Columna de Natalia Caniguan: Una nueva comisión para Wallmapu

El Presidente Gabriel Boric en su primer viaje oficial a La Araucanía.



En su reciente visita a la Región de La Araucanía, dentro de los anuncios relativos a cómo asumir la relación entre el Estado chileno y el pueblo mapuche –y que eran bastante esperados-, el Presidente Gabriel Boric informó la creación de una comisión presidencial para la paz y el entendimiento.

A primeras luces, el anunció hace pensar en la serie de comisiones, mesas de diálogo y otros mecanismos que se han generado en los gobiernos anteriores y cuyos resultados suelen dormir en cajones y gabinetes. No obstante, este en particular contiene un elemento novedoso, y es que se presenta como una comisión resolutiva, es decir, que generará las respuestas tan esperadas respecto de cómo asumir y llevar a cabo la restitución territorial y las demandas del pueblo mapuche.

Sin duda, el carácter resolutivo de la comisión permite alimentar esperanzas que tanto cuestan en esta constante de relaciones fallidas. Estas esperanzas se alimentan además cuando se señala que no se comenzará desde cero ni elaborando diagnósticos, sino que asumiendo y reconociendo los momentos y documentos previos que se han elaborado en el tiempo. Hay esperanzas entonces de que las recomendaciones de la Comisión de Verdad Histórica y Nuevo Trato (2003), consideradas demasiado avanzadas para su época, ahora sí, a casi 20 años, puedan ver la luz que hay fuera de los cajones donde fueron relegadas.

Pero para que estas esperanzas perduren y la comisión pueda cumplir el objetivo propuesto, es de suma importancia conocer el perfil de quiénes serán parte de esta instancia de trabajo, de manera de fijar expectativas de realidad concretas respecto de su accionar y las determinaciones que de ahí emanen; y que no sean estos quienes lapiden este espacio de ilusión.

¿Qué podemos esperar entonces? Lo primero es representatividad territorial, es decir, una comisión donde las voces del Wallmapu, con sus diversidades, estén representadas y sirvan en la interlocución; un espacio que además cuente con liderazgos mapuche de profesionales que desde los territorios han salido a las ciudades a formarse, pero que con estos conocimientos y herramientas conseguidas retornan a trabajar en las diversas comunas que hoy componen Wallmapu y que les permite reflejar la diversidad de situaciones y memorias en torno al territorio que se busca restituir. Las miradas locales deben abarcar desde las tierras cordilleranas de Alto Biobío, bajando a la costa, pasando por los valles y las planicies abajinas; deben ser las voces presentes por sobre miradas exógenas o que buscan hablar del territorio desde las lejanías.

Las dirigencias mapuche, importantes por supuesto, no son relegadas de este espacio, sino que su rol es ser destinatarios y contrapartes de este trabajo a desarrollar; son quienes deberán ser escuchados para presentar sus demandas.

En toda esta labor, la academia puede y debe ser un actor relevante, que aporte la técnica, a través del desarrollo de metodologías de reconstrucción territorial que abarquen el trabajo de revisión de archivos y documentos, que reconstruyan los procesos de despojo y les permitan dialogar con las memorias e historias locales hacia la comprensión cabal de lo aquí sucedido. Se requiere entonces de académicos y académicas con trabajo y vínculo con los territorios y la realidad, con el tipo de compromiso y conocimientos que nos dejó como legado Raúl Molina, quien ayudó a la reconstrucción territorial de diversos pueblos, siendo siempre una herramienta para estos.

Estamos en un momento de acciones y no de conceptualizaciones y teorizaciones. Es de esperar entonces que contemos con una comisión que asuma los derroteros que ha habido en el pasado a modo de aprendizajes y podamos esta vez sí avanzar hacia mecanismos que permitan que el Estado asuma de nuevo un tiempo de relación con el pueblo mapuche y avancemos en la restitución territorial.

Por Natalia Caniguan, investigadora CIIR

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