias y calumnia que terminó en un juicio. Sin embargo, él estaba más interesado en el funcionamiento del nuevo proceso judicial penal que recién se iniciaba.

    Durante la pandemia Alex estuvo muy metido en el tema. Con su habitual intensidad conversaba por Zoom con unos fonos enormes que apretaban su rostro. Estaba al tanto de todo lo que ocurría en el mundo y lo que estaban haciendo otros países. Escudriñaba diversas fuentes y luchaba por alcanzar ese sano equilibrio entre la salud de la población y el funcionamiento de la economía. No podía entender un encierro total y forzado si existían maneras de conciliar la economía con la salud. Tampoco pudo entender ese famoso llamado al “cortocircuito”.

    Si hay alguien que refleja los principios de libertad y responsabilidad, ese es Alex. Su libertad intelectual se manifestaba en su responsabilidad y capacidad para debatir con razones. Con buenas razones, por cierto. Aunque era tolerante y muy respetuoso, esa tolerancia no soportaba la tontera. Tampoco el argumento falaz. Y ante la retórica vacía, la trampa o el engaño era ferozmente crítico. En su manera de argumentar resonaba un suave eco metálico. Y si bien buscaba respuestas, también absorbía preguntas.

    Acompañando a Bárbara y sus cuatro hijos - Bárbara, Matías, Lucas y Josefina -, sus amigos y colegas nunca olvidaremos su genialidad, su humanidad y su alma de niño. Al final, su sonrisa contagiosa dice más que mil palabras. Y tal vez por eso detrás de su mente tan aguda y excepcional siempre se nos aparece Alex, ese niño curioso.

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