Por Daniel MatamalaCómo frenar a un tirano

Las escenas son impactantes. En una de ellas, una decena de sujetos enmascarados se atrinchera en la entrada de una casa. Una mujer sale a la puerta, y los encapuchados la intimidan con sus armas de guerra. Se ve el terror en su cara.
Imágenes semejantes se repiten mientras estas brigadas patrullan barrios y calles. Parecen marines ocupando Kabul o Bagdad. Pero no: son tres mil agentes migratorios aterrorizando a Minneapolis, una próspera y pacífica ciudad del norte estadounidense.
¿Qué hacen allí? Hay que entender la lógica de ese despliegue para comprender la relevancia de lo que está en juego.
Uno de los grandes obstáculos de un aspirante a dictador en Estados Unidos es la histórica neutralidad política de las Fuerzas Armadas. Los militares estadounidenses han intervenido en la política de prácticamente todos los países del mundo… menos en la suya.
Trump está haciendo todo lo posible por romper esa neutralidad. Purgó ideológicamente los altos mandos, acusando de woke a generales y almirantes poco complacientes; organizó un gran desfile militar en el día de su cumpleaños; convocó a generales y almirantes a Virginia para soltarles una perorata proselitista (y se quejó de que no lo aplaudieron con suficiente entusiasmo); y reunió a las tropas para divagar ante ellas sobre sus méritos.
A los altos mandos militares les ordenó librar una “guerra desde dentro” contra una “invasión interna” que estaría ocurriendo en ciudades como San Francisco, Chicago, Nueva York y Los Ángeles. Las autoridades de esos lugares son “estúpidos” e “incompetentes”, afirmó. E instruyó a los militares a “usar algunas de estas ciudades peligrosas como campos de entrenamiento para nuestro ejército”.
Lo único que tienen en común esas ciudades es que son progresistas, con alcaldes demócratas, y que sus ciudadanos votaron abrumadoramente contra Trump.
Por lo tanto, deben ser castigadas con mano militar.
Pero Trump tiene un problema: a diferencia de los dictadores que tanto admira, él aún no tiene bajo su puño a las Fuerzas Armadas, como sí lo ha logrado con el FBI, el Departamento de Justicia y la Fiscalía General, que ha convertido de instrumentos para ejecutar sus venganzas personales contra políticos, excolaboradores e incluso, contra el líder de la Reserva Federal (el Banco Central).
Como los generales se resisten a usar Chicago y Nueva York como sus campos de tiro, Trump está usando otras armas contra sus ciudadanos, como el despliegue de la Guardia Nacional. Y ahora tiene a sus propios tonton macoutes, bajo el nombre de ICE.
Trump convirtió a la policía migratoria en una fuerza de choque, bajo su mando exclusivo y alineada con su agenda ideológica. Le entregó gigantescos recursos para armarse para su “guerra desde dentro” y para reclutar personal poco calificado, muchos de ellos fanáticos de su secta personalista, MAGA.
El enemigo final de esta guerra no son los inmigrantes. Ellos son solo el anzuelo y la carne de cañón. El verdadero objetivo es someter a los gobiernos locales, y a los ciudadanos estadounidenses que se resisten a la destrucción de su democracia.
Después del primer asesinato cometido por sus tonton macoutes, el vicepresidente JD Vance fue a Minneapolis y argumentó que los había mandado a esa ciudad porque “ahí está la mayor concentración de personas que han violado las leyes migratorias”. La verdad es que esa urbe tiene una baja tasa de irregulares (2,4%), cerca de la mitad del promedio nacional, y está en el puesto 135º en esa estadística.
Las grandes ciudades con mayor concentración de irregulares son Miami (13,3%) y Houston (10,2%). Pero claro, esos son estados republicanos (Florida y Texas). Ellos no deben ser castigados.
Tras el primer asesinato, el de Renee Good, el régimen la catalogó de “terrorista doméstica”, pese a la evidencia de las imágenes. Y Vance notificó que el asesino tenía “inmunidad absoluta”.
Entonces cometieron un segundo crimen, aun más cobarde que el primero. Alex Pretti fue ejecutado de diez tiros cuando estaba en el suelo, reducido tras intervenir en defensa de una mujer que estaba siendo golpeada por los matones.
Los videos del asesinato aparecieron de inmediato, pero eso no frenó a los voceros del régimen. El líder de ICE, Greg Bovino, dijo que la víctima “intentó masacrar a los agentes de la ley”. El ideólogo de la Casa Blanca, Stephen Miller, describió a Pretti como “un terrorista doméstico que intentó asesinar agentes federales”. Kristi Noem, ministra de Seguridad, aseguró que “este individuo cometió un acto de terrorismo doméstico”.
Y cerró diciendo, sin pestañear: “Esos son los hechos”.
Por supuesto, ellos sabían que esos no eran los hechos. Es más: sabían que los ciudadanos lo sabían, ya que podían ver con sus propios ojos lo que había sucedido. Pero confiaban en que, una vez más, el universo alternativo que Trump ha construido para sus fanáticos sería más fuerte que la realidad.
“El partido te dijo que rechazaras la evidencia de tus propios ojos y oídos. Era su orden final, la más esencial”, escribió Orwell. Cambien “partido” por “MAGA”, y 1984 es 2026.
Pero esta vez, el truco no funcionó.
La evidencia era demasiado abrumadora. Y las víctimas (duele decirlo, pero es verdad) no eran “los otros”: inmigrantes, latinos ni afroamericanos. Eran dos ciudadanos estadounidenses blancos de clase media.
El desconcierto cundió en las tropas de MAGA, acostumbradas a jurar que el sol se levanta por el poniente si así lo dice su amado líder. Y, más crucial aun, los ciudadanos de Minnesota no se dejaron amedrentar: organizados desde sus iglesias, centros comunitarios, sindicatos y universidades, decidieron resistir.
Y lo hicieron a riesgo de sus vidas. Si magnates como Zuckerberg o Bezos, rectores de universidades como Harvard o Columbia, dueños de medios de comunicación y políticos tuvieran una mínima fracción del arrojo, la valentía y el amor por su patria de esos ciudadanos, otro gallo cantaría.
Esos miles de davides derribaron a Goliat: Trump retrocedió.
El régimen anunció una desescalada, el máximo jefe de ICE fue degradado, y se prometió una investigación sobre los crímenes.
Es muy poco. Es lo mínimo. Pero al mismo tiempo es una lección que lo es todo: los ciudadanos que aman a su República sí pueden frenar a un tirano.
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