Columna de Marisol García: Nuestro 1971

La elogiada serie de Apple TV no se permite considerar que el asombroso flujo de grandes canciones del período incluya piezas en idiomas diferentes al inglés. En la eventual contrapropuesta de una “1971” de más amplio mapa, incluso Chile tendría un cupo de innegable valía.



Hace exacto medio siglo la música popular era una completa maravilla que entre otras cosas explica la mejor serie documental del semestre, porque si a Lennon, Aretha, Bowie, Marvin Gaye y Rolling Stones no se les trata a la altura, entonces a quién. Es gente con obra que ya puede prescindir de opiniones laudatorias, y por eso en 1971: The Year That Music Changed Everything se prescinde de cabezas parlantes -ese lastre de tantos documentales rockeros- en favor de un seco pero elocuente material de archivo que prueba la conexión de los mayores LP de ese año con las inquietudes y rupturas sociales que el rock, el pop y el soul a la vez supieron acoger y alimentar.

Si se toma en cuenta que también en 1971 Serge Gainsbourg presentó su inquietante Histoire de Melodie Nelson, Chico Buarque levantó Construção, y Joan Manuel Serrat fue capaz de Mediterráneo, tienta pensar que, por una vez, la crítica musical deba cederle espacio quizás a la astrología para conseguir explicar tal conjunción de cumbres.

Pero la serie de Apple TV no se permite considerar que el asombroso flujo de grandes canciones del período incluya piezas en idiomas diferentes al inglés. En la eventual contrapropuesta de una “1971” de más amplio mapa, incluso Chile tendría un cupo de innegable valía. El debut en LP de Los Jaivas y la presentación de fusión rockera de Congreso, la revisión de Inti-Illimani a rasgos de la autoría alrededor suyo, un concentrado de hits de parte de Buddy Richard, guitarra eléctrica en un disco de Víctor Jara y la grabación a toda orquesta sinfónica de Patricio Manns hacían circular en esos doce meses un diálogo entre géneros, colaboraciones e innovación que, además de exitoso, fue propositivo hasta lo señero. No es sólo que El volantín, El Congreso, Autores chilenos, Quiera Dios, El derecho de vivir en paz y Patricio Manns sean obras de referencia hasta hoy, sino que el entorno en el que se sostuvieron fue el de una búsqueda poderosa.

Cronologías y líneas de tiempo son cómplices de la estrechez de escucha que suele ordenar el canon musical más predecible. En la nostalgia por el medio siglo de grandes álbumes chilenos, el subgénero del bolero eléctrico acoge hitos casi siempre soslayados por la equivocada prescripción que somete el sentimiento al pudor.

Hace cincuenta años y, con su LP homónimo, Los Golpes esculpieron en Olvidarte nunca un nuevo estándar de melodrama melódico, cuyo crescendo hipnótico afirmó toda una nueva e imperecedera identidad para la canción chilena. La promesa de amor eterno en tres minutos (“pasarán los días / pasarán los años / nuevas ilusiones / otras despedidas”) presenta con acierto una pasión ensombrecida por el misterio, y su pulso vibrante es como el de la incertidumbre al que nos expone la ansiedad del deseo. Cerca suyo, y al mismo tiempo, Capablanca (Yo haré que olvides ese amor), Los Galos (Perdona si me ves llorar) y Los Ángeles Negros (No morirá jamás) cargaban a 1971 de un temblor en cuerdas eléctricas y en voces que acaso sea indicativo de que a la épica en las calles la nutría entonces un compromiso igualmente definitivo en privado. No fallan los buenos cancioneros en ofrecer las pistas de época que la historiografía descuida.

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